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viernes, 7 de junio de 2019

La velocidad de los jardines.



Hace dos días releí "La velocidad de los jardines", un cuento extraordinario de Eloy Tizón. Un relato que cada vez que lo lees te lleva en volandas a tu propia clase de 3º de Bup, "La primera frontera", en el que había que elegir el camino de las letras o las ciencias.
 
Muchos dijeron que cuando pasamos al tercer curso terminó la diversión. Cumplimos dieciséis, diecisiete años y todo adquirió una velocidad inquietante. Ciencias o letras fue la primera aduana, el paso fronterizo que separaba a los amigos como viajeros cambiando de tren con sus bultos entre la nieve y los celadores. Las aulas se disgregaban. Javier Luendo Martínez se separó de Ana Mª Cuesta y Richi Hurtado dejó de tratarse con las gemelas Estévez y Ana Mª Paz Morago abandonó a su novio y la beca, por este orden, y Christian Cruz fue expulsado de la escuela por arrojarle al profesor de Laboratorio un frasco con un feto embalsamado."
 
Cada vez que lo leo es como si me transportara en una máquina del tiempo y volviera a sentarme en aquellos pupitres, mirara por aquellas ventanas y atravesara el patio lleno de bullicio y hormonas adolescentes.
 
"Los primeros días de primavera contienen un aire alucinante, increíble, un olor que procede de no se sabe dónde. Este efecto es agrandado por la visión inicial de las ropas veraniegas (los abrigos ahorcados en el armario hasta otro año), las alumnas de brazos desnudos transportando en sus carpetas reinados y decapitaciones. Entrábamos a la escuela atravesando un gran patio de cemento rojo con las áreas de baloncesto delimitadas en blanco, un árbol escuchimizado nos bendecía, trotábamos por la doble escalinata apremiados por el jefe de estudio –el jefe de estudio consistía en un bigote rubio que más que nada imprecaba–, cuando el timbrazo de la hora daba el pistoletazo de salida para la carrera diaria de sabiduría y ciencia. "
 
Yo también tuve que abandonar el colegio precipitadamente por un aviso de bomba, curiosamente cuando teníamos algún final de matemáticas o similar.
 
"Luego nos enteramos que sí, que el Renacimiento había enterrado la concepción medieval del universo. Fíjate si no en Galileo, qué avance. Resultaba que nada era tan sencillo, hubo que desalojar dos veces el colegio por amenaza de bomba. Los pasillos desaguaban centenares de estudiantes excitados con la idea de la bomba y los textos por el aire, las señoritas se retorcían las manos histéricamente solicitando mucha calma y sólo se veía a don Amadeo, el director, fumando con placidez en el descansillo y como al margen de todo y abstraído con su úlcera y el medio año de vida que le habían diagnosticado ayer mismo: hasta dentro de dos horas no volvemos por si acaso."
 
La luz, esa luz de la primavera de nuestra adolescencia..
 
"Pero volvamos al aire y la luz de la primavera, que deberían ser los únicos protagonistas. Se trataba de una luz incomprensible. Siendo así que la adolescencia consiste en ese aire que no es posible explicarse. Podría escribirse en esa luz (ya que no es posible escribir sobre esa luz), conseguir que la suave carne de pomelo de esa luz quedase inscrita, en cierto modo «pensada». Aún está por ver si se puede, si yo puedo. La luz explicaría las gafas de don Amadeo y el tirante caído de la telefonista un martes de aquel año, la luz lo explica todo. Ahora que me acuerdo hubo cierto revuelo con el romance entre Maribel Sanz y César Roldán (delegado). "
 
Nuestro despertar a la vida, los grandes acontecimientos en nuestros universos mínimos y finitos.
Las nostalgia o el hartazgo de los compañeros, a los que al final, algunos años después de abandonar el colegio echabas de menos, con sus vidas, sus manías, sus crueldades.
 
"No he vuelto a ver a ninguno. Tercero de letras no existe. He oído decir que las gemelas Estévez trabajan de recepcionistas en una empresa de microordenadores. ¿Por qué la vida es tan chapucera? Daría cualquier cosa por saber qué ha sido de Christian Cruz o de Mercedes Cifuentes. Adónde han ido a parar tantos rostros recién levantados que vi durante un año, dónde están todos esos brazos y piernas ya antiguos que se movían en el patio de cemento rojo del colegio, braceando entre el polen. Los quiero a todos. Pensaba que me eran indiferentes o los odiaba cuando los tenía enfrente a todas horas y ahora resulta que me hacen mucha falta."
 
Hoy veo esas sensaciones en la cara de mi hijo Santiago y en la de Javier. Como transcurren por las mismas sendas, tan parecidas y tan distintas. Estoy convencido que si dentro de diez años leyeran este relato, ellos mismos se trasladarían a sus patios, a sus amigos, sus profesores, sus mitos y sus aventuras. Cuando serán ellos conscientes de la velocidad que cogen sus vidas, de aquella: "La bici de mi niñez que se fue quedando sin frenos".
Estoy preparando una entrada, que duerme el sueño de los justos desde hace mese, titulada: "Las máquinas del tiempo", sin duda este relato es unos de esos ingenios que te trasladan a un lugar pretérito.
Algún día, me gustaría ser capaz de escribir de esta manera, con esa capacidad de emocionar, de involucrar, de identificar.
 

 
 
Tuve la suerte de estar en la presentación que Eloy y Sergio del Molino hicieron en Zaragoza de la reedición de ese libro mítico de relatos. Veis esta foto, yo estuve allí.
 

miércoles, 25 de abril de 2018

El hombre más viejo del mundo.


 

El hombre más viejo del mundo

  Era verano, era el tiempo de la subienda de los peces, y hacía una incontable

cantidad de veranos que don Francisco Barriosnuevo estaba allí.

   —Él es un comeaños —dijo la vecina—. Más viejo que las tortugas.

La vecina raspaba a cuchillo las escamas de un pescado, las moscas se


restregaban las patas ante el banquete y don Francisco bebía un jugo de guay aba.

Gustavo Tatis, que había venido de lejos, le hacía preguntas al oído.

Mundo quieto, aire quieto. En el pueblo de Majagual, un caserío perdido en

los pantanos, todos los demás estaban durmiendo la siesta.

Gustavo le preguntó por su primer amor. Tuvo que repetir la pregunta varias

veces, primer amor, primer amor, PRIMER AMOR. El matusalén se empujaba
la oreja con la mano:

—¿Cómo? ¿Cómo dice?

Y por fin: Ah, sí.

Balanceándose en la mecedora, frunció las cejas, cerró los ojos:

 —Mi primer amor…

 Gustavo esperó. Esperó mientras viajaba la memoria, gastado barquito, y la

memoria tropezaba, se hundía, se perdía. Era una navegación de mucho más de

un siglo, y en las aguas de la memoria había mucha niebla. Don Francisco iba en

busca de su primera vez, la cara contraída, estrujada por mil surcos; y Gustavo

miró para otro lado y esperó.

Y por fin don Francisco murmuró, casi en secreto: Isabel. Y clavó en la tierra

su bastón de cañabrava, y apoy ado en el bastón se alzó de su asiento, se irguió

como gallo y aulló:

—¡Isabeeeeeeeel!  
 
Eduardo Galeano.




 

miércoles, 1 de noviembre de 2017

El romancero


 
El romancero

Todos los años, con la llegada del buen tiempo, el pueblo celebraba sus fiestas de primavera, en honor a un santo que nunca paseó por aquellas calles, ni bebió de sus mismas fuentes, pero por no se que extraña razón, su destino aparecía enredado en aquella villa y sus festejos anuales, romería incluida. Santa tradición de una aldea montañesa que se sacudía el olvido y  el abandono engalanando sus calles y vistiéndose de fiesta.
Con el deshielo y con motivo de esas fechas señaladas, los caminos volvían a acoger a caminantes, buhoneros, mercaderes y hasta feriantes. Pero si había alguna cosa que esperaban, tanto chicos como grandes, era a aquel hombre, que cada año y ya nadie recordaba desde cuando; llegaba a sus calles para contarles historias de reyes y princesas, de caballeros y aventuras, dragones y brujas, de tierras lejanas en las que el sol no se ponía jamás y de mares inhóspitos y llenos de peligros que se tragaban barcos y marineros sin contemplación.
Le llamaban de muchas maneras, pues ninguno conocía su nombre verdadero: cuentacuentos, el señor de las historias, fabulista, romancero... Dormía en las eras y comía de lo que desde las casas le daban, que no era poco, de tal modo que llenaba su zurrón tanto, que parecía que iba a estallar por las costuras. No sabían de dónde era, de la zona seguro que no, hablaba sin acento del lugar, ni tenía dejes que revelaran su cuna. Su rostro cetrino, ajado por el sol y el polvo de los caminos, la edad, avanzada, un poco encorvado, pudiera decirse que incluso ya anciano. Sin embargo su figura era querida y apreciada y su llegada era motivo de alegría para todo los lugareños. Acabadas las fiestas, a los pocos días, sin que nadie se diera cuenta, igual que había llegado, desaparecía. Todos suponían que a recorrer nuevos caminos, contar nuevas historias y conocer otras, a cargar su zurrón de nuevas vivencias, mientras en el pueblo volverían a su día a día y a ganarse la vida, a costa de dejarse la suya propia, en las duras jornadas de sol a sol que les imponía la montaña.
Las noches que estaba en el pueblo, buscaba un lugar cercano a la hoguera de la plaza y con voz pausada pero grave, iba desgranando vidas y hechos, trayendo a aquel pueblo del Pirineo imágenes y sonidos de lugares lejanos y remotos. Unos días deleitaba a mayores y hablaba de cosas rotundas y complejas y otras veces a los pequeños, con peripecias divertidas y cercanas, o hacía soñar a las casaderas con amores esforzados e imposibles. Los habitantes escuchaban las narraciones sin pestañear, mientras de fondo crepitaba el fuego y las brasas bailaban ante sus ojos. Viajaban sin mover los pies, soñaban sin dormir, vivían vidas que nunca habrían imaginado, sufrían, lloraban o reían según tocara y cuando el viejo acababa, notaban latir su corazón con el poso de lo escuchado y se acostaban sabiéndose un poco más sabios, un poco más vivos.
 
©Jesús J. Jambrina 
 

viernes, 4 de agosto de 2017

LA MANO

 


Aquí viene, espero que sea mejor que las de la ronda anterior. Menuda noche, no me la merezco. Sentada que llevo, ya más de cuatro horas, tengo el culo carpeta, ya no me concentro en el juego, me he ido definitivamente. Vaya macarra el de enfrente, con sus gafas de sol y los cascos, se ha blindado la jeta, lo que no ha hecho, es atarse el meñique de la mano derecha, que le tiembla cuando pilla buenas cartas. Estar en la mesa final con otros diez tiburones es lo que tiene, que pasas horas eliminando a peña. Por un momento pensaba que me daban puerta, me he arriesgado, pero me ha salido bien, hay que dejar un pequeño porcentaje a la suerte, no todo va a ser matemáticas, eso se lo dejo al calculín de mi derecha, que sólo juega cuando tiene claro muy claro que la estadística está a su favor. Ahí viene la otra carta. Cómo está la croupier. ¿Tendrá novio? Igual le tiro la caña si la noche se da bien. Tan seria, tan formal, vaya morbo que tiene. Que te pierdes Juan, que te pierdes, al juego, mira las putas cartas. Vaya, American Airlines, AA, una bomba en mi mano y hablo el último, todos se tienen que retratar antes que yo, lo tengo a huevo, se me ha puesto de cara. Tranquilidad, nada de tics, nada de fruncir las cejas, ni los pies contentos, quieto parao, una estatua, una puta estatua de sal. Como que no va contigo. El veterano pasa, bien. El mazas también, vaya a ver si ahora no voy a pillar a ninguno. Espera, la rubia se lanza, dobla las ciegas. Valiente la tía y no lo hace mal, perfecto, tiene un buen montón de fichas, todas para mí. El gordito con los granos en la cara le sigue, se pone bien la cosa, el de las gafas se tira. Joer, mira que si levanto a tres del tirón, se me ponen la cosas de maravilla y el ganador se lleva una pasta, ya con llegar aquí es un pico, pero cada uno que me quite, son veinte mil más del ala que me caen. El guiri se tira también, se queda la señora del pelo cardado, ha estado cacareando todo el rato y ahora se ha callado como por arte de magia, está barajando sus posibilidades, la tengo calada. El chaval del chándal dobla lo de la rubia, nos está metiendo miedo. Calculín no se lo piensa y sale por patas. Se le ha gripado la calculadora, bueno me toca. Voy a hacer como que dudo, miro a un lado, a otro, soplo. Pausa dramática y entre dientes, bueno, lo veo. Jajaja, ya lo oigo, la alfombra roja y una voz en off: ...and the oscar goes to: el puto amo. Igualan todos la jugada, el bote se va engordando. Venga esa croupier macizorra, esas cartas al tapete. Un dos de corazones, un siete de picas y otro as. ¡Toma! Chisssss, quieto, pies quietos, disimula compañero, disimula, un estatua, concentración, céntrate, no pienses en el premio, no pienses en la pasta, no pienses, punto. Si me meto en los seis primeros me aseguro patrocinadores, una pasta para poder pasar el año, independizarme y devolver a mis viejos el dinero que me han prestado. Dejar la carrera de matemáticas ha sido chingo de explicar, no lo han entendido mis padres y menos con las notazas que llevaba, pero aún así me han apoyado, han confiado en mí y lo más importante, han pagado los cinco mil euros que valía la inscripción. Eres bueno con las mates, estudia mates te irá bien, coñazo de mates, esto sí, ¡esto sí! La rubia se tira a la piscina, dobla, mal jugado, muy mal, el gordito se tira, a pesar de lo evidente. Es un sopazas, para que te metes antes, que mala es la curiosidad, qué mala. Pero oye el que no es curioso no aprende, pero claro, aquí te cuesta un dineral. No pienses, joder, no pienses, concéntrate. Habla la cacatúa, la iguala, el del chándal va con todo, está desaforado, se toca la oreja, como las otras veces que lo he visto cuando va de farol. Me lo han puesto a huevo. ALL IN!

©Jesús J. Jambrina 
 

jueves, 3 de agosto de 2017

Mis lecturas de finales de julio 2017.


Mi primera entrada de agosto,  para hablar de mis lecturas de este último tramo del mes de julio. Ya casi a un pasito de mis vacaciones estivales; donde siempre es un objetivo la lectura.
 
 
El primer libro fue "Siempre nos quedará la Antártida", de Mario Ornat. La contraportada del libro, publicado por la editorial Anorak Ediciones, reza así: “en las habitaciones enmoquetadas de Siempre nos quedará la Antártida se bebe té pero también Guinness, suenan Wilco, Shane MacGowan y Damien Jurado e incluso vuelven a la vida los puños de Muangsurin y Perico. Este libro recoge una selección de los textos más personales que el periodista Mario Ornat destiló, cada noche, en su blog Somniloquios. Hay guiños al cine en blanco y negro, a Marilyn, al rugby, a Cortázar, a los sueños vividos y a los que vendrán, a las lecciones que solo te enseña el tiempo”.
Este libro lo adquirí en la Feria del libro de Teruel, tuve el placer de conocer a su autor, conocido periodista deportivo de la capital del Ebro y entusiasta hasta el fanatismo del rugby. El perfil me parecía interesante, así que me hice con su obra. Efectivamente es una recopilación de entradas de blog, bien escritas, intimistas, personales y con alguna que otra anécdota curiosa, como la de Miguel Pardeza. Tienes  la sensación en algún momento, de asomarte por una ventanita a la intimidad y el patio trasero de su autor, a sus miedos, pensamientos, cuitas, retos y preocupaciones, claro, lo que viene siento el temario de un blog personal, lo que me ha producido cierta incomodidad, me sentía un poco intruso. Entretenido, sin más.
 
 
 
El siguiente libro ha sido "Principiantes" de Raymond Carver, uno de los grandes cuentistas del siglo XX. Alguno de sus "hagiógrafos" lo compara con Chéjov.  Y lamentan profundamente su temprana muerte (a los cincuenta años), pues era una gran promesa de la letras estadounidenses. Desde luego bebe del mismo estilo del cuentista ruso.
Este libro de relatos, tiene su propia historia, pues "Principiantes", es la recopilación de trece relatos de Carver, que ya se publicaron en su día titulados: "De que hablamos cuando hablamos de amor" (la originalidad de Murakami en entredicho, ¡ay señor!), donde su editor, Gordon Lish, reescribió, o hizo reescribir a Carver los finales y recortó los relatos, con la máxima "menos es más" Esa publicación fue un auténtico éxito y Caver fue considerado el paradigma del "minimalismo" y "el realismo sucio". Alguno que ha leído ambos dice que se queda con el de Lish de largo.
Como yo no he leído la versión "minimalista", he disfrutado de "Principiantes", me ha encantado, he disfrutado del estilo narrativo de estos cuentos y he aprendido como escritor en ciernes. Ahora me queda más claro como trasladar el universo chejoviano a la actualidad. La segunda derivada, sería leerme el de Lish y hacerme mi propia composición de lugar.
Como curiosidad y debido a la pequeña inmersión para conocer a este "oregonés", descubrí un relato suyo sobre la muerte de Chejov, "tres rosas amarillas", que es realmente delicioso, lo podéis leer aquí.
 
 
 
Para finalizar, "Los soñadores", de Roberto Malo, amigo y de la casa. Un libro pequeñito con relatos de sueños y gente que sueña, la débil línea entre lo onírico y lo real. Algunos se los había oído contar directamente a él, con todo el saber hacer y el vibrante estilo de "cuenta cuentos", que le caracteriza. Lectura liviana e ideal para una tarde playera.
 

martes, 25 de julio de 2017

Vaya movida tronco.



Vaya movida.
 
 Joer tronco vaya movida. Vaya movida.
Buah tío, de esta directo al talego. La vieja se va a poner loca. Puta vieja.
Pero yo aquí controlo. Controlo tíos, el que se mueva me lo cargo. Sí tío, le meto dos tiros y me quedo tan ancho. ¡Qué se jodan! Ellos si que son unos ladrones. Míralos tan arregladitos, tan perfumados, tan estupendos. Putos ladrones. Puta vieja. Putos maderos.
Uahhhh tronco, que bien estaría ahora con una birritas en el parque, unos porritos, con el Jhonan, los coleguitas, al solecito. Echando unas risas.
Muertos tío, están todos muertos, el Jhonan, el Charli, el Petas, todos muertos. Me cago en mi vida, putos muertos. Puto caballo. Puto, puto caballo.
Mira al tronco ese, está acojonado, que te meto, tío mierdas. Jajaja, vaya payaso. Que si estás rodeado, que nos entregues a los rehenes y tal. Ja! Y una mierda. De aquí no sale ni Dios.
Colega estoy hecho un escombro, casi no me quedan piños, pero por mis huevos que salgo de aquí con toda la pasta. Si esto sale bien voy a cambiar, me desintoxico y le doy una alegría a la vieja. Ya paso de rollos chungos.
Vaya movida tronco. Si lo mío es dar palos a las viejas, a que me meto yo en esta movida. Pa que me meto.
Joeerrr tronco, por la justicia social, uno tiene sus principios, ya está bien de joder a las viejas, démosle caña al capital. Al puto capital. Putos maderos. Putas viejas. Putos ladrones.
Se me está haciendo largo. Tengo sudores, escalofríos, temblores, me tengo que meter algo. Pero estos mierdas no tendrán de nada, tan arregladitos, tan repeinados. Claro que luego serán todos unos viciosos, y se meterán de todo, o le darán a la priva o le pondrán los cuernos a la mujer con la golfa de la cajera. Porque mira como está la cajera. Está tooo buenorra. Joer tiene un par de empujones. Yo si tuviera mujer también se la daría con ésta. Vaya muslazos que tiene y mira que minifalda me lleva. Si pasamos mucho rato aquí igual me la hago. Seguro que le pongo yo más que ese gordinflón del traje. Parece que vaya a reventar. Los piños le brillan, pero está como un auténtico tocino. Vaya traje me gasta, debe ganar una pasta gansa, pasta por un tubo, pastizal, ¡qué cabrón! A base de robarnos a todo el barrio, puto cabrón, puto capital. Putos ladrones.
Y al final vaya día de mierda. Como se ha liado la cosa. Si sólo quería la pasta que había a mano, me valía un poco para pillar algo. Y se ha montado una como en las películas. Joer, igual salgo en la tele. Las vecinas le dirán a la vieja, hemos visto a tu chaval. Oye salir en la tele, mola, mola un huevo, igual me llueven las pibitas cuando salga de aquí. Ey nenas que salgo en la tele. Tronco igual me hago famoso, como el Paquirri y si me meten en la trena me hago el puto amo. ¡El puto amo! Passsa troncos, que salgo en la tele.
Paso de esta movida. Paso de que me peguen un tiro. Igual me entrego y a tomar por culo todo, no se está tan mal en el talego, comida caliente todos los días, algunos viejos conocidos, igual con suerte me paso unos meses con todos los gastos pagados. Aunque si me cargo a alguno de estos cabrones me pego varios años, varios años con la vida solucionada, sin tener que buscarme la vida y además si le pego un tiro a un banquero, en la trena voy a ser un puto héroe.
Putos banqueros!! Voy a ser un puto héroe. Un puto héroe...
 
 
 ©Jesús J. Jambrina 
 
 

jueves, 11 de mayo de 2017

Fragmento del relato: La nota



La nota (fragmento)


Hace un tiempo, el mundo de los adultos me resultaba extraño y ajeno. Vivía una realidad, donde mis límites estaban perfectamente marcados, rodeado de cajas de metal, de colores llamativos, que encerraban enormes tesoros, o de tambores de cartón en cuyo vientre latían los más valientes ejércitos de soldados de plástico, esas eran mis fronteras. Era un mundo de espadachines, vaqueros, airgamboys y "cliks" de famobil, de muñecos articulados, tardes de pan con chocolate y pequeñas aventuras.

