miércoles, 22 de noviembre de 2017

Pedaladas IV 2017.


 
Ay bendito, que se nos va de nuevo el año. Un año intenso, sorpresivo, la antesala de los grandes cambios. Ya lo anunciaba al comienzo de curso, mi hijo Javier. Decía que algo va a cambiar. Profético, cierto, revelador.
La vida te sorprende a cada paso. Hay que darle la oportunidad además de que lo haga. No es la gestión del caos, es sencillamente, vivir, sin más. Nada más fácil y a la vez más complicado. Dejar que la vida te vaya llevando, adaptarte a los cambios, a las novedades, a lo que queda fuera del guión.
Dicen que la vida no se mide por el tiempo que respiras, si no por los momentos que te quedas sin aliento. Y este año lo ha hecho varias veces, seguro que el siguiente también lo conseguirá.
Leía recientemente un artículo de un amigo del que hacía tiempo que no sabía nada. Lleva una carrera de éxito y titulaba su escrito "Mutatis mutandi", en relación al cambio y la adaptación al mismo. Leyendo el artículo he saboreado el ocre de la nostalgia, de lo que pudo haber sido si... Ha sido un momento, una ligera flojera, un pellizco en el recuerdo.
Las dos últimas semanas han sido de esfuerzo físico, de mudanza sólida, antes. Después, vendrá la intangible, la que cambie nuestros anclajes mentales, nuestra mudanza metal.
Volveré a vivir sensaciones y momentos que pensé que nunca repetiría, y lo haré con la ilusión del primer día, con la fuerza y la despreocupada soberbia, de la juventud más recalcitrante.

martes, 21 de noviembre de 2017

A Margarita Debayle. De Rubén Darío.



Margarita está linda la mar,
y el viento,
lleva esencia sutil de azahar;
yo siento
en el alma una alondra cantar;
tu acento:
Margarita, te voy a contar
un cuento:

Esto era un rey que tenía
un palacio de diamantes,
una tienda hecha de día
y un rebaño de elefantes,
un kiosko de malaquita,
un gran manto de tisú,
y una gentil princesita,
tan bonita,
Margarita,
tan bonita, como tú.

Una tarde, la princesa
vio una estrella aparecer;
la princesa era traviesa
y la quiso ir a coger.

La quería para hacerla
decorar un prendedor,
con un verso y una perla
y una pluma y una flor.

Las princesas primorosas
se parecen mucho a ti:
cortan lirios, cortan rosas,
cortan astros. Son así.

Pues se fue la niña bella,
bajo el cielo y sobre el mar,
a cortar la blanca estrella
que la hacía suspirar.

Y siguió camino arriba,
por la luna y más allá;
más lo malo es que ella iba
sin permiso de papá.

Cuando estuvo ya de vuelta
de los parques del Señor,
se miraba toda envuelta
en un dulce resplandor.

Y el rey dijo: «¿Qué te has hecho?
te he buscado y no te hallé;
y ¿qué tienes en el pecho
que encendido se te ve?».

La princesa no mentía.
Y así, dijo la verdad:
«Fui a cortar la estrella mía
a la azul inmensidad».

Y el rey clama: «¿No te he dicho
que el azul no hay que cortar?.
¡Qué locