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martes, 4 de noviembre de 2025

PEDALADAS IV 2025



Lo sé, me repito, los temas, las frases, los dichos, las referencias al paso del tiempo, las alegorías, las metáforas, se repiten cansinamente en mis entradas de "Pedaladas". Al final, siempre hablo de lo mismo o casi de lo mismo. 
Quizás la explicación, la justificación, es que siempre nos rondan por la mente las mismas preocupaciones, las mismas reflexiones: el paso inexorable del tiempo, los grandes temas, la trascendencia del ser humano y su lugar en el mundo, las relaciones, la familia, saber reconocer lo importante de lo banal, el mundo que nos rodea y su evolución, la seguridad, bien sea propia o ajena. 
Buscamos en la sabiduría arcana, en las fuentes de saber, leemos a pensadores ya fallecidos, revisamos la historia, la filosofía, buscando respuestas a las preguntas de siempre, a las que aparecen nuevas, incluso a aquellas que aún no se han formulado.
Estamos en una contínua búsqueda, nunca acabamos de encontrar sentido a todo, nunca acabamos de llenar todos los huecos, ni de cuadrar las respuestas. Mas  bien, las que vamos encontrando se van deshaciendo en nuevos flecos, que nos llevan a nuevas búsquedas, nuevos mundos, nuevas incógnitas.
Los mapas se deshacen, se vuelven obsoletos, no reflejan la nueva realidad y andamos más tiempo perdidos que en el propio camino. A veces, tampoco tenemos claro, donde queremos ir. 
Y de esta manera el viaje, se convierte en destino, el medio, en fin y sin darnos cuenta renunciamos a llegar a ningún lado, aspiramos a que el transitar no se haga penoso, incluso que encontremos refugio a la vera del camino, para ir parando cuando el polvo que levantamos  nos nos deje ver el próximo paso, o cuando la mochila que cargamos se nos hace demasiado pesada. Aprovechamos para coger fuerzas, compartir un plato de comida casera, disfrutar de un breve descanso y a continuar. 
Un paso detrás de otro, una pedalada tras otra, que la jornada se hagan llevadera, un mes detrás de otro, y así transcurre nuestra vida, con pequeñas treguas, consiguiendo algunos hitos, hoyando veredas nunca transitadas y en otras ocasiones autopistas abarrotadas de transeúntes,pasando por caminos muy conocidos y otros completamente nuevos.
Hacemos algún amigo, dejamos alguna huella, caminamos temporalmente al lado de alguien.
Llega el momento, en que sentimos que el camino que tenemos por delante es menor que el va quedando atrás, ese que ya nunca volveremos a pisar.

miércoles, 4 de enero de 2023

La España Vacía. 2ª colaboración con la revista: "El Prau".








Con motivo de la publicación nº 50 de la revista El Prau, iniciativa de la asociación El castillo, de Langa del Castillo, he vuelto a colaborar con un artículo titulado la España Vacía, donde hablo del libro de Sergio del Molino y posteriores de similar temática.
Ha sido un placer poder aportar mi granito de arena a este numero y estaré encantado de poder seguir colaborando.
Lo transcribo por aquí:

La España Vacía.

En el año 2016, Sergio del Molino, periodista y escritor,  publicaba el libro titulado “La España vacía: Viaje por el país que nunca fue”.

Del Molino, contaba ya con algunas publicaciones que habían tenido una muy buena aceptación, pero el éxito de este título  fue inmediato, se multiplicaron las ediciones y miles de personas le leyeron. Su notoriedad creció de manera exponencial. Además sirvió para sacudir conciencias y abrir un debate, que desde hacía décadas había quedado al margen de la vida social y política. Obligó a mirarse en el espejo, a un sistema que no quería hacerlo. Recibió el premio al mejor libro del año, otorgado por el gremio de libreros, también el premio Cálamo. No era para menos, que un ensayo se convierta en superventas es una auténtica rareza. El libro, en realidad, es una mezcla de géneros: Libro de viajes, ensayo literario, novela, crónica social. En esto tiene mucho que ver su autor, al que yo considero además de escritor, un auténtico agitador cultural. En su obra podemos descubrir continuas referencias a obras clásicas, cine, música…  Estudios y creaciones anteriores que nos trae a sus páginas, en un maravilloso ejercicio de erudición. Uno tiene la sensación, cuando acaba de leerle, que es más sabio que antes, ya que Sergio tiene la capacidad de plantar la semilla de la curiosidad y es raro que una lectura no nos lleve a otra.

En el caso de La España Vacía, fue sorprendente su impacto en los ámbitos políticos, sociales y culturales. La primera consecuencia, es que el mismo título dejó de pertenecerle y evolucionó a la España vaciada, despoblaba o incluso: abandonada. Pasó a ser un banderín de enganche de movimientos, que reivindicaban su existencia ante las grandes urbes y la defensa de la España rural frente a la urbana.

Sergio planteó su ensayo desde un prisma meramente cultural y no pudo evitar la politización del debate que se suscitó después.

Citando al propio autor:

“ Hay una España que no viaja en AVE. Una España sin niños ni cines ni teatros. Una España sin equipos de fútbol en Primera División y sin banda ancha para ver series norteamericanas. Una España de la que el resto del país solo se acuerda en vacaciones o durante el recuento electoral, pues se  le echa la culpa de ser conservadora y un lastre para el progreso, por aquello de que el voto de un soriano equivale al de cuatro madrileños, más o menos. Es una España sin médicos ni escuelas, o con médicos y escuelas que están muy lejos, a veces a cien kilómetros. Una España sin empresas ni bancos ni inversores. La llamé la España vacía, una expresión que ya no me pertenece y que no disimula la paradoja que esconde: en esa España vacía hay gente. Dispersa, envejecida y sin peso político, pero tan real como la de cualquier gran ciudad.”

Hablaba sin complejos, de una manera aséptica, pero totalmente descriptiva, de lo que denominaba: “el gran trauma”, haciendo referencia al éxodo rural que se produjo entre los años 50 a 70, donde la gente abandonó sus pueblos para integrarse en  las grandes ciudades, en especial Madrid y Barcelona, que fueron las que acogieron a la mayoría de las personas que dejaron atrás su vida en el pueblo. Contaba cómo, la población que no emigró, que se quedó fuera de esas grandes urbes, se sienten hoy ciudadanos de segunda y reprochan al estado su incomparecencia. Son ciudadanos que también quieren conectarse a internet, conseguir una ambulancia o comprar el pan, sin que esto suponga un esfuerzo agotador. Son estos últimos los que protagonizan la verdadera brecha territorial de España y el problema de cohesión y vertebración, denunciando que el modelo actual de administración no funciona y condena al olvido y a la pérdida a amplias regiones del país.

Ponía sobre la mesa de miles de ciudadanos, preguntas incómodas como por ejemplo si es posible que un estado democrático y social, permita que millones de ciudadanos se sientan abandonados y despreciados por él. O si éste no tiene una obligación insoslayable con esta parte del país. Es un debate que interpela al cuerpo político de toda la nación y que afecta a todos los españoles con una mínima sensibilidad democrática. Decía que si se esperaba más, la España vacía, no lo será sólo como metáfora. Las densidades de población de algunas zonas de Soria y Teruel ya viven menos de seis personas por kilómetro cuadrado, menos densidad que en  Laponia, con lo que estos parajes, han pasado a denominarse tristemente: “La Laponia española”, tal como describe Paco Cerdá en su libro: “Los últimos: voces de la Laponia española”.

Otra cita literaria, que nombra Sergio, es el libro: “La lluvia amarilla”, de Julio Llamazares, quién decía: “La sociedad española es una sociedad urbana con una memoria rural. “ Aborda el problema de la despoblación y como muchos pueblos  morían, a la vez que lo hacía, el último de sus moradores.

En 2018, casi de la mano de la investigación de La España vacía y que casi podríamos considerar como un “spin-off”, publicaba “Lugares fuera de sitio: viaje por las fronteras insólitas de España”, donde reflexionaba sobre “los pliegues de los mapas”. Aquí Del Molino, nos lleva por un recorrido por la España fronteriza, tanto interna como externa, donde la gente pertenece oficialmente a un lugar, pero sentimentalmente o culturalmente a otro.

En junio de 2021, publicaba: “Contra la España vacía”, en esta ocasión, el autor desea tomar parte en el debate que suscitó. No es una continuidad del anterior, Sergio sigue avanzando en su análisis para actualizarlo con los acontecimientos de los últimos años, pandemia incluida. En esta ocasión, en lugar de ser un mero narrador de lo que ve, quiere tomar parte, aportar su opinión, dar su visión política y defender el término contra los usos negativos del mismo, que han proliferado. El autor ser revuelve contra el populismo,  los nacionalismos, los neoermitaños (que niegan el valor de la civilización), la ausencia de patriotismo constitucional y la falta de pulsión cívica.  De nuevo, todo esto lo hace con un alarde de solvencia argumental, sostenida sobre múltiples fuentes y lecturas. Todo ello bien rehogado, con un caustico sentido del humor, desde su mirada de pijoprogre gafotas (cómo él mismo se define). Resultando un nuevo ensayo, donde de todas las páginas se puede obtener una idea “de provecho”.

En esta continuación del análisis, entre otras muchas cosas, comenta la supuesta vuelta al campo e incluye a aquellas ciudades de España,  llamadas muchas veces “de provincias”, que se están convirtiendo en meros escaparates para el turismo de interior, pero que están heridas de muerte, con una fuga constante de población joven y donde su tejido empresarial se va destruyendo de manera inexorable. El caso de ciudades como León, Soria, Teruel y similares.

Concluyendo:

Todos los problemas, evidenciados en estas publicaciones, no son sencillos de afrontar, ni de solucionar. Incluso pueden entrar en un auténtico circulo vicioso, si entramos en la cuestión de si son antes los servicios para fijar población, o a la contra, que sin población no puede haber servicios.

Se entiende que nadie proponga colocar un policía, un médico y un profesor en cada aldea de cinco habitantes. Lo se reclama es que no se mire hacia otro lado, como se ha hecho hasta ahora. La solución va más allá de conseguir dinero o compensar desequilibrios entre las dicotómicas Españas (rica/pobre, interior/litoral, rural/urbana…). Administrar estos territorios extensos y despoblados, no se reduce a gestionar o manejar un presupuesto, sino que requiere de imaginación, de salirse de los márgenes conocidos y que nos han traído hasta aquí. Requiere de visión a largo plazo, de generosidad, de altura de miras. Ingredientes de los que me temo carecen buena parte de nuestra clase política y las administraciones.

Europa ha vuelto su mirada hacia este problema que se muestra  en La España vacía y en la agenda de proyectos europeos y administraciones autonómicas, viene ya obligatoriamente este apartado. Pero mientras tanto los pueblos y las diputaciones provinciales, siguen mendigando fondos para  mejorar, esta u otra infraestructura, pero andan muy lejos de la creación de empleo, de la fijación poblacional o la creación de una bucólica y llena de servicios, sociedad neo rural.  Quizás lo que falte sea una voluntad real y un estar dispuesto a crear una nueva realidad social.

Seguro que todos conocemos a alguien que en las conversaciones familiares de sobremesa, apunta algunas soluciones que podrían ser parte de ese “pensamiento lateral”, que tan necesario es, para romper esa pescadilla que se muerde la cola de servicios vs población. Pueden apuntar, por ejemplo  que si se deslocalizaran de Madrid partes de la administración, bien una secretaria de estado, un instituto de estadística, un departamento documental, un negociado ministerial, una consejería, etc.  Y se llevara a una cabecera de comarca, en un pueblo de especial interés o una capital de provincia, de estas que decíamos que estaban en regresión, automáticamente fijabas unas cuantos cientos de personas en un lugar; lo que se convertiría en un antes y un después.  Claro que eso contrasta claramente con la realidad de los funcionarios de turno, que probablemente se negarían a este tipo de movimiento. Podemos comprobar esta situación en el hospital de Teruel, o en el de Alcañiz, o en los juzgados de ambos sitios. Tanto los médicos como los funcionarios allí destinados, se resisten a fijar su domicilio en estos lugares y van y vienen diariamente a sus puestos de trabajo desde de la urbe mayor, que en este caso sería Zaragoza, y en cuanto pueden acumular méritos y puntos abandonan estos puestos. Por desgracia es una constate la búsqueda de profesionales sanitarios para los hospitales de Teruel y ALcañiz, esto es  extensible a los médicos rurales, maestros y funcionarios de todo tipo, incluso la  propia Guardia Civil que ha visto mermada su presencia en las zonas rurales, de manera drástica en las últimas décadas.

Sin duda hay muchos retos en el horizonte, muchas cosas por hacer y desde diferentes competencias. Pero…¿Qué puedo hacer yo? ¿Cómo puedo contribuir a que no se ahonde en este problema? ¿Cómo puedo contribuir en que la España vacía llegue a serlo menos?

Tenemos un claro ejemplo en la asociación  El Castillo, que con su labor, basada sin ninguna duda en esas características de generosidad, visión a largo plazo y altura de miras, desarrollan diferentes actividades para dinamizar y crear atractivos, que hagan que las casas del pueblo vuelvan a ser habitadas, que se cree un sentimiento de comunidad, de pertenencia y que evite que el éxodo, si al final tiene que ser, sea sin retorno. Participemos en las actividades que nos propongan, aportemos nuestro granito, arrimemos el hombro, acerquémonos, desde la perspectiva de en qué puedo ayudar yo, o qué puedo aportar y entre todos, cada uno a su nivel, luchemos para que, en primer lugar, esa España vacía tenga al menos voz, para tener un futuro y en segundo lugar, salvaguardemos la memoria y la realidad física de los pueblos que salpican la geografía ibérica, y no los abandonemos a su suerte, ni como ciudadanos, ni como administraciones.

Para cerrar; dar la enhorabuena por esas 50 publicaciones de la revista el PRAU. Y traer como cierre, la esperanzadora cita de Sergio del Molino en Contra la España vacía: “ Esta comunidad llamada España tiene solución.”


martes, 31 de mayo de 2022

... ESTE SOL DE LA INFANCIA.

 


Traigo por aquí, la que va a ser (si tienen a bien publicarlo), mi primera colaboración con la revista "El prau", de la asociación El Castillo de Langa del Castillo. Espero que ésta sea la primera de muchas, desde comentarios de libros, pasando por cosas de castillos, relatos, o todo aquello que se me ocurra, como el tema del que trato en esta primera ocasión, los recuerdos felices de niño.

Este sol de la infancia.

Decía el poeta Rainer Maria Rilke que la verdadera patria del hombre es la infancia. A ella se regresa en los momentos que todo se derrumba, donde nos refugiamos cuando el presente nos supera. A estos recuerdos, debió de volver el también poeta, Antonio Machado, cuando cansado y triste, por un exilio forzado, dejó su vida en Collioure. Días después de su muerte, su hermano recogía sus cosas de la pensión, y encontraba en el bolsillo de su viejo abrigo, los que fueron sus últimos versos “Estos días azules y ese sol de la infancia”.  Sin duda, envuelto en una gris realidad, se aferró, a aquellos recuerdos de su niñez.

Qué importantes los recuerdos infantiles. Crean las raíces que hacen no tambalearnos, que nos aferran a las tradiciones, al entorno, que nos dicen quiénes somos y de dónde venimos.

De niño yo era huérfano de pueblo. Vivía en una pequeña ciudad, donde los usos y costumbres en aquella época, no distaban mucho de la vida en un pueblo, en cuanto a que la calle era una extensión de la casa, que el entorno estaba controlado y era seguro, cruzándonos con personas que nos conocían y sabrían encontrar a nuestros padres en caso de algún percance. Lo que realmente diferenciaba el vivir en un pueblo o en una ciudad, por pequeña que ésta fuera, era el flujo de población a la llegada de la temporada del verano. Las ciudades, llegado el tiempo estival, se vaciaban, buscando su población, las playas, los pueblos o diferentes destinos, lejos de su rutina diaria. Por el contrario, los otros, recibían un aluvión de visitantes,  antiguos vecinos que marcharon a la capital, o familia de los que aún vivían en el pueblo, forasteros curiosos, o los que tenían todavía su casa y llegadas estas fechas la dotaban de nuevo de vida y alegría. Las calles volvían a llenarse de bicicletas, risas y carreras de los chavales y chavalas que volvían, por estas fechas.

Un pueblo en verano es todo alegría, peñas, fiestas, conversaciones a la fresca, aire libre, libertad, aventura y un lugar estupendo para ser niño.

En verano, la ciudad, es una postal desolada, el aburrimiento hecho asfalto.