Vivíamos en una ciudad pequeña y la calle era casi una extensión de nuestro hogar. Todos se conocían y eso nos permitía tener una independencia que en otro lugar no hubiera sido posible. Esa libertad estaba controlada por nuestras madres, que sabían desde donde tenían que gritar nuestro nombre, para que dejáramos de jugar a polis y cacos y nos dirigiéramos sin tardanza a nuestra casa a bañarnos, o cenar en el mejor de los casos. Esa movilidad también tenía su precio, pues en muchas ocasiones ejercíamos de recaderos o mensajeros del Zar, haciendo pequeñas compras, el pan, la leche, el aceite o llevando breves misivas de aquí para allá.

Las madres eran omnipresentes en nuestras vidas. Elegían la ropa que teníamos que ponernos por las mañanas. Tenían la capacidad de elegir siempre lo que más picaba, lo que menos nos gustaba o lo menos funcional, petos de cuadros con perneras campana, jerseys de lana con cuello cisne, que eran morir en vida o trencas cerradas con colmillos de sabe Dios que animal prehistórico. Nos indicaban lo que debíamos vestir, decir, comer, hacer y hasta pensar. Las madres todo lo controlaban, podían con todo y su presencia eclipsaba a la de nuestros padres, que pasaban el día fuera de casa, haciendo lo que hacen los mayores, trabajar y esas cosas.
...
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©Jesús J. Jambrina  

sábado, 18 de marzo de 2017

Muñecos.


 
Muñecos.

            Nunca me gustó romper muñecos. A eso empecé algo más tarde.

            Mi adolescencia no fue ni mejor ni peor que otras y no tuve unos padres ausentes ni excesivamente controladores Actitudes que justificarían desviarme por exceso o defecto, de los caminos que me marcaban los frailes. Lo que si tuve es una tremenda curiosidad, una gran capacidad de aprender y muchas oportunidades de pasear por caminos paralelos a los recomendados.

Aprendí a besar y fumar, antes que muchos otros. Escuchaba discos en la bolera o en casa de amigos, y rondábamos siempre los límites de lo que nos permitían nuestros mayores. Siempre con poco dinero, fruto de pagas exiguas y rácanas más orientadas a comprar chicles y pipas que cerveza y vino rancio. Pero la imaginación además de hacernos grandes generales, astronautas o futbolista, también nos daba el desparpajo necesario, para echarnos a la calle, a machacar canciones de las que escuchábamos en los tocadiscos de los hermanos mayores de otros, o en las jornadas interminables de billar.

Con un par de guitarras empezamos tocando en algún bar y poco después empezó a llegar el dinero haciendo bolos por pueblos, por festivales y salas de fiesta. Nos animamos a grabar una maqueta de nuestras versiones e incluso me atreví a componer una canción de nuestras correrías. Después vinieron algunas más y los primeros éxitos.

Es entonces cuando le cogí el gusto a romper muñecos. Me convertí en un déspota cruel. Sentía un extraño placer haciendo daño a los demás. Como aquella noche después de una actuación en que estampé un vaso de tubo en la cara del batería, porque se adelantaba a mi entrada. Así rompí nuestro incipiente grupo, la relación con el manager, discográficas y lo que al final más me dolió: rompí a aquella chica que lo dejó todo para estar conmigo y con la que compartí, sin duda, los dos mejores años de mi vida.

En una de aquellas tardes de furia, la dejé deslavazada a mis pies, diciendo todo lo que nadie le debería decir a otro nadie. Era un ser despreciable que había llegado al paroxismo. Todo el mundo me había abandonado, fue la última en hacerlo, pero  al final convivir con un monstruo no es fácil y no le quedó otro remedio, llevando en su entraña el fruto de aquellos destellos de amor.

Así comencé mi andadura en solitario, viajé, toqué en todo tipo de sitios y aprendí que romper cosas y gente no trae nada bueno. Cuando nació mi hija  estaba muy lejos de ella aún estando en la misma ciudad. No quise sabe nada, ni me hubiera dejado su madre. Pero cuando mi vida se empezó a cubrir de polvo y canas, me acordé que una parte de mi, estaba por este mundo. La busqué y el que busca halla, y así supe de su vida, de sus amores, de su trabajo y de su hijo.

Todas las tardes me sentaba delante de aquella terraza por donde sabía que pasarían e incluso algunos días ella tomaba allí un café o una cerveza. Tocaba de manera intencionadamente distraída, ellos no sabían quién era yo. El pequeño tenía buen oído y se acercaba a escuchar las melodías que salían de las cuerdas de mi guitarra. Estaba decidido a volver a cuidar de mis muñecos.

©Jesús J. Jambrina  

 

lunes, 13 de marzo de 2017

Regreso al pueblo.



Regreso al pueblo.

           Las espigas bien granadas se mecían con la leve brisa de una tarde de julio. Los campos, dorados hasta donde alcanza la vista. No en vano la llaman la tierra del pan y el vino.
De nuevo había brazos para trabajar el campo y éste, después de años en barbecho, era agradecido.
Hacía tiempo que no volvía por allí. De hecho, maldita la gracia volver, la última, vez pensaba que no habría otra.
Apenas a tres kilómetros de la capital, había decidido acercarme andando.
El pueblo estaba como siempre, las casas arracimadas entorno a la carretera, sencillas, pequeñas, con las ventanas diminutas y la llanura que las hacía parecer aún más insignificantes.
Recostado en la puerta de una de las primeras, pude distinguir a un viejo conocido. Recorrí los pocos pasos que nos separaban.
—Hola Marcial
—Vaya Julián ¡Cuánto tiempo!
—Ya ves, de vuelta a casa, bueno, si no tenéis inconveniente.—Aquello no le cayó bien, pude ver la reacción de su rostro.
—¡Pero hombre, cómo dices eso! Tu casa es, tus tierras, tus hermanos, tu pueblo.
—No parecía que os alegrarais tanto la  última vez que estuve aquí, con el ejército rojo vencido y desarmado apenas unos días antes—Vi como el rubor subía a sus mejillas.
—Eso fue cosa de los señoritos de la capital, de gente de fuera. Tu nombre estaba entre unos papeles del ayuntamiento.
—¿Y qué hacían allí esos papeles, que necesidad había de que aparecieran? Además apuntados, apuntados estábamos muchos, tú también. Era, y lo sabes bien, la relación del sindicato agrario. Alguien les diría donde tenían que buscar y a quién buscarle las cosquillas.
—Eran días complejos. Esas cuadrillas de camisas azules hacían y deshacían a su antojo, eran los amos de la situación.
—La inscripción nos daba derecho a un saco de trigo. Ya ves tú que delito, un saco de trigo. Las semillas de la cosecha del año.
—Sí Julián, pero los falangistas andaban detrás de esas listas, de los afiliados al sindicato.
—Pero la guerra había terminado—Dije indignado.
—Sí, pero para algunos apenas había empezado. Hicimos lo que pudimos. El mal rato lo pasaste, pero estás aquí. Alguno colaboró con ellos, pero otros, como el alcalde, o como yo,  intercedimos y conseguimos que nadie se fuera en esos camiones. ¿Cuántos no se fueron con ellos y en otros pueblos acabaron en las tapias de los cementerios o en las cunetas de los caminos apartados? Pero eso no pasó aquí ese día.
—¡Pero yo hice la guerra entera! Hice su guerra. Me llamaron a su ejército y me la comí enterita. Me bombardearon, me dispararon, pasé hambre, sed, frío y sobre todo, sobre todo miedo, mucho miedo. Pensaba muchas veces que no íbamos a quedar ninguno. Mientras ellos estaban en la retaguardia, buscando sus listas, sus inquinas, sus intereses.
—Sí eso también. Alguno ha hecho fortuna con este tipo de cosas. ¿Para quién te crees que iban los bienes, de los que no tenían la suerte de bajarse del camión como hiciste tú?
—Sí claro, la culpa los de fuera. O como decíamos en las trincheras, la culpa es del muerto. Lo curioso es que mis tierras no lindan con nadie de fuera, si no con gente de aquí. Curiosamente, Marcial, la mayoría con las tuyas.—Y al decir esto no pude evitar que la bilis me subiera a la boca—Pero yo hice la guerra con su bando, me han ascendido, me han condecorado, he luchado y he dado lo mejor, no porque pensara como ellos, sino porque había que seguir vivo, y para eso había que hacer las cosas bien. Y así un año, y otro y otro, hasta que ganaron esta maldita guerra. Y volví a mi casa con la tranquilidad de haber cumplido. Pero me estaban esperando, me estaban esperando para matarme, por haber hecho también lo correcto cuando trabajaba de sol a sol.
      Ya no me miraba, había ido achicándose con cada una de mis palabras. No apartaba la vista del revolver plateado que llevaba al cinto y estoy convencido que pensaba que estaba viviendo sus últimas horas.
       Apenas se atrevió a balbucear—Conseguimos que no saliera el camión y que os soltaran a todos.
—No temas, no he venido mas que a dos cosas. A despedirme de mis hermanos. Me he quedado en el ejército y me voy a Ceuta por una buena temporada. Y a decirte que no te lo tengo en cuenta. Al fin y al cabo fue cuestión de suerte, verdad. Suerte de coincidir bajo aquella lona con el hermano del alcalde. O te crees que no fui capaz de reconocerle. Así que poco mérito tienes tú en eso, pero lo dicho, sin rencores, con Dios Marcial.
 ©Jesús J. Jambrina 
 

jueves, 16 de junio de 2016

La muchacha de la mirada triste.


Como 2º trabajo del taller de escritura, nos han mandado hacer un relato de una página, tema libre pero con "in media res".  Donde con una "analepsis", tendremos que completar es acción que hemos empezado " a medias". Por aquí traigo ese relato:


La muchacha de la mirada triste.


Allí estábamos, en una cafetería tranquila. El uno frente al otro. Un sitio tranquilo, para hablar, me había dicho, un eufemismo que quería decir realmente,  date por jodido, algo va a cambiar y no te va a gustar. 

Ella apenas me sostenía la mirada y yo, no sabía si sería capaz de sostener las palabras, que de un momento a otro me temía que iban a caer sobre mí.

Recordaba perfectamente la primera vez que la vi. Me crucé con su mirada, una mirada triste. Una mirada diferente de la de las chicas de su edad, había un trasfondo de nostalgia, un velo gris, se intuía una pesada carga. Desde el primer momento quise compartirla, y hacérsela más liviana. Me enamoré perdidamente de esa profundidad, de ese abismo, de esta tristeza, de ese misterio. Me hice el firme propósito que yo le arrancaría esa tristeza de los ojos y que compartiría con ella sus secretos y sus cargas.

Recuerdo, como no hacerlo, la primera vez que hicimos el amor, me abrazaba fuerte, muy fuerte, como el náufrago se aferra a su tabla en mitad del océano, y yo me sentía como un faro en mitad de sus tempestades. Los primeros meses la mirada triste estaba allí irremediablemente, todas las noches y todas las mañanas que amanecíamos juntos, pero se atisbaba también una luz, que se iba abriendo paso entre esos tonos grises.

Pero estos dos últimos meses, ese abrazo fue aflojándose y esa luz, menguando. El silencio y el frío, se instalaban en nuestros encuentros. Ahora era yo el que se aferraba a esa mirada triste, desesperanzada. Tenía la certeza que mientras estuviera allí, nada cambiaría, la luz se apagaba, pero mi amor, enganchado y enredado en esa mirada, sería eterno.

‒Estas diciendo de verdad que me dejas. Mírame a los ojos y dímelo.‒ Y cuando la miré, me di cuenta, allí ya no estaba su mirada, esa mirada triste. Apenas la reconocía, como si estuviera viendo realmente a otra persona. Sus ojos tenía un brillo que hasta ahora no había visto nunca. Titilaban ilusionados, esperanzados, seguros de que lo mejor estaba a punto de llegar. Lo comprendí al instante, la había perdido, ya no tenía sentido seguir juntos. Sus tempestades habían desaparecido y en un mar en calma no era yo su compañero ideal.

Me giré para evitar que viera como se desbordaban de lágrimas mis ojos y entonces la vi. Allí estaba. Reflejada en el cristal. El reflejo era el mío y la volví a ver, ahí estaba, instalada en mis retinas, esa mirada, esa mirada triste.

 ©Jesús J. Jambrina


martes, 3 de mayo de 2016

Tristeza.


 
Hay días, sí, esos días, en los que vas a tu guardarropa y no encuentras otra cosa que ponerte que tristeza.
Buscas en la cómoda del dormitorio, rebuscas entre los cajones y sólo encuentras más tristeza.
Miras por la ventana y sólo ves un desolado paisaje, un zumo ocre que cubre los tejados y los árboles.
Los pájaros emigran a lugares más cálidos y alegres. Sólo se oyen ruidos de bocinas y coches acelerando.
Antes de salir abres el armario de la entrada y te pones tu abrigo de desesperanza, esperando quitarte ese frío que te quema hasta la entraña.
Caminas aterido, mientras, puedes ver tu propio vaho mientras respiras, como si te fumaras tu vida, como si pegaras fuego a tus esperanzas y tus sueños. Ves como se convierten en humo, cada vez que exhalas el aire.
Repites entre dientes aquello de cómo pudo sucederme a mí, porqué a mí, y sabes que la respuesta es simple y porqué no a ti. No eres tan especial, no eres único, tu historia es tan vieja como la misma humanidad. Y sufrirás o disfrutaras, pero esa vida te pasará por encima como una apisonadora, dejando reducidas a cenizas, bien compactas, todos esas ideas, esos anhelos de cristal, que explotan en mil pedazos debajo de ese inmisericorde rodillo en que se ha convertido tu existencia.
Así, aplanado, sin relieve, caminas por ese paisaje lleno de cráteres de explosiones, ese paisaje calcinado, lunar, mientras te aferras a ese abrigo, intentando impedir que el frío te devore el alma.

©Jesús J. Jambrina
 

martes, 14 de julio de 2015

V concurso de relatos "El Folio en Blanco" de 2015.


Recientemente he presentado un relato a este concurso de "El folio en Blanco".
Ya ha salido el ganador y los finalistas y no me encuentro entre ellos, así que lo traigo por aquí:

Mi amigo José.

Hacía más de un mes que se había apuntado al gimnasio. Estaba muy motivado, pechugas de pollo, tomates, ensalada, verdura en su justa medida. No llegaba a pesar los alimentos, pero habían desaparecido las cañas, las patatas bravas, las hamburguesas, los bocatas de calamares y las noches hasta altas horas de la madrugada. Alguno le preguntaba si esa no era una vida más triste. Pero en la vida de José hablar de tristeza era puro eufemismo. La tristeza apareció mucho antes. Cuando ella se marcho, con aquello de: No es por ti, es por mí. La puntilla se la llevó un día de juerga con los amigos, bienintencionados que le ofrecían todo tipo de consejos, le abrazaban y le decía olvídala, como si fuese tan fácil. En una noche de esas que no se terminaban nunca, tuvo la mala suerte de verla, además no de cualquier modo, si no abrazada a un maromo que parecía el eslabón perdido, con unos brazos del tamaño de una de sus piernas y el pelo casi rapado. Para más escarnio, el tipo mal encarado, le sacaba una cabeza.

No es por mí, es por ti, era lo que realmente le quería decir aquel día. Lo había comprendido de repente, al igual que San Pablo al caerse del caballo, ahora todo lo veía completamente claro. Esa noche su descenso a los infiernos fue de repente. Si hasta ese día se había ido aferrando a las rebabas de la esperanza, del recuerdo, sus asideros desaparecieron completamente, y su caída le llevó a los más profundo de la desesperación y la frustración. A un agujero negro del que pensaba que no saldría nunca. No es por ti, es por mí.

Pero toda caída en algún momento se detiene. Y José supo que se había detenido cuando entendió que la vida brinda muchas oportunidades y que están ahí al alcance de la mano, que uno mismo es capaz de darle la vuelta a su historia. A pesar de estar en lo más profundo del pozo, en el fondo se atisbaba un hilo de luz, una esperanza a la que amarrarse y que le sacaría de allí. Desde ese día su vida fue un total cambio. Aún se le veía tristón, pero su voluntad se hizo férrea, hacía deporte, se cuidaba, leía sobre cosas que hasta ese día no acababa de entender bien, renovó, dentro de sus posibilidades económicas su armario y decidió que sería más sociable.

Su recuperación fue paso a paso, lenta pero firme, pasó ese primer mes y a este siguieron otros. Algo tenía presente en su mente, lo que le daba esa voluntad de carácter, quería hacerse mejor, convertirse en su mejor versión, para ella...Ella... De ella no había vuelto a saber nada. Se había alejado como el ex toxicómano se aleja de su droga, había puesto tierra de por medio, no preguntaba por ella, no sabía si era feliz, si seguía trabajando en lo mismo o si en alguna ocasión se acordaba de él.

Retomó las salidas con los amigos, ya no evitaba frecuentar según que sitios, el frío que le parecía helador y recorría su espalda tiempo atrás, se había vuelto un frío anodino, más anestésico que otra cosa, una total indiferencia. Así pasaron de nuevo  los días. El nuevo José disfrutaba de la vida, de sus amigos, de conocer a otras chicas, de viajar, de sus aficiones.

Pero la ciudad donde vivían no era demasiado grande, y por la ley de probabilidades en un momento u otro se tenían que encontrar, y ese día llegó. Estaba sentada en una terraza. El pasó caminando, sus miradas se cruzaron y ella abrió levemente sus labios, con un gesto como para levantarse, parece que se lo pensó mejor y esperó a que fuera él que se aproximara, como tantas otras veces. Pero en esa ocasión, José se giró al amigo que paseaba a su lado y le dijo:  ̶  A veces hay cosas que hay que dar por perdidas, aunque sepas donde encontrarlas. No es por ti, es por mí.
 
©Jesús J. Jambrina

Por cierto, el dibujo también es mío.
 

miércoles, 13 de mayo de 2015

El enamorado.


 Estaba radiante, los días plenos de sol, la calle en plena sinfonía primaveral y él con una sonrisa de oreja a oreja, con aquel enorme ramo de rosas. Andaba por el medio de la acera, con la cabeza bien alta y balanceando sus kilos y también aquel ramo, con una cantidad ingente de rosas rojas, varias docenas. Mirando a la gente como queriendo decir, sí son para mi amor, para ella, para mi diosa. Nada le importaba ahora sus michelines, ni su calva, ni su falta de estilo a la hora de combinar colores. Ella lo había elegido a él, por algo sería.

Ella. Una diosa, sí. Nunca había pensado que podría estar con una mujer como aquella. Sofisticada, interesante, sensual, voluptuosa, con cara de ángel y maneras de demonio. Unos ojos azules claros, tan claros que a veces parecían blancos. Y una melena rubia que le llegaba más allá de la cintura. Una cintura que podría ser la escollera donde naufragara el deseo de muchos hombres.

Hoy le había dicho que sería un día especial, inolvidable... Inolvidable habían sido los días que había pasado con ella, apenas 28 días, pero nunca había sido tan bien tratado, tan envidiado por sus conocidos y tan admirado por las otras chicas. Estar con ella, era estar como con un ser diferente, como de otro planeta. Pero no sólo era eso, también era como le trataba, cómo le hacía sentir, las cosas que sabía y cómo se las contaba, como si conocieras muchas cosas, como si siempre las hubiera conocido, hablando con seguridad y aplomo, de manera concisa, transparente y a la vez con un halo de misterio.

Misterio, esa era la palabra que podía definirla, con más rotundidad que cualquier otra. Apenas sabía nada de ella, pero desde el primer día se había entregado, como nunca antes lo habían hecho con él, así que misteriosa o no, para él era perfecta, colmaba todas sus aspiraciones y muchas más.

Demasiadas rosas quizás, pero seguro que a ella le encantaban, siempre le gustaba todo lo que viniera de él, hasta los comentarios más torpes y sosos, o los planes más anodinos, parecía que a ella todo le divertía y encantaba, como si todo fuera parte de una diversión aún mayor que no alcanzaba a entender, pero daba igual, lo mejor no cuestionarse el porqué de las cosas, a veces simplemente hay que dejarse llevar y disfrutar. Bastantes preguntas le hacía difunta madre, era una de las cosas que agradecía de haberse quedado sólo en la vida, no tener que contestar preguntas, no le había gustado nunca, ni en la escuela, ni con los amigos, quizás por eso empezaron a tildarlo de solitario y rarito, sólo su madre seguía preguntándole, bueno eso hasta el pasado año, que finalmente Dios la llamó a su lado, tendrá muchas preguntas que contestar desde entonces.

Aquella increible mujer le había dicho que lo invitaba a comer en su casa, que hoy sería un día especial, conocería a parte de su familia y sería algo digno de recordar, al fin sabría más cosas de ella. Conocer a su familia, con tan solo esos 28 días le producía por una parte desasosiego y por otra le llenaba de agradecimiento que a él, una mujer como esa, la introdujera en su vida y en su familia. Iría aunque fuera al mismísimo infierno.

Llegado a la dirección que le había dado, un piso sofisticado del centro de la ciudad, de esos que llevaba allí toda la vida, con un enorme portal forrado de madera. Todo con un cierto aire decadente y a la vez como de rancio abolengo. Al llegar a la casa, ella, enfundada en un vestido rojo carmesí que acentuaba su sensual figura agradeció efusivamente el enorme ramo de rosas, daba igual que hubiera dos personas observando desde la puerta de lo que parecía la sala principal. Lo cogió de la mano y medio bailando y entre risas lo llevó hasta la puerta donde estaban aquellas dos personas.

