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jueves, 16 de marzo de 2017

El tambor de cartón.



De pequeño me gustaba jugar con figuritas. Las guardaba en un tambor de cartón, rescatado del jabón de lavadora que compraba mi madre. Allí se mezclaban indios y vaqueros, soldados alemanes, romanos, guerreros medievales, dinosaurios, de plástico, articulados, pintados o de un sólo color y de diversos tamaños y escalas. Cuando lo volcaba, de sus entrañas salía vomitado un ejército multiforme al que durante horas tenía maniobrando a mi antojo. Haciéndoles arrostrar los peligros mayores y batiéndose el cobre en diferentes batallas y enfrentamientos con enemigos imaginados o reales. Exhausto después de tanta muerte y resurrección, volvían a ocupar la panza del cilindro hueco. Me duraron mucho más que mi infancia. Nunca me gustó romper muñecos.
 
©Jesús J. Jambrina  

lunes, 13 de junio de 2016

Mix de encuentros.



"Me pregunto si sabes que a veces te confundo por la calle con otras chicas y se me incendia algo en el pecho."
Holdem Centeno.
 
Y tengo miedo a encontrarte,
 y a no saber que hacer,
ni como comportarme.
Si saludarte o ignorarte,
como si realmente pudiera,
hacer ninguna de las dos cosas.
como si en realidad,
 me diera igual verte o no.
Teniendo clavado en todos
 y cada uno de los poros,
la impronta de tu recuerdo.

 ©Jesús J. Jambrina


"Un buen día, cuando había abandonado toda esperanza de sentir que sentía, apareció ella. Ella, que todo lo hizo sin saber que lo hacía. Ella, que todo lo cambió sin querer. En cuanto la vi, automáticamente empecé a descubrir el sabor amargo y salado del llanto. Porque la he llorado, Max. La he llorado mucho y, como siempre se llora, a demasiada distancia. Bajo la lluvia, mezclando mis lágrimas con las del cielo, desde el cierre derrotado de cualquier bar o bajo la media apertura de su ventana, da igual. La he llorado como nunca lloré a los que creía conocer. La he llorado por ese futuro que ya no tendremos. La he llorado por ese pasado que dejamos pasar. La he llorado hasta quedarme sin aliento. Y la sigo llorando por lo que no pudo ser, incluso por lo que nunca será.
Sé lo que estarás pensando. Que estoy enfermo. Que no la conozco de nada. Que no hemos cruzado más de dos palabras y un precio. Pero es que, en ocasiones, la nostalgia es tan caprichosa que no necesita argumentos para doler. Se pueden echar de menos amores que jamás ocurrieron. Se pueden extrañar las situaciones que no llegaron a pasar. De hecho, si nunca te ha ocurrido, eso es que nunca has querido por encima de tus posibilidades, tu corazón no ha pasado de ser un órgano muscular hueco que impulsa sangre.
Eso es lo que pasa, Max. Que la echo de menos. En toda su ausencia. Hasta decir basta. Añoro esos paseos que nunca dimos por el parque. Añoro esos besos que jamás me dio. Esas risas tontas que no nos echamos. Esa canción que nunca escuchamos juntos después de no hacer el amor.
Tengo que volver con ella antes de morirme del todo, Max.
Tengo que volver con ella hasta el punto en el que dejó de poder ser.
Y volver a empezar juntos… por primera vez.”


- Que la muerte te acompañe - Risto Mejide


 

lunes, 15 de febrero de 2016

Crisis.


Y aquella crisis de pareja, fue el resultado de haberse  amado por encima de sus posibilidades.

©Jesús J. Jambrina

martes, 14 de julio de 2015

V concurso de relatos "El Folio en Blanco" de 2015.


Recientemente he presentado un relato a este concurso de "El folio en Blanco".
Ya ha salido el ganador y los finalistas y no me encuentro entre ellos, así que lo traigo por aquí:

Mi amigo José.

Hacía más de un mes que se había apuntado al gimnasio. Estaba muy motivado, pechugas de pollo, tomates, ensalada, verdura en su justa medida. No llegaba a pesar los alimentos, pero habían desaparecido las cañas, las patatas bravas, las hamburguesas, los bocatas de calamares y las noches hasta altas horas de la madrugada. Alguno le preguntaba si esa no era una vida más triste. Pero en la vida de José hablar de tristeza era puro eufemismo. La tristeza apareció mucho antes. Cuando ella se marcho, con aquello de: No es por ti, es por mí. La puntilla se la llevó un día de juerga con los amigos, bienintencionados que le ofrecían todo tipo de consejos, le abrazaban y le decía olvídala, como si fuese tan fácil. En una noche de esas que no se terminaban nunca, tuvo la mala suerte de verla, además no de cualquier modo, si no abrazada a un maromo que parecía el eslabón perdido, con unos brazos del tamaño de una de sus piernas y el pelo casi rapado. Para más escarnio, el tipo mal encarado, le sacaba una cabeza.