De un tiempo a esta parte, mi orfandad ha desaparecido, pues he sido adoptado por Langa del Castillo. Pero, sin ninguna duda, el mayor beneficiado de esta adopción es mi hijo Mario, que de esta manera, pasa varias semanas de sus vacaciones con sus abuelos. Juega en la calle, hace amigos, a todos saluda y les cuenta sus cuitas, va al regachuzo, al frontón, al parque a jugar con los columpios, pasea hasta el Paso, cogiendo palos y espigas, se baña en la piscina y acaba el día agotado, de manera, que al día siguiente, alarga la hora de despertar, para alegría de los yayos.

 Los veranos pasados y los que quedan por venir, tejerán en su mente de niño, unos pensamientos felices, a los que podrá recurrir cuando la vida no le sea demasiado benévola, aunque espero y deseo, que nunca se encuentre, en similares situaciones, como las del desdichado Machado. Pero ahí estarán sus raíces, reconocerá a los suyos y sus lugares, al que de alguna manera pertenece y eso ayudará a  imprimir su carácter.

 Este es el primer regalo que dicen que  hay que conseguir para nuestros hijos, el segundo son las alas. Para volar lejos, alcanzar los sueños, ser autónomo,  Pero ésta  ya es harina de otro costal.

lunes, 23 de diciembre de 2019

Pedaladas VI 2019



Decía en la entrada anterior que casi se me va el mes de octubre, sin escribir una línea. Pues bien, es lo que ha pasado en noviembre, que se pasó sin "chartir". Estar toda una semana deambulando por la Bretaña francesa no ayuda. Al igual que estar en medio de una transición empresarial, un nuevo cargo y desempeños varios, impiden a uno tener la tranquilidad de ordenar sus ideas y plasmarlas de alguna manera con el artificio de la escritura.
Que me gusta escribir es un hecho. También me gusta el deporte , y me pasa parecido, llevo un mes que no hay manera... ¡cómo me acuerdo de los Ronaldos!
Ante la proximidad del final del año, ante la poca actividad en mi bitácora, ante el seso dormido y ver como pasan los días, tan callando (guiño, guiño a Jorge Manrique), he tomado la firme resolución, al igual que tuve que hacer en octubre, de plantarme y regalar a este mes de diciembre, al menos las entradas suficientes, para reconciliarme con mi intelecto, con mis entradas mínimas anuales y con las transcendencia intelectual de mi ocupada vida. Vamos que o hago tres entradas antes de que acabe el mes y saludemos esperanzados al nuevo año, o voy a tener un pobre concepto de mí, y eso si que no. 
Así que aquí estoy, dándole a la tecla. Empachado de clases de ingles y de comidas y cenas con amigos, compromisos y demás. Las fiestas se presentan largas y duras. Como novedad, por primera vez desde hace muchos, muchísimos años, voy a poderme coger unas vacaciones en condiciones, casi escolares. Podré hacer las compras de reyes como una persona normal, con lo agobios y prisa de última hora, pero vamos, lo normal. Así entraremos en el próximo año, laboralmente el día 7 y espero, descansado, motivado y cargado de infinita paciencia.
En nada la lista de los retos y propósitos del año nuevo, a ver que día en lugar de poner mejorar tal o cual idioma, pongo olvidarle de ellos. Dejar de poner montar más en dos ruedas, porque este hasta el moño de hacerlo y en lugar de poner tiempo para mí, sea tiempo para los demás. No hay, ni habrá mejor inversión que esa.
En nada una nueva entrada de lecturas y como cierre, felicitación navideña y del año nuevo.
Coming soon...


sábado, 9 de marzo de 2019

10º ANIVERSARIO DEL BLOG RETOLICAS.


Pues sí amigos y compañeros de bitácora, tal día como hoy, un 9 de marzo de 2009, comenzaba mi andadura en este espacio digital, donde publicaba mis citas, mis pensamientos, poesías, escritos, lecturas y demás. Aquí tenéis ese primer mensaje en la botella.
Ya van la friolera de diez años. Mucho tiempo y muy poco, recuerdo a aquella persona que empezó este blog, un año convulso, de cambios, con entradas que me retrotraen a otra realidad. Hoy, diez años después, algo queda de ese pionero, siempre queda algo, pero es una persona diametralmente diferente, rodeado de otra realidad, de otras circunstancias. Quizás se mantiene la mirada, el cómo llega a ver las cosas en incluso el como se enfrenta a ellas, casi todo lo demás ha cambiado.
Y dicen de la gestión del cambio, de adaptarse a las nuevas circunstancias, podría perfectamente escribir un libro al respecto, dar conferencias, convertirme en gurú entrópico, pero estoy completamente ocupado y centrado en vivir,¡se pasa tan rápido!
"La retólica maño, la retólica...".

lunes, 31 de diciembre de 2018

Adiós 2018.



Llega la hora de la despedida. Apenas unas horas para decir adiós a 2.018. Para mi un año intenso. Con muchas novedades y con extraordinario y precioso cambio en mi vida. 
Ha sido un año fructífero, no he publicado un nuevo libro, ni he hecho una nueva exposición de pintura, tampoco he avanzado con la guitarra, pero ha sido el año de una de mis tres mejores obras: Santiago, Javier y Mario.
El próximo año viene con muchas novedades, la propia aventura de criar a un niño pequeño y vivir la adolescencia y la juventud de mis otros dos vástagos. También nuevos retos profesionales, más viajes, nuevas responsabilidades. Algunas de las cosas que venía haciendo hasta ahora se quedará algo relegadas únicamente por una cuestión de tiempo, pero ahí están latentes hasta su próxima activación. No renuncio a un próximo libro, una próxima exposición, más dibujos, más retos en la recreación histórica, pero tendrán que esperar a su momento. Sí que tengo como reto para este año llegar al mes de julio en perfecta forma física. He hecho en ese sentido un gran descubrimiento: el crossfit. Desde septiembre lo practico al menos un par de días a la semana y estoy encantado por sus resultados y por el propio sistema de entrenamiento, creo que me aporta muchas cosas y a lo largo del año 2019 va a ser una constante. Quiero retomar también el tema de las carreras, ya me he apuntado a la del Ebro  habrá algunas más, y quizás compartida con mi hijo Javier. El padel es otra de las cosas que no quiero dejar, al menos un partido a la semana. Este próximo 2019, el ejercicio ocupa un lugar prioritario en mi agenda.
Este final del 2018 ha venido plagado de sustos entre conocidos y familiares, hospitalizaciones, infartos. La vida nos recuerda que es efímera, que en cualquier momento Caronte te corta el cupón y cruzas la laguna Estigia sin decir ni mu. Así que esos toques en cabeza ajena han de reafirmar las ganas de vivir, de cuidarse, de crecer, de aprender, de que todos los días sean tan intensos como si fueran el último, de amar, de dejarse querer. Mi padre siempre despotrica de los años que terminan en 9, el próximo acaba en este número, pero confío y deseo, que sea éste el que rompa esa aciaga tradición. Por mi parte pondré todo lo posible para que así sea.
No me queda más que decir, salvo: Feliz año, mucha suerte, mucha felicidad, mucha salud y un fuerte abrazo para todos.
 