   ̶  Queridos...os presento la cena...



©Jesús J. Jambrina

jueves, 7 de mayo de 2015

El regalo.

 
Recojo precipitadamente mis rotuladores y mis libretas. Llamo al ascensor y bajo de un salto las escaleras del portal.
Llego justo a la parada cuando acaba de arrancar el autobús, pero el chofer, lanzándome una mirada condescendiente se apiada de mi alma mortal y abre la puerta para que pueda entrar. Quizás influenciado por alguna lectura de autoayuda, esas que hablan del "Tempus fugit", valoró el tiempo que pasaría hasta que llegara el próximo autobús y abrió la puerta para mi alegría. Me acababa de regalar 10' de mi existencia. Como si el mismísimo Cronos estuviera en nómina de TUZSA. Los actos divinos muchas veces pasan desapercibidos.
Cuando llego cerca de la Plaza España me bajo y cojo al vuelo el tranvía. En apenas unos minutos llego al parque Grande, ahora de Labordeta. Allí ya me están esperando mis amigos, que contrariamente a su costumbre, no llegan con sus acostumbrados 20' de retraso, ya están allí, más que puntuales, inaudito.
Así que cuando me pregunta mis amiguetes: ¿Cómo estás?
No puedo responder de otra manera: Genial, hoy me han regalado 30'.
 
©Jesús J. Jambrina

martes, 5 de mayo de 2015

LA SEMILLA.


El olor era característico, un olor dulzón y a especias salía de cada uno de los locales que tenían sus puertas a la calle. Los escaparates llenos de patos y platos preparados, pretendían ser una invitación a entrar. Desde luego nada más lejos de mi intención y de mi estómago. El barrio chino de Londres siempre era un espectáculo, una sinfonía de olores, colores y sonidos. La última vez que estuve me costó dar con ella, esperaba que es esta ocasión mi memoria no me jugara malas pasadas y acabara dando vueltas y vueltas viendo patos laqueados.

Allí está, reconozco la entrada, pequeña, flanqueada por dos farolillos de papel , con un pequeño dragón enroscado en el dintel de la puerta. La última vez llegué aquí por recomendación,  buscando un imposible, hoy repito. Si hay un sitio donde encontrar las mayores de las rarezas es esta pequeña tienda. el señor Chang la regenta por lo visto desde hace años y nadie sabe a ciencia cierta su edad. Entro haciendo sonar unas campanillas que alertan de mi presencia. En seguida el señor Chang está junto a mi, tiene el pequeño paquete preparado. Las nuevas tecnologías es lo que tienen, puedes encargar lo que necesites sin necesidad de estar allí, pero recogerlo quería hacerlo yo personalmente, es demasiado valioso para dejar que se pierda en los almacenes de una mensajería.

El paquete es pequeño, forrado con papel de estraza y una cuerda de colores, ya lo tengo. Antes de marcharme el señor Chang me recuerda cómo debo proceder, los cuidados que tengo que prestarle y el tamaño de la maceta que albergará este pequeño tesoro. E insiste, la paciencia es la madre de todas las virtudes. Sí, una semilla, un pequeño tesoro, pues lo que espero de ella es lo que la hace extraordinaria. No veo el momento de llegar a casa y ponerla en la maceta  que la espera.

Por fin en casa, la mezcla está preparada, una mezcla indicada por antiguos sabios orientales, que indican la proporción exacta de cada tipo de tierra que deben albergar esta milagro. La riego con mimo, por primera vez. La coloco cerca de la ventana donde no le de ni mucho ni poco la luz del sol. Alejado del radiador, para no tener un foco de calor muy cercano, pero sin renunciar a un ambiente cálido, coloco un humidificador cerca, para que pueda mantener una humedad constante. Me acuesto, no sin antes darle la bienvenida a esa semillita que está en el vientre de la maceta de barro.

Cada día, por la mañana y por la noche, la riego y le leo, unos días poesía, otros días los clásicos de la literatura contemporánea, otro día clásicos griegos, incluso me atrevo con libros de autoayuda o de psicología, o libros con historias interesantes, de escritores casi desconocidos, pero nunca con Bets sellers, no quiero arriesgarme.

Pasan las semanas, los meses, mis esperanzas se tambalean, creo que me han timado. Mis atenciones se reducen a la mitad. Aún así, mantengo la rutina, quizás esté cerca el día que germine y muestre sus ramas, y luego en primavera me regale el primero de sus frutos, el esperado, el tan anhelado, el motivo de mi búsqueda.

Han pasado ya dos inviernos y a punto de entrar la segunda primavera, creo que definitivamente era todo una quimera, un engaño para ilusos como yo. Un mes más y si no plantaré un geranio y me reiré de mi mismo y del viaje a la misteriosa tienda del señor Chang.

¡Dios mío! Ha salido el primer brote y mientras me preparaba el desayuno ha crecido cuatro dedos, el tallo es delgado y tiene un color verde pálido, pero si crece este ritmo en una semana será una planta con todas las letras.

El ritmo de crecimiento es increíble, la primera noche ya medía dos palmos, en tres días ha alcanzado la altura de metro y medio y ha empezado a echar hojas, grandes, anchas, recubiertas de cierta pelusilla, han salido varias ramas, también llenas de hojas, al menos ha dejado de crecer a lo alto.

Esta mañana aparecieron dos flores, de un blanco inmaculado, sedosa, con unos pistilos dorados, hermosas, ¿Quién era el iluso? Creo que lo voy a conseguir, voy a conseguir el dulce fruto de mis viajes, de mis cuidados, de mis desvelos.

Las flores se han convertido en dos saquetes, que van aumentando de tamaño poco a poco, creo que un par de días eclosionarán y dejarán ver lo que esconden.

¡Aquí está! Se ha abierto una de ellas, la otra se ha secado, no se muy bien el motivo, pero es igual, lo que he visto ha cubierto de sobra las expectativas que tenía. Es un libro, un precioso y bien encuadernado libro, en rústica, con unas letras doradas en el lomo.

El esfuerzo ha merecido la pena, es mi primer libro.

©Jesús J. Jambrina

 

lunes, 27 de abril de 2015

Los bolsillos del tiempo.


 

El coche coge la curva suavemente, los neumáticos chirrian sobre la gravilla del camino, el suelo esta mojado y la tarde se ha ido enfriando como un caldero de bronce.

El chofer no se ha vuelto en todo el trayecto y tampoco hemos intercambiado mas que las palabras de rigurosa cortesía.

El cristal apenas deja ver. Una mezcla de suciedad y agua, impiden una visión más nítida. Se adivinan, mas que otra cosa, las líneas de arbustos que bordean la finca.

Nos detenemos.

Abro la puerta y con un lacónico adiós me despido del conductor.

Lleno mis pulmones de ese aire húmedo y fresco. Resbalan pequeñas gotas por mi gabardina gris. Tengo frío. Es una sensación mucho más que física, realmente estoy aterido, congelado. Ha llegado el momento.

La luz del portal está encendida, las escaleras de piedra que llevan a la negra puerta parecen más altas que hace cinco años.

El llamador dorado rompe el silencio del atardecer.

Oigo pasos que se aproximan.