No es por mí, es por ti, era lo que realmente le quería decir aquel día. Lo había comprendido de repente, al igual que San Pablo al caerse del caballo, ahora todo lo veía completamente claro. Esa noche su descenso a los infiernos fue de repente. Si hasta ese día se había ido aferrando a las rebabas de la esperanza, del recuerdo, sus asideros desaparecieron completamente, y su caída le llevó a los más profundo de la desesperación y la frustración. A un agujero negro del que pensaba que no saldría nunca. No es por ti, es por mí.

Pero toda caída en algún momento se detiene. Y José supo que se había detenido cuando entendió que la vida brinda muchas oportunidades y que están ahí al alcance de la mano, que uno mismo es capaz de darle la vuelta a su historia. A pesar de estar en lo más profundo del pozo, en el fondo se atisbaba un hilo de luz, una esperanza a la que amarrarse y que le sacaría de allí. Desde ese día su vida fue un total cambio. Aún se le veía tristón, pero su voluntad se hizo férrea, hacía deporte, se cuidaba, leía sobre cosas que hasta ese día no acababa de entender bien, renovó, dentro de sus posibilidades económicas su armario y decidió que sería más sociable.

Su recuperación fue paso a paso, lenta pero firme, pasó ese primer mes y a este siguieron otros. Algo tenía presente en su mente, lo que le daba esa voluntad de carácter, quería hacerse mejor, convertirse en su mejor versión, para ella...Ella... De ella no había vuelto a saber nada. Se había alejado como el ex toxicómano se aleja de su droga, había puesto tierra de por medio, no preguntaba por ella, no sabía si era feliz, si seguía trabajando en lo mismo o si en alguna ocasión se acordaba de él.

Retomó las salidas con los amigos, ya no evitaba frecuentar según que sitios, el frío que le parecía helador y recorría su espalda tiempo atrás, se había vuelto un frío anodino, más anestésico que otra cosa, una total indiferencia. Así pasaron de nuevo  los días. El nuevo José disfrutaba de la vida, de sus amigos, de conocer a otras chicas, de viajar, de sus aficiones.

Pero la ciudad donde vivían no era demasiado grande, y por la ley de probabilidades en un momento u otro se tenían que encontrar, y ese día llegó. Estaba sentada en una terraza. El pasó caminando, sus miradas se cruzaron y ella abrió levemente sus labios, con un gesto como para levantarse, parece que se lo pensó mejor y esperó a que fuera él que se aproximara, como tantas otras veces. Pero en esa ocasión, José se giró al amigo que paseaba a su lado y le dijo:  ̶  A veces hay cosas que hay que dar por perdidas, aunque sepas donde encontrarlas. No es por ti, es por mí.
 
©Jesús J. Jambrina

Por cierto, el dibujo también es mío.
 

miércoles, 13 de mayo de 2015

El enamorado.


 Estaba radiante, los días plenos de sol, la calle en plena sinfonía primaveral y él con una sonrisa de oreja a oreja, con aquel enorme ramo de rosas. Andaba por el medio de la acera, con la cabeza bien alta y balanceando sus kilos y también aquel ramo, con una cantidad ingente de rosas rojas, varias docenas. Mirando a la gente como queriendo decir, sí son para mi amor, para ella, para mi diosa. Nada le importaba ahora sus michelines, ni su calva, ni su falta de estilo a la hora de combinar colores. Ella lo había elegido a él, por algo sería.

Ella. Una diosa, sí. Nunca había pensado que podría estar con una mujer como aquella. Sofisticada, interesante, sensual, voluptuosa, con cara de ángel y maneras de demonio. Unos ojos azules claros, tan claros que a veces parecían blancos. Y una melena rubia que le llegaba más allá de la cintura. Una cintura que podría ser la escollera donde naufragara el deseo de muchos hombres.

Hoy le había dicho que sería un día especial, inolvidable... Inolvidable habían sido los días que había pasado con ella, apenas 28 días, pero nunca había sido tan bien tratado, tan envidiado por sus conocidos y tan admirado por las otras chicas. Estar con ella, era estar como con un ser diferente, como de otro planeta. Pero no sólo era eso, también era como le trataba, cómo le hacía sentir, las cosas que sabía y cómo se las contaba, como si conocieras muchas cosas, como si siempre las hubiera conocido, hablando con seguridad y aplomo, de manera concisa, transparente y a la vez con un halo de misterio.

Misterio, esa era la palabra que podía definirla, con más rotundidad que cualquier otra. Apenas sabía nada de ella, pero desde el primer día se había entregado, como nunca antes lo habían hecho con él, así que misteriosa o no, para él era perfecta, colmaba todas sus aspiraciones y muchas más.

Demasiadas rosas quizás, pero seguro que a ella le encantaban, siempre le gustaba todo lo que viniera de él, hasta los comentarios más torpes y sosos, o los planes más anodinos, parecía que a ella todo le divertía y encantaba, como si todo fuera parte de una diversión aún mayor que no alcanzaba a entender, pero daba igual, lo mejor no cuestionarse el porqué de las cosas, a veces simplemente hay que dejarse llevar y disfrutar. Bastantes preguntas le hacía difunta madre, era una de las cosas que agradecía de haberse quedado sólo en la vida, no tener que contestar preguntas, no le había gustado nunca, ni en la escuela, ni con los amigos, quizás por eso empezaron a tildarlo de solitario y rarito, sólo su madre seguía preguntándole, bueno eso hasta el pasado año, que finalmente Dios la llamó a su lado, tendrá muchas preguntas que contestar desde entonces.

Aquella increible mujer le había dicho que lo invitaba a comer en su casa, que hoy sería un día especial, conocería a parte de su familia y sería algo digno de recordar, al fin sabría más cosas de ella. Conocer a su familia, con tan solo esos 28 días le producía por una parte desasosiego y por otra le llenaba de agradecimiento que a él, una mujer como esa, la introdujera en su vida y en su familia. Iría aunque fuera al mismísimo infierno.

Llegado a la dirección que le había dado, un piso sofisticado del centro de la ciudad, de esos que llevaba allí toda la vida, con un enorme portal forrado de madera. Todo con un cierto aire decadente y a la vez como de rancio abolengo. Al llegar a la casa, ella, enfundada en un vestido rojo carmesí que acentuaba su sensual figura agradeció efusivamente el enorme ramo de rosas, daba igual que hubiera dos personas observando desde la puerta de lo que parecía la sala principal. Lo cogió de la mano y medio bailando y entre risas lo llevó hasta la puerta donde estaban aquellas dos personas.

   ̶  Queridos...os presento la cena...



©Jesús J. Jambrina

jueves, 7 de mayo de 2015

El regalo.

 
Recojo precipitadamente mis rotuladores y mis libretas. Llamo al ascensor y bajo de un salto las escaleras del portal.
Llego justo a la parada cuando acaba de arrancar el autobús, pero el chofer, lanzándome una mirada condescendiente se apiada de mi alma mortal y abre la puerta para que pueda entrar. Quizás influenciado por alguna lectura de autoayuda, esas que hablan del "Tempus fugit", valoró el tiempo que pasaría hasta que llegara el próximo autobús y abrió la puerta para mi alegría. Me acababa de regalar 10' de mi existencia. Como si el mismísimo Cronos estuviera en nómina de TUZSA. Los actos divinos muchas veces pasan desapercibidos.
Cuando llego cerca de la Plaza España me bajo y cojo al vuelo el tranvía. En apenas unos minutos llego al parque Grande, ahora de Labordeta. Allí ya me están esperando mis amigos, que contrariamente a su costumbre, no llegan con sus acostumbrados 20' de retraso, ya están allí, más que puntuales, inaudito.
Así que cuando me pregunta mis amiguetes: ¿Cómo estás?
No puedo responder de otra manera: Genial, hoy me han regalado 30'.
 
©Jesús J. Jambrina

martes, 5 de mayo de 2015

LA SEMILLA.


El olor era característico, un olor dulzón y a especias salía de cada uno de los locales que tenían sus puertas a la calle. Los escaparates llenos de patos y platos preparados, pretendían ser una invitación a entrar. Desde luego nada más lejos de mi intención y de mi estómago. El barrio chino de Londres siempre era un espectáculo, una sinfonía de olores, colores y sonidos. La última vez que estuve me costó dar con ella, esperaba que es esta ocasión mi memoria no me jugara malas pasadas y acabara dando vueltas y vueltas viendo patos laqueados.