 

martes, 7 de agosto de 2018

Pedaladas V. 2018



Se resiste la entrada de las lecturas, Benedetti sigue inexpugnable.
Se acercan, las vacaciones. Mario ya tiene dos meses. Llevamos una ola de calor que nos recuerda que es agosto, por si no nos acordábamos, centrados en el trabajo y otras cosas.
Nunca he colgado aquí el cartel de cerrado por vacaciones y desde luego no lo voy a hacer ahora. Las entradas este año están siendo menos abundantes, como si existiera una sequía creativa en este páramo de letras. No es así, no falta creatividad, falta tiempo para hacer todo lo que se debe, para hacer todo lo que se quiere.
Agosto deja atrás al tour de Francia y sus siestas de las tardes infantiles y juveniles de julio.
No hay nada más nostálgico y más evocador que los veranos pasados. Quizás, no haya época en el año, que nos haga ser tan conscientes, de lo que hemos ido dejando atrás: vivencias, personas, ideas y cosas. Sólo la esperanza, la curiosidad de lo que nos encontraremos en la vuelta al cole, nos da la fuerza para cruzar y disfrutar de este impasse estival.
De nuevo, en estos pocos días futuros de asueto, se acumulan tareas y proyectos. Para descubrir a la vuelta de cada verano, que siempre hemos hecho menos de lo que queríamos. Por eso arranca siempre septiembre con el  acto de contrición de hacer nuevas cosas, encarar nuevos propósitos, por todo aquello que abandonamos o descuidamos al borde de la toalla, o a los pies de las casas de los abuelos.
El verano es un territorio virgen, inexplorado, cambiante, forjado de familia, aventuras, romances, actividades, lecturas, paisajes... Un territorio siempre por descubrir, a veces sorprendente, a veces frustrante.
Recuerdo los deberes de verano, los cuadernos de vacaciones, las guías del cole. Y a la vuelta, siempre, clavada en mi pituitaria, el olor al forro de plástico de los libros nuevos, al papel, a las ceras, a la tortilla de patata de mi madre.
Nos vamos, para volver con más ganas, para encarar la caída de las hojas, la pérdida de nuestra juventud, de nuestros sueños. Nos reinventamos con cada verano y con cada regreso.
Si el pasado es un territorio extranjero, bien podríamos decir que el verano es: "territorio Gaboni", ¿Os acordáis de las antiguas películas del tarzán de Johnny Weissmuller. 
 

jueves, 31 de mayo de 2018

Pedaladas III. 2018


El pasado es un lugar extranjero decía recientemente Sergio del Molino. Un lugar ajeno ya a nosotros, un mero recuerdo, una nostalgia, y conforme pasa el tiempo, más alejado de lo que fue en realidad, para pasar a formar parte de nuestra historia y  ésta devendrá a ser cada vez más, ficticia.
¿Cómo será nuestro pasado de dentro de cinco años?¿Y de dentro de diez?¿Cómo recordaremos qué?¿Y qué recordaremos cómo?
Lo acontecido deja de ser nuestro, pasa a la dimensión de los onírico, de la irrealidad, de la fábula, de la ficción basada en hechos reales, hayan sucedido o no.
El verano está cercano, la llegada de Mario también, la sequía ha desaparecido y la tierra está empapada. Esto será algo después de ahora, y luego...
¿Seremos actores, cuentistas, observadores, qué rol ocuparemos?¿Todos un poco, ninguno?¿Qué será lo importante?¿Que será dentro de unos cuantos años?¿Habrá cambiado nuestra mirada o lo que vemos?
¿Quién nos roba el tiempo?¿Donde lo perdemos?¿En qué lo invertimos?¿Nos es rentable?¿Hay retorno de la inversión o es a fondo perdido?
¿El camino, el viaje o el destino?
Y cuando llegues a recopilar todas las respuestas, de nuevo, la vida te cambiará las preguntas.

miércoles, 1 de noviembre de 2017

El romancero


 
El romancero

Todos los años, con la llegada del buen tiempo, el pueblo celebraba sus fiestas de primavera, en honor a un santo que nunca paseó por aquellas calles, ni bebió de sus mismas fuentes, pero por no se que extraña razón, su destino aparecía enredado en aquella villa y sus festejos anuales, romería incluida. Santa tradición de una aldea montañesa que se sacudía el olvido y  el abandono engalanando sus calles y vistiéndose de fiesta.
Con el deshielo y con motivo de esas fechas señaladas, los caminos volvían a acoger a caminantes, buhoneros, mercaderes y hasta feriantes. Pero si había alguna cosa que esperaban, tanto chicos como grandes, era a aquel hombre, que cada año y ya nadie recordaba desde cuando; llegaba a sus calles para contarles historias de reyes y princesas, de caballeros y aventuras, dragones y brujas, de tierras lejanas en las que el sol no se ponía jamás y de mares inhóspitos y llenos de peligros que se tragaban barcos y marineros sin contemplación.
Le llamaban de muchas maneras, pues ninguno conocía su nombre verdadero: cuentacuentos, el señor de las historias, fabulista, romancero... Dormía en las eras y comía de lo que desde las casas le daban, que no era poco, de tal modo que llenaba su zurrón tanto, que parecía que iba a estallar por las costuras. No sabían de dónde era, de la zona seguro que no, hablaba sin acento del lugar, ni tenía dejes que revelaran su cuna. Su rostro cetrino, ajado por el sol y el polvo de los caminos, la edad, avanzada, un poco encorvado, pudiera decirse que incluso ya anciano. Sin embargo su figura era querida y apreciada y su llegada era motivo de alegría para todo los lugareños. Acabadas las fiestas, a los pocos días, sin que nadie se diera cuenta, igual que había llegado, desaparecía. Todos suponían que a recorrer nuevos caminos, contar nuevas historias y conocer otras, a cargar su zurrón de nuevas vivencias, mientras en el pueblo volverían a su día a día y a ganarse la vida, a costa de dejarse la suya propia, en las duras jornadas de sol a sol que les imponía la montaña.
Las noches que estaba en el pueblo, buscaba un lugar cercano a la hoguera de la plaza y con voz pausada pero grave, iba desgranando vidas y hechos, trayendo a aquel pueblo del Pirineo imágenes y sonidos de lugares lejanos y remotos. Unos días deleitaba a mayores y hablaba de cosas rotundas y complejas y otras veces a los pequeños, con peripecias divertidas y cercanas, o hacía soñar a las casaderas con amores esforzados e imposibles. Los habitantes escuchaban las narraciones sin pestañear, mientras de fondo crepitaba el fuego y las brasas bailaban ante sus ojos. Viajaban sin mover los pies, soñaban sin dormir, vivían vidas que nunca habrían imaginado, sufrían, lloraban o reían según tocara y cuando el viejo acababa, notaban latir su corazón con el poso de lo escuchado y se acostaban sabiéndose un poco más sabios, un poco más vivos.
 
©Jesús J. Jambrina 
 

viernes, 4 de agosto de 2017

LA MANO

 


Aquí viene, espero que sea mejor que las de la ronda anterior. Menuda noche, no me la merezco. Sentada que llevo, ya más de cuatro horas, tengo el culo carpeta, ya no me concentro en el juego, me he ido definitivamente. Vaya macarra el de enfrente, con sus gafas de sol y los cascos, se ha blindado la jeta, lo que no ha hecho, es atarse el meñique de la mano derecha, que le tiembla cuando pilla buenas cartas. Estar en la mesa final con otros diez tiburones es lo que tiene, que pasas horas eliminando a peña. Por un momento pensaba que me daban puerta, me he arriesgado, pero me ha salido bien, hay que dejar un pequeño porcentaje a la suerte, no todo va a ser matemáticas, eso se lo dejo al calculín de mi derecha, que sólo juega cuando tiene claro muy claro que la estadística está a su favor. Ahí viene la otra carta. Cómo está la croupier. ¿Tendrá novio? Igual le tiro la caña si la noche se da bien. Tan seria, tan formal, vaya morbo que tiene. Que te pierdes Juan, que te pierdes, al juego, mira las putas cartas. Vaya, American Airlines, AA, una bomba en mi mano y hablo el último, todos se tienen que retratar antes que yo, lo tengo a huevo, se me ha puesto de cara. Tranquilidad, nada de tics, nada de fruncir las cejas, ni los pies contentos, quieto parao, una estatua, una puta estatua de sal. Como que no va contigo. El veterano pasa, bien. El mazas también, vaya a ver si ahora no voy a pillar a ninguno. Espera, la rubia se lanza, dobla las ciegas. Valiente la tía y no lo hace mal, perfecto, tiene un buen montón de fichas, todas para mí. El gordito con los granos en la cara le sigue, se pone bien la cosa, el de las gafas se tira. Joer, mira que si levanto a tres del tirón, se me ponen la cosas de maravilla y el ganador se lleva una pasta, ya con llegar aquí es un pico, pero cada uno que me quite, son veinte mil más del ala que me caen. El guiri se tira también, se queda la señora del pelo cardado, ha estado cacareando todo el rato y ahora se ha callado como por arte de magia, está barajando sus posibilidades, la tengo calada. El chaval del chándal dobla lo de la rubia, nos está metiendo miedo. Calculín no se lo piensa y sale por patas. Se le ha gripado la calculadora, bueno me toca. Voy a hacer como que dudo, miro a un lado, a otro, soplo. Pausa dramática y entre dientes, bueno, lo veo. Jajaja, ya lo oigo, la alfombra roja y una voz en off: ...and the oscar goes to: el puto amo. Igualan todos la jugada, el bote se va engordando. Venga esa croupier macizorra, esas cartas al tapete. Un dos de corazones, un siete de picas y otro as. ¡Toma! Chisssss, quieto, pies quietos, disimula compañero, disimula, un estatua, concentración, céntrate, no pienses en el premio, no pienses en la pasta, no pienses, punto. Si me meto en los seis primeros me aseguro patrocinadores, una pasta para poder pasar el año, independizarme y devolver a mis viejos el dinero que me han prestado. Dejar la carrera de matemáticas ha sido chingo de explicar, no lo han entendido mis padres y menos con las notazas que llevaba, pero aún así me han apoyado, han confiado en mí y lo más importante, han pagado los cinco mil euros que valía la inscripción. Eres bueno con las mates, estudia mates te irá bien, coñazo de mates, esto sí, ¡esto sí! La rubia se tira a la piscina, dobla, mal jugado, muy mal, el gordito se tira, a pesar de lo evidente. Es un sopazas, para que te metes antes, que mala es la curiosidad, qué mala. Pero oye el que no es curioso no aprende, pero claro, aquí te cuesta un dineral. No pienses, joder, no pienses, concéntrate. Habla la cacatúa, la iguala, el del chándal va con todo, está desaforado, se toca la oreja, como las otras veces que lo he visto cuando va de farol. Me lo han puesto a huevo. ALL IN!