Ahí está el viejo mayordomo, con sus guantes blancos invitándome a pasar. Me estaban esperando.

Un ligero olor a cedro y a madera tostada flota por el ambiente. Se oye el tintinear de vasos, voces apagadas al final del pasillo. Deben de estar todos.

Mis pisadas resuenan y me llevan hasta la misma puerta de la estancia principal. Desde allí veo el resplandor de los troncos crepitando en la chimenea, el enorme cuadro que preside el salón, los enormes ventanales por los que se cuelan los últimos y tímidos rayos del sol, ligeramente apagados por las nubes.

Efectivamente, están todos, sentados, con sus miradas fijadas en mi. Sólo él permanece en pie, dándome las espalda, hasta que repara en mi presencia.

Gira lentamente, mi pulso se acelera. Su sonrisa cruza de lado a lado su cara. Es todo amabilidad.

Me invita a pasar y a ocupar un sillón que me había permanecido oculto tras su cuerpo.

Me siento, él hace lo mismo. Están distribuidos en un semicírculo perfecto, donde yo soy el centro de atención.

Ha pasado tiempo me dicen. Ha llegado la hora de buscar en los bolsillos de ese tiempo, el argumento, el razonamiento, los motivos, para que se me concedan otro nuevos cinco años. Vivo de prestado me recuerdan. Y la renovación de ese préstamos vence hoy.

Pienso lo que he de decirles, el cómo he utilizado estos últimos cinco años, si quiero que ellos, sus guardianes prorroguen esa gracia que se me ha concedido.

No es algo nuevo, llevo preparando este momento desde el mismo instante, en que cinco años antes me levantaba de este sillón con estos renovados cinco años de vida. Será fácil. Concreto, conciso.

Los explico, pausadamente, sin pasión. Relato el devenir de estos días, doy los argumentos que considero se tienen que tener en cuenta. Me parecen más que relevantes.

Termino, silencio.

Se miran entre ellos y hay un asentimiento general.

Parece que la cosa está hecha.

¿Parece? Un momento...

¿Cómo que no he viajado lo suficiente? ¿Qué pregunta es esa?¿Cómo que cuando ha sido la última vez que me preocupé de alguien que no fuera yo?¿Familia?¿Que es eso de hacer las cosas que me apasionen?

Pero he ganado dinero, me he comprado los mejores coches, he comido en los mejores restaurantes.

El dinero es mi pasión. En eso me he centrado, lo demás es irrelevante.

¡Viejos decrépitos! ¿Guardianes de qué?¿Mejorarnos cada día?¿No soy digno de más tiempo?¿Otros se lo merecen más?

Me falta el aire, el frío se ha apoderado de mis piernas y brazos, ya no les oigo. Mi tiempo se ha acabado.

©Jesús J. Jambrina

Relato que escribí en un curso de escritura que estoy haciendo.
  

domingo, 31 de enero de 2010

El piloto.




Una luz a lo lejos.
Una esperanza de vida, de tierra firme y de sueños secos.
Los marineros se aferrán a su fe, como se aferrarían a un hierro rusiente antes de ser engullidos por el mar.
El piloto maneja con mano firme el timón, sin perder de vista ese anhelo brillante.

El barco se estremece y agita, el agua barre la cubierta mientras el aire golpea el rostro de los asustados tripulantes.

Se entona una Salve, rezada con fervor, con pasión, con desesperación.

Algo cruje bajo sus pies, las caras se contraen en un rictus de terror...¡el barco se hunde!
La luz tilila levemente, el piloto sigue mirándola, allí están sus hijos, su casa, su vida, mantiene firme el rumbo, no están lejos, pueden llegar...

Las olas rompen cruelmente en la proa de la frágil nave, los marineros miran al piloto, ven su decisión, su firme mirada, vuelven a sus rezos, echarse a la mar es caer directamente en manos de la muerte, esperarán pues también su destino, están en manos del piloto, de la Virgen y Dios.

Los segundos pasan lentamente, los rezos amortiguan el ruido de las bombas de achique, tienen que aguantar.
Una nueva sacudida, un nuevo crujido y las bombas no pueden con el agua que entra, el motor falla...es el fin, la distancia es insalvable, todos lo saben, ¿todos?

El piloto sigue agarrado al timón, sus compañeros le gritan, le golpean, el sólo ve la luz, y en la luz una mirada, profunda como el mar que le rodea, y un rostro, un rostro que le sonríe y le dice:

─Estás en casa marinero.



lunes, 5 de octubre de 2009

Lo ignoto.



Clark era policía, de los casacas rojas, de la Real Policía Montada del Canadá.
Ese día había decidido dejar una carrera prometedora, un ascenso inminente y una granjera pelirroja, deseosa de criar una extensa prole.
Atrás quedarían las pequeñas pinceladas de civilización, de orden, de rancia tradición.
Preparaba su trineo y a sus queridos perros. Esta vez no buscaría a ningún prófugo de la justicia, ni a ningún delincuente, simplemente se adentraría en el blanco horizonte.
Quería dejar su huella, allí donde nunca antes otros pies hollaron la nieve virgen.
No sabía que se encontraría, ni que le estaba esperando, sólo sabía que iría siempre al norte, a lo inexplorado.
Siempre le habían gustado los perros, se tenía por un buen musher.
Estaba demostrada lo valiosa que era la utilización de los perros en las regiones Árticas.
Sin ellos no hubiera sido posible desplazarse por territorios donde había medias de -30ºC y ventiscas que duraban semanas llegando a superar distancias superiores a los 2800 Km.
¿Qué buscaba?¿Donde pretendía llegar?
Sólo sabía que se enfrentaba a los desconocido, como desconocidos eran para él otras muchas cosas, experiencias, sentimientos. Pero estaba decidido... cada paso sería un descubrimiento, cada metro una novedad, cada día una conquista, estaría en el camino de la aventura...y al final...lo ignoto.
Quizás para eso, no hacía falta comenzar ningún viaje.

martes, 28 de julio de 2009

El árbol

Solitario, el árbol vivía al lado de la charca.
No le faltaba agua con la que saciar sus raices.
Crecía fuerte y sano, anidaban en él pequeñas criaturas, protegidas por sus fuertes ramas y su tupida copa.
El sol bañaba sus hojas, y a pesar de que cada otoño se desprendía de ellas, cuando llegaba la primavera y con ella la tibieza en el ambiente, volvía a ser el árbol más tupido de cuantos rodeaban aquella charca.
Pero aún así, a pesar de su privilegiada ubicación, sentía que ese no era su lugar.
Tenía esa sensación desde hacía tiempo, pero se agudizaba con el paso de las estaciones. El arbol empezó a estar triste, y a perder hojas. Sus raices dejaron de absover agua y sus ramas se fueron secando.
La primavera siguiente apenas pudo vestir sus raquíticas ramas con unas pocas hojas y siguió secándose conforme avanzaba el calor.
No vieron sus hojas más primaveras, su esqueleto de madera se erguía blanquecino.
El pastor, que de vez en cuando llevaba su rebaño a abrevar a la charca, con una afilada hacha cortó el reseco tronco, mientras decía en voz alta:
─Si llego a saber que se acabaría secando, no me hubiera tomado la molestia de moverlo de donde estaba, hace diez años.

Mis lecturas de 2026. I

Este año me he prodigado poco en el blog. Ha sido un año especial, y cuando la vida te distrae, no tienes tiempo de andar con zarandajas, bl...