Allí está, reconozco la entrada, pequeña, flanqueada por dos farolillos de papel , con un pequeño dragón enroscado en el dintel de la puerta. La última vez llegué aquí por recomendación,  buscando un imposible, hoy repito. Si hay un sitio donde encontrar las mayores de las rarezas es esta pequeña tienda. el señor Chang la regenta por lo visto desde hace años y nadie sabe a ciencia cierta su edad. Entro haciendo sonar unas campanillas que alertan de mi presencia. En seguida el señor Chang está junto a mi, tiene el pequeño paquete preparado. Las nuevas tecnologías es lo que tienen, puedes encargar lo que necesites sin necesidad de estar allí, pero recogerlo quería hacerlo yo personalmente, es demasiado valioso para dejar que se pierda en los almacenes de una mensajería.

El paquete es pequeño, forrado con papel de estraza y una cuerda de colores, ya lo tengo. Antes de marcharme el señor Chang me recuerda cómo debo proceder, los cuidados que tengo que prestarle y el tamaño de la maceta que albergará este pequeño tesoro. E insiste, la paciencia es la madre de todas las virtudes. Sí, una semilla, un pequeño tesoro, pues lo que espero de ella es lo que la hace extraordinaria. No veo el momento de llegar a casa y ponerla en la maceta  que la espera.

Por fin en casa, la mezcla está preparada, una mezcla indicada por antiguos sabios orientales, que indican la proporción exacta de cada tipo de tierra que deben albergar esta milagro. La riego con mimo, por primera vez. La coloco cerca de la ventana donde no le de ni mucho ni poco la luz del sol. Alejado del radiador, para no tener un foco de calor muy cercano, pero sin renunciar a un ambiente cálido, coloco un humidificador cerca, para que pueda mantener una humedad constante. Me acuesto, no sin antes darle la bienvenida a esa semillita que está en el vientre de la maceta de barro.

Cada día, por la mañana y por la noche, la riego y le leo, unos días poesía, otros días los clásicos de la literatura contemporánea, otro día clásicos griegos, incluso me atrevo con libros de autoayuda o de psicología, o libros con historias interesantes, de escritores casi desconocidos, pero nunca con Bets sellers, no quiero arriesgarme.

Pasan las semanas, los meses, mis esperanzas se tambalean, creo que me han timado. Mis atenciones se reducen a la mitad. Aún así, mantengo la rutina, quizás esté cerca el día que germine y muestre sus ramas, y luego en primavera me regale el primero de sus frutos, el esperado, el tan anhelado, el motivo de mi búsqueda.

Han pasado ya dos inviernos y a punto de entrar la segunda primavera, creo que definitivamente era todo una quimera, un engaño para ilusos como yo. Un mes más y si no plantaré un geranio y me reiré de mi mismo y del viaje a la misteriosa tienda del señor Chang.

¡Dios mío! Ha salido el primer brote y mientras me preparaba el desayuno ha crecido cuatro dedos, el tallo es delgado y tiene un color verde pálido, pero si crece este ritmo en una semana será una planta con todas las letras.

El ritmo de crecimiento es increíble, la primera noche ya medía dos palmos, en tres días ha alcanzado la altura de metro y medio y ha empezado a echar hojas, grandes, anchas, recubiertas de cierta pelusilla, han salido varias ramas, también llenas de hojas, al menos ha dejado de crecer a lo alto.

Esta mañana aparecieron dos flores, de un blanco inmaculado, sedosa, con unos pistilos dorados, hermosas, ¿Quién era el iluso? Creo que lo voy a conseguir, voy a conseguir el dulce fruto de mis viajes, de mis cuidados, de mis desvelos.

Las flores se han convertido en dos saquetes, que van aumentando de tamaño poco a poco, creo que un par de días eclosionarán y dejarán ver lo que esconden.

¡Aquí está! Se ha abierto una de ellas, la otra se ha secado, no se muy bien el motivo, pero es igual, lo que he visto ha cubierto de sobra las expectativas que tenía. Es un libro, un precioso y bien encuadernado libro, en rústica, con unas letras doradas en el lomo.

El esfuerzo ha merecido la pena, es mi primer libro.

©Jesús J. Jambrina

 

martes, 24 de junio de 2014

Microrelato y Haiku de la Noche de San Juan





¿Y tú,  crees en la magia? ̶ Le decía a la vez que llenaba su existencia de ilusión y fantasía.


El mar y la sal,
en la noche de San Juan,
el ciclo vital.
 


Mis lecturas de 2026. I

Este año me he prodigado poco en el blog. Ha sido un año especial, y cuando la vida te distrae, no tienes tiempo de andar con zarandajas, bl...