©Jesús J. Jambrina 
 

martes, 25 de julio de 2017

Vaya movida tronco.



Vaya movida.
 
 Joer tronco vaya movida. Vaya movida.
Buah tío, de esta directo al talego. La vieja se va a poner loca. Puta vieja.
Pero yo aquí controlo. Controlo tíos, el que se mueva me lo cargo. Sí tío, le meto dos tiros y me quedo tan ancho. ¡Qué se jodan! Ellos si que son unos ladrones. Míralos tan arregladitos, tan perfumados, tan estupendos. Putos ladrones. Puta vieja. Putos maderos.
Uahhhh tronco, que bien estaría ahora con una birritas en el parque, unos porritos, con el Jhonan, los coleguitas, al solecito. Echando unas risas.
Muertos tío, están todos muertos, el Jhonan, el Charli, el Petas, todos muertos. Me cago en mi vida, putos muertos. Puto caballo. Puto, puto caballo.
Mira al tronco ese, está acojonado, que te meto, tío mierdas. Jajaja, vaya payaso. Que si estás rodeado, que nos entregues a los rehenes y tal. Ja! Y una mierda. De aquí no sale ni Dios.
Colega estoy hecho un escombro, casi no me quedan piños, pero por mis huevos que salgo de aquí con toda la pasta. Si esto sale bien voy a cambiar, me desintoxico y le doy una alegría a la vieja. Ya paso de rollos chungos.
Vaya movida tronco. Si lo mío es dar palos a las viejas, a que me meto yo en esta movida. Pa que me meto.
Joeerrr tronco, por la justicia social, uno tiene sus principios, ya está bien de joder a las viejas, démosle caña al capital. Al puto capital. Putos maderos. Putas viejas. Putos ladrones.
Se me está haciendo largo. Tengo sudores, escalofríos, temblores, me tengo que meter algo. Pero estos mierdas no tendrán de nada, tan arregladitos, tan repeinados. Claro que luego serán todos unos viciosos, y se meterán de todo, o le darán a la priva o le pondrán los cuernos a la mujer con la golfa de la cajera. Porque mira como está la cajera. Está tooo buenorra. Joer tiene un par de empujones. Yo si tuviera mujer también se la daría con ésta. Vaya muslazos que tiene y mira que minifalda me lleva. Si pasamos mucho rato aquí igual me la hago. Seguro que le pongo yo más que ese gordinflón del traje. Parece que vaya a reventar. Los piños le brillan, pero está como un auténtico tocino. Vaya traje me gasta, debe ganar una pasta gansa, pasta por un tubo, pastizal, ¡qué cabrón! A base de robarnos a todo el barrio, puto cabrón, puto capital. Putos ladrones.
Y al final vaya día de mierda. Como se ha liado la cosa. Si sólo quería la pasta que había a mano, me valía un poco para pillar algo. Y se ha montado una como en las películas. Joer, igual salgo en la tele. Las vecinas le dirán a la vieja, hemos visto a tu chaval. Oye salir en la tele, mola, mola un huevo, igual me llueven las pibitas cuando salga de aquí. Ey nenas que salgo en la tele. Tronco igual me hago famoso, como el Paquirri y si me meten en la trena me hago el puto amo. ¡El puto amo! Passsa troncos, que salgo en la tele.
Paso de esta movida. Paso de que me peguen un tiro. Igual me entrego y a tomar por culo todo, no se está tan mal en el talego, comida caliente todos los días, algunos viejos conocidos, igual con suerte me paso unos meses con todos los gastos pagados. Aunque si me cargo a alguno de estos cabrones me pego varios años, varios años con la vida solucionada, sin tener que buscarme la vida y además si le pego un tiro a un banquero, en la trena voy a ser un puto héroe.
Putos banqueros!! Voy a ser un puto héroe. Un puto héroe...
 
 
 ©Jesús J. Jambrina 
 
 

jueves, 22 de junio de 2017

Fan fiction: La batalla de Cuernavilla



Trilogía del Señor de los Anillos: Las dos torres       
                                                                      
La batalla de Cuernavilla

          El rey Théoden sabía que la resistencia no se podría prolongar mucho más y que de seguir las cosas así, ésta sería su tumba y la de todos los defensores y refugiados tras sus muros. Su decisión no podía ser otra que morir como un rey, encima de su caballo y enfrentándose cara a cara con las fuerzas de la oscuridad. Moriría luchando antes que quedarse encerrado entre cuatro muros, sin esperanza de salvación. Decidió por tanto que a la mañana siguiente haría sonar el cuerno de Helm y sería la señal para que acompañado por su guardia, cargase a caballo contra la masa  que atenazaba la fortificación.

El amanecer del día siguiente se rompió con un rugido y una inmensa llamarada que se llevó por delante, la bóveda de la puerta de Cuernavilla, colapsándose toda la muralla principal. Los orcos dieron grandes gritos y se arremolinaban a los pies de los restos del muro preparados para lanzar el ataque definitivo. Súbitamente sonó el gran cuerno de Helm en lo alto de la torre. Su sonido se extendió por todo el abismo y esté le devolvió el eco como si otros cuernos fuera soplados en respuesta. Las tropas oscuras se estremecieron creyendo que un gran ejército se precipitaba hacia ellos. Un clamor se elevó desde el interior de la maltrecha fortaleza. Los jinetes gritaron con todas sus fuerzas: ¡Helm!¡Helm!¡Helm ha despertado y retorna a la guerra!¡Helm ayuda al rey Théoden! En medio del clamor de aquellas gargantas, apareció el rey montado en su caballo, a la derecha Aragorn y tras ellos los Señores de la Casa de Eorl el Joven. La luz del día iluminó el cielo. Théoden llamó a la carga a sus Eorlingas y se arrancó al galope. Tras él, el resto de jinetes, acero, cuero y rabia. Entraron como un torrente a través de las huestes de Isengard, detrás de ellos los hombres que se habían refugiado en las cavernas, que se sumaron al ataque conscientes de que era su única opción. Aragorn apretaba sus rodillas sobre su montura, mientras descargaba con saña su espada y no dejaba de recordar las palabras de Gandalf: Espera mi llegada con la primera luz del quinto día, al alba mira al este.


 No todo estaba perdido, el mago no faltaría a su palabra, en breve lo verían aparecer, en el horizonte, al frente de los leales a Rohan y del ejército al completo de Gondor. Su presencia haría retroceder a los enemigos y los cuernos volverían a vibrar para celebrar la victoria de hombres y elfos. Había que aguantar un poco más y Gandal vendría.
 
            La carga del rey y sus valientes continuaba, pero el desconcierto inicial de las  huestes de Saruman estaba remitiendo y desde el fondo del valle se estaban reorganizando en cerradas filas para enfrentarse a los bravos jinetes. Los rohirrim y sus aliados seguían golpeando y abriéndose paso, aunque su avance se hacía cada vez más lento, por cada uruk-hai  que caía, otros dos ocupaban su lugar.
 
           Aragorn miraba al este, escudriñaba el horizonte, el sol se elevaba y las primeras luces ya despuntaban. No había señal del mago. Apretó los dientes y de nuevo espoleó a su montura a la vez que daba un certero tajo sobre el cuello de una de aquellas criaturas. Si hoy tenía que ser su último día, no sería en vano.
 
            Los brazos pesaban cada vez más, los ijares de los caballos blanqueaban de sudor, sudor que también resbalaba por la espalda de los guerreros que los dirigían y el enemigo se hacía cada vez más denso. La acometida perdía fuerza, engullida por las nutridas columnas de orkos.
 
           Ya apenas podían avanzar, tal era la densidad de la hueste enemiga. La mortandad entre los jinetes se incrementó, una vez aminorado su paso. Los fieles a Théoden cerraron filas a su alrededor, ya no veían a los desdichados que les habían seguido a pie. Los cientos de uruks se cerraban sobre ellos como una tenaza de hierro. Aragorn miraba al este, el sol coronaba el cielo, no tenía miedo a la muerte. Avanzó hasta ponerse al lado del rey, éste le miró, irguió la cabeza y con sus últimas fuerzas gritó: ¡Avanzad sin temor a la oscuridad! ¡Luchad, luchad jinetes de Rohan, caerán las lanzas, se quebrarán los escudos, pero aún restará la espada! ¡Cabalgad, galopad, cabalgad hasta la desolación y el fin del mundo!... ¡MUERTE!
 
©Jesús J. Jambrina  
 

jueves, 11 de mayo de 2017

Fragmento del relato: La nota



La nota (fragmento)


Hace un tiempo, el mundo de los adultos me resultaba extraño y ajeno. Vivía una realidad, donde mis límites estaban perfectamente marcados, rodeado de cajas de metal, de colores llamativos, que encerraban enormes tesoros, o de tambores de cartón en cuyo vientre latían los más valientes ejércitos de soldados de plástico, esas eran mis fronteras. Era un mundo de espadachines, vaqueros, airgamboys y "cliks" de famobil, de muñecos articulados, tardes de pan con chocolate y pequeñas aventuras.

Vivíamos en una ciudad pequeña y la calle era casi una extensión de nuestro hogar. Todos se conocían y eso nos permitía tener una independencia que en otro lugar no hubiera sido posible. Esa libertad estaba controlada por nuestras madres, que sabían desde donde tenían que gritar nuestro nombre, para que dejáramos de jugar a polis y cacos y nos dirigiéramos sin tardanza a nuestra casa a bañarnos, o cenar en el mejor de los casos. Esa movilidad también tenía su precio, pues en muchas ocasiones ejercíamos de recaderos o mensajeros del Zar, haciendo pequeñas compras, el pan, la leche, el aceite o llevando breves misivas de aquí para allá.

Las madres eran omnipresentes en nuestras vidas. Elegían la ropa que teníamos que ponernos por las mañanas. Tenían la capacidad de elegir siempre lo que más picaba, lo que menos nos gustaba o lo menos funcional, petos de cuadros con perneras campana, jerseys de lana con cuello cisne, que eran morir en vida o trencas cerradas con colmillos de sabe Dios que animal prehistórico. Nos indicaban lo que debíamos vestir, decir, comer, hacer y hasta pensar. Las madres todo lo controlaban, podían con todo y su presencia eclipsaba a la de nuestros padres, que pasaban el día fuera de casa, haciendo lo que hacen los mayores, trabajar y esas cosas.
...
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©Jesús J. Jambrina  

lunes, 27 de marzo de 2017

Concierto desafinado.


Texto inspirado en la fotografía del violín de Ingres

 
Otra noche insomne, con la mirada puesta en su espacio vacío, que se ha ido enfriando como un caldero de bronce.
 Apenas los despojos en el campo de batalla de dos ejércitos, que quedaron exhaustos  y cautivos entre sábanas de seda.
 Con su marcha se aparecen todas las derrotas vividas y el fantasma de la soledad toca junto a mi, una balada que habla de celos y huidas.
 Su hermoso cuerpo se convierte en instrumento de nostalgia: Anhelo dibujar  aquellos amaneceres eternos en su espalda, y los domingos interminables, donde nuestro cometido era hacer vibrar las cuerdas del deseo, una y otra vez, sin tregua,  en un concierto desafinado y agotador. Hablar de nuestras cosas y acariciar su pelo, dando igual el tiempo que hiciera fuera. Solos, juntos, con la melodía de sus latidos al apoyar mi cabeza en la almohada de aquel pecho febril y suave.
 Concierto de recuerdos, nostalgia, ausencia y vacío.

©Jesús J. Jambrina  

sábado, 18 de marzo de 2017

Muñecos.


 
Muñecos.

            Nunca me gustó romper muñecos. A eso empecé algo más tarde.

            Mi adolescencia no fue ni mejor ni peor que otras y no tuve unos padres ausentes ni excesivamente controladores Actitudes que justificarían desviarme por exceso o defecto, de los caminos que me marcaban los frailes. Lo que si tuve es una tremenda curiosidad, una gran capacidad de aprender y muchas oportunidades de pasear por caminos paralelos a los recomendados.

Aprendí a besar y fumar, antes que muchos otros. Escuchaba discos en la bolera o en casa de amigos, y rondábamos siempre los límites de lo que nos permitían nuestros mayores. Siempre con poco dinero, fruto de pagas exiguas y rácanas más orientadas a comprar chicles y pipas que cerveza y vino rancio. Pero la imaginación además de hacernos grandes generales, astronautas o futbolista, también nos daba el desparpajo necesario, para echarnos a la calle, a machacar canciones de las que escuchábamos en los tocadiscos de los hermanos mayores de otros, o en las jornadas interminables de billar.

Con un par de guitarras empezamos tocando en algún bar y poco después empezó a llegar el dinero haciendo bolos por pueblos, por festivales y salas de fiesta. Nos animamos a grabar una maqueta de nuestras versiones e incluso me atreví a componer una canción de nuestras correrías. Después vinieron algunas más y los primeros éxitos.

Es entonces cuando le cogí el gusto a romper muñecos. Me convertí en un déspota cruel. Sentía un extraño placer haciendo daño a los demás. Como aquella noche después de una actuación en que estampé un vaso de tubo en la cara del batería, porque se adelantaba a mi entrada. Así rompí nuestro incipiente grupo, la relación con el manager, discográficas y lo que al final más me dolió: rompí a aquella chica que lo dejó todo para estar conmigo y con la que compartí, sin duda, los dos mejores años de mi vida.

En una de aquellas tardes de furia, la dejé deslavazada a mis pies, diciendo todo lo que nadie le debería decir a otro nadie. Era un ser despreciable que había llegado al paroxismo. Todo el mundo me había abandonado, fue la última en hacerlo, pero  al final convivir con un monstruo no es fácil y no le quedó otro remedio, llevando en su entraña el fruto de aquellos destellos de amor.

Así comencé mi andadura en solitario, viajé, toqué en todo tipo de sitios y aprendí que romper cosas y gente no trae nada bueno. Cuando nació mi hija  estaba muy lejos de ella aún estando en la misma ciudad. No quise sabe nada, ni me hubiera dejado su madre. Pero cuando mi vida se empezó a cubrir de polvo y canas, me acordé que una parte de mi, estaba por este mundo. La busqué y el que busca halla, y así supe de su vida, de sus amores, de su trabajo y de su hijo.

Todas las tardes me sentaba delante de aquella terraza por donde sabía que pasarían e incluso algunos días ella tomaba allí un café o una cerveza. Tocaba de manera intencionadamente distraída, ellos no sabían quién era yo. El pequeño tenía buen oído y se acercaba a escuchar las melodías que salían de las cuerdas de mi guitarra. Estaba decidido a volver a cuidar de mis muñecos.

©Jesús J. Jambrina  

 

jueves, 16 de marzo de 2017

El tambor de cartón.



De pequeño me gustaba jugar con figuritas. Las guardaba en un tambor de cartón, rescatado del jabón de lavadora que compraba mi madre. Allí se mezclaban indios y vaqueros, soldados alemanes, romanos, guerreros medievales, dinosaurios, de plástico, articulados, pintados o de un sólo color y de diversos tamaños y escalas. Cuando lo volcaba, de sus entrañas salía vomitado un ejército multiforme al que durante horas tenía maniobrando a mi antojo. Haciéndoles arrostrar los peligros mayores y batiéndose el cobre en diferentes batallas y enfrentamientos con enemigos imaginados o reales. Exhausto después de tanta muerte y resurrección, volvían a ocupar la panza del cilindro hueco. Me duraron mucho más que mi infancia. Nunca me gustó romper muñecos.
 
©Jesús J. Jambrina  

lunes, 13 de marzo de 2017

Regreso al pueblo.



Regreso al pueblo.

           Las espigas bien granadas se mecían con la leve brisa de una tarde de julio. Los campos, dorados hasta donde alcanza la vista. No en vano la llaman la tierra del pan y el vino.
De nuevo había brazos para trabajar el campo y éste, después de años en barbecho, era agradecido.
Hacía tiempo que no volvía por allí. De hecho, maldita la gracia volver, la última, vez pensaba que no habría otra.
Apenas a tres kilómetros de la capital, había decidido acercarme andando.
El pueblo estaba como siempre, las casas arracimadas entorno a la carretera, sencillas, pequeñas, con las ventanas diminutas y la llanura que las hacía parecer aún más insignificantes.
Recostado en la puerta de una de las primeras, pude distinguir a un viejo conocido. Recorrí los pocos pasos que nos separaban.
—Hola Marcial
—Vaya Julián ¡Cuánto tiempo!
—Ya ves, de vuelta a casa, bueno, si no tenéis inconveniente.—Aquello no le cayó bien, pude ver la reacción de su rostro.
—¡Pero hombre, cómo dices eso! Tu casa es, tus tierras, tus hermanos, tu pueblo.
—No parecía que os alegrarais tanto la  última vez que estuve aquí, con el ejército rojo vencido y desarmado apenas unos días antes—Vi como el rubor subía a sus mejillas.
—Eso fue cosa de los señoritos de la capital, de gente de fuera. Tu nombre estaba entre unos papeles del ayuntamiento.
—¿Y qué hacían allí esos papeles, que necesidad había de que aparecieran? Además apuntados, apuntados estábamos muchos, tú también. Era, y lo sabes bien, la relación del sindicato agrario. Alguien les diría donde tenían que buscar y a quién buscarle las cosquillas.
—Eran días complejos. Esas cuadrillas de camisas azules hacían y deshacían a su antojo, eran los amos de la situación.
—La inscripción nos daba derecho a un saco de trigo. Ya ves tú que delito, un saco de trigo. Las semillas de la cosecha del año.
—Sí Julián, pero los falangistas andaban detrás de esas listas, de los afiliados al sindicato.
—Pero la guerra había terminado—Dije indignado.
—Sí, pero para algunos apenas había empezado. Hicimos lo que pudimos. El mal rato lo pasaste, pero estás aquí. Alguno colaboró con ellos, pero otros, como el alcalde, o como yo,  intercedimos y conseguimos que nadie se fuera en esos camiones. ¿Cuántos no se fueron con ellos y en otros pueblos acabaron en las tapias de los cementerios o en las cunetas de los caminos apartados? Pero eso no pasó aquí ese día.
—¡Pero yo hice la guerra entera! Hice su guerra. Me llamaron a su ejército y me la comí enterita. Me bombardearon, me dispararon, pasé hambre, sed, frío y sobre todo, sobre todo miedo, mucho miedo. Pensaba muchas veces que no íbamos a quedar ninguno. Mientras ellos estaban en la retaguardia, buscando sus listas, sus inquinas, sus intereses.
—Sí eso también. Alguno ha hecho fortuna con este tipo de cosas. ¿Para quién te crees que iban los bienes, de los que no tenían la suerte de bajarse del camión como hiciste tú?
—Sí claro, la culpa los de fuera. O como decíamos en las trincheras, la culpa es del muerto. Lo curioso es que mis tierras no lindan con nadie de fuera, si no con gente de aquí. Curiosamente, Marcial, la mayoría con las tuyas.—Y al decir esto no pude evitar que la bilis me subiera a la boca—Pero yo hice la guerra con su bando, me han ascendido, me han condecorado, he luchado y he dado lo mejor, no porque pensara como ellos, sino porque había que seguir vivo, y para eso había que hacer las cosas bien. Y así un año, y otro y otro, hasta que ganaron esta maldita guerra. Y volví a mi casa con la tranquilidad de haber cumplido. Pero me estaban esperando, me estaban esperando para matarme, por haber hecho también lo correcto cuando trabajaba de sol a sol.
      Ya no me miraba, había ido achicándose con cada una de mis palabras. No apartaba la vista del revolver plateado que llevaba al cinto y estoy convencido que pensaba que estaba viviendo sus últimas horas.
       Apenas se atrevió a balbucear—Conseguimos que no saliera el camión y que os soltaran a todos.
—No temas, no he venido mas que a dos cosas. A despedirme de mis hermanos. Me he quedado en el ejército y me voy a Ceuta por una buena temporada. Y a decirte que no te lo tengo en cuenta. Al fin y al cabo fue cuestión de suerte, verdad. Suerte de coincidir bajo aquella lona con el hermano del alcalde. O te crees que no fui capaz de reconocerle. Así que poco mérito tienes tú en eso, pero lo dicho, sin rencores, con Dios Marcial.
 ©Jesús J. Jambrina 
 

jueves, 16 de junio de 2016

La muchacha de la mirada triste.


Como 2º trabajo del taller de escritura, nos han mandado hacer un relato de una página, tema libre pero con "in media res".  Donde con una "analepsis", tendremos que completar es acción que hemos empezado " a medias". Por aquí traigo ese relato:


La muchacha de la mirada triste.


Allí estábamos, en una cafetería tranquila. El uno frente al otro. Un sitio tranquilo, para hablar, me había dicho, un eufemismo que quería decir realmente,  date por jodido, algo va a cambiar y no te va a gustar. 

Ella apenas me sostenía la mirada y yo, no sabía si sería capaz de sostener las palabras, que de un momento a otro me temía que iban a caer sobre mí.

Recordaba perfectamente la primera vez que la vi. Me crucé con su mirada, una mirada triste. Una mirada diferente de la de las chicas de su edad, había un trasfondo de nostalgia, un velo gris, se intuía una pesada carga. Desde el primer momento quise compartirla, y hacérsela más liviana. Me enamoré perdidamente de esa profundidad, de ese abismo, de esta tristeza, de ese misterio. Me hice el firme propósito que yo le arrancaría esa tristeza de los ojos y que compartiría con ella sus secretos y sus cargas.

Recuerdo, como no hacerlo, la primera vez que hicimos el amor, me abrazaba fuerte, muy fuerte, como el náufrago se aferra a su tabla en mitad del océano, y yo me sentía como un faro en mitad de sus tempestades. Los primeros meses la mirada triste estaba allí irremediablemente, todas las noches y todas las mañanas que amanecíamos juntos, pero se atisbaba también una luz, que se iba abriendo paso entre esos tonos grises.

Pero estos dos últimos meses, ese abrazo fue aflojándose y esa luz, menguando. El silencio y el frío, se instalaban en nuestros encuentros. Ahora era yo el que se aferraba a esa mirada triste, desesperanzada. Tenía la certeza que mientras estuviera allí, nada cambiaría, la luz se apagaba, pero mi amor, enganchado y enredado en esa mirada, sería eterno.

‒Estas diciendo de verdad que me dejas. Mírame a los ojos y dímelo.‒ Y cuando la miré, me di cuenta, allí ya no estaba su mirada, esa mirada triste. Apenas la reconocía, como si estuviera viendo realmente a otra persona. Sus ojos tenía un brillo que hasta ahora no había visto nunca. Titilaban ilusionados, esperanzados, seguros de que lo mejor estaba a punto de llegar. Lo comprendí al instante, la había perdido, ya no tenía sentido seguir juntos. Sus tempestades habían desaparecido y en un mar en calma no era yo su compañero ideal.

Me giré para evitar que viera como se desbordaban de lágrimas mis ojos y entonces la vi. Allí estaba. Reflejada en el cristal. El reflejo era el mío y la volví a ver, ahí estaba, instalada en mis retinas, esa mirada, esa mirada triste.

 ©Jesús J. Jambrina


martes, 7 de junio de 2016

Me acuerdo (II)


1.- Me acuerdo y me han recordado muchas veces, cuando tenía tres años, estando mi madre embaraza. No existía eso de las ecografías. Escuche a mis padres hablar sobre los nombres que le pondrían al bebé en caso de que fuera niña, o en caso de que fuera niño. Yo corté aquella conversación de manera tajante, señalando la tripa de mi madre les dije: Eso de ahí es un niño y se llama Rafa.

2.-  Me acuerdo que con motivo de las fiestas de Teruel, la primera semana de julio,  hay atracciones, puestos de venta ambulante y espectáculos para los niños. Me llevó mi padre a ver uno de magia. Cuando acabó, no se cómo, nos encontramos en la calle con el mago y  de repente, acercó su mano a mi oreja y sacó algo, cuando me lo enseño me quede mudo, era el sello de oro que siempre llevaba mi padre en la mano.

3.- Cuando me levantaba por la mañana para ir al colegio, y veía como se reflejaban, los primeros rayos del sol, en el edificio enfrente de mi ventana.  Aquellos rayos madrugadores, eran la promesa de la llegada del buen tiempo y a no mucho tardar, las vacaciones de un largo e interminable verano.

4-. Me acuerdo de tardes en bicicleta con amigos, pedaleando hasta el río y allí pescando truchas que no daban la medida, hacer un pequeño fuego para asarlas y aderezarlas con las manzanas de los frutales cercanos.

5-. Me acuerdo mi multitudinaria celebración del 18 cumpleaños, junto con otros muchos compañeros y amigos. Un día mítico y feliz. Cerramos un bar por unas horas y compramos un barril de cerveza. Una auténtica catarsis onomástica colectiva.
 
6-. Me acuerdo de una noche de agosto, con un cielo limpio y estrellado, esperando ver las lagrimas de San Lorenzo. Ver una estrella fugaz... Y pedir un deseo.

7.- Me acuerdo cuando paseando con mi novia, nos encontramos con un hombre que era la alegoría perfecta de San Valentín y viéndonos tan acaramelados,  nos dijo literalmente:  Nunca se arrepientan de haber amado demasiado.
 
8-. Me acuerdo saludar el año nuevo rodeado de familia, teniendo en brazos a mi primer hijo, apenas nacido dos meses antes. Pensar que seria genial que las cosas siempre siguieran así.

9.- Me acuerdo de tener que elegir entre quedarme en  Madrid en un puesto exitoso de dirección general o volverme a Zaragoza, a un desempeño más humilde pero mejor para los míos.

10.- Me acuerdo de sentir como se desmoronaba todo lo que había ido construyendo con esfuerzo, sacrificio, con renuncias y elecciones. Ver como se cerraba una etapa muy feliz de mi vida y me asomaba al abismo de lo desconocido.


lunes, 6 de junio de 2016

Me acuerdo...(I)


El pasado miércoles, comencé un taller de literatura con Sergio del Molino. Este escritor es realmente interesante. Durante las dos horas que duró esta primera sesión del taller, una sesión suave, apenas nos pusimos en labor para escribir 10 sustantivos; me dejó completamente embelesado. Salí con la sensación de que del taller iba a aprender muchas cosas y no necesariamente sobre literatura.
Eso sí, nos mandó deberes para casa, como no puede ser de otra manera en un taller intensivo, donde uno tiene que ir preparado para batirse el cobre con la escritura dentro del horario presencial y evidentemente fuera. Y ese primer ejercicio consiste en "recuerdo...". Diez recuerdos de nuestra vida, esos los pondré mañana por aquí, de momento traigo estos que son recuerdos más extensos y los he descartado para ese ejercicio.
 
Me acuerdo...

- Mis padres eran profesores, mi madre tutora de 1º de EGB, yo tenía 4 años, y hasta que empecé 1º mi madre me tenía en clase, como alternativa perfecta a una guardería. Me sentaba en un pupitre al lado de su mesa. En las fiestas del colegio se celebraban carreras, una de ellas era para los alumnos  más pequeños y yo participé. Recuerdo un patio enorme al que teníamos que dar una vuelta, Una ingente multitud mirándonos y en la línea de salida todos apiñados, con los niños que me llevaban dos años. Se dio la salida y empecé a correr con todas mis fuerzas, sin medida, de repente estaba sólo, escuchaba a la gente como me animaba, y así llegué a la meta. Llegué el primero, y no me lo podía creer. Me dieron una medalla de "oro", con un trozo de tela diminuto, hecho para el cuello de un niño pequeño. Y hasta hace bien poco seguía colgada de unos de los cuadros de mi habitación.
 
- En 8º de EGB hubo una epidemia de  escayolados. Nos llegábamos a juntar dos o tres a la vez en clase. Como el aula estaba en el tercer piso, para no bajar las escaleras, no bajábamos al patio en los recreos. Esa media hora nos dedicábamos a hacer mil y una trastadas. Poníamos en la parte superior de la puerta, que era muy alta, la papelera para que le cayera encima la primero que pasara. En una ocasión cambiamos la papelera por una bolsa de deporte que encontramos entre los pupitres. Cuando llegó el primero que subía del recreo, como era habitual le cayó en la cabeza, para regocijo de los que lo habíamos maquinado y de los otros compañeros que habían sido más lentos al subir. La reacción de nuestra víctima fue coger la bolsa de deporte y tirarla por la ventana. La bolsa precipitándose desde un tercer piso fue vista por un hermano de La Salle, que la cogió y subió rápidamente al aula desde donde se había arrojado, la nuestra. Preguntó quién había sido, y Paco, que así se llamaba el lanzador, levantó la mano. Lo mando acercarse a la pizarra, se colocó delante de él, y sujetándole una mejilla con la mano, en la otra le descargó un terrible y sonoro sopapo que nos dejó a todos con la piel de gallina. Mis cómplices y yo nos miramos de soslayo, pues sabíamos que éramos los autores, si no materiales, sí intelectuales de aquel tremendo tortazo.

-Que iba a pescar al pantano con un amigo, íbamos en bicicleta, o en moto, o alguna vez (las menos), el padre de otro tercer amigo nos llevaba en su coche. Era un pantano en el que alguna vez se había ahogado alguna persona, y siempre la recomendación de mi madre era la de que no nos metiéramos dentro del agua de ninguna manera. Un día en el que estrenaba una caña de pescar, comprada, con el esfuerzo titánico de ahorrar mi exigua paga paterna. La coloqué en el soporte de hierro que permite apoyarla en el suelo , pero olvidé quitar el freno del carrete, me despisté, picó una carpa enorme y la arrancó del soporte. Veía con estupor como iba a toda velocidad hacia en centro del pantano. Me acordé de la recomendación de mi madre y titubeé un poco, pero conforme se iba alejando, la recomendación de mi madre me llegaba más amortiguada, cuando dejé de oírla, me quité las zapatillas y la camiseta y me tiré en plancha a las frías aguas del pantano. Me llevó un rato alcanzarla, pero al sacarla del agua la recompensa venía al final del hilo, con forma de un magnifico ejemplar de carpa.
 
- Un día de los últimos de agosto, un día desapacible, ventoso, en un pueblo de la sierra de Segovia, daba la sensación de que ese día no pertenecía a ese verano, como que no era su sitio, como que alguien se hubiera cabreado. Mientras recogíamos nuestro campamento destrozado, el aire nos flagelaba sin misericordia. El viaje de vuelta fue duro. Estábamos cansados y desganados, se nos quitaron las ganas de volver allí, la carretera parecía que nos acercaba a un abismo. No se porque, no me lo podía explicar, pero me sentía atenazado, angustiado, como con una opresión en el pecho. A los dos días, me llamaron mis padres, para contarme que ese día, ese mismo día que no encajaba en el verano, con ese aire enloquecedor en sierra Segoviana; en Teruel, un amigo mío se quitaba la vida.


Pensaba que los recuerdos surgirían a borbotones, pero realmente hay periodos de mi vida en los que apenas recuerdo nada. Hay etapas en las que me asomo a un lienzo en blanco. Es en estos momentos cuando me alegro de llevar un diario y poder rescatar esos recuerdo. Quizás, para como decía Sergio ayer reconstruirlos o decosntruirlo, ya partiendo de una dudosa objetividad, que es la mirada y la sensación subjetiva personal cuando me sucedía todo aquello y cuando lo escribía.
El diario a veces ha hecho de tabla de náufrago, pero evidentemente, no es esa su función, más bien es, o se ha convertido en un testigo mudo de mis pensamientos, en ocasiones contradictorios, en ocasiones incendiarios y en ocasiones suaves y conscientes de mi historia personal.

Lo que me ha traído 2025

 Cada comienzo de año, traigo por el blog, las frases y pensamientos que me han acompañado este pasado año y que por un motivo o por otro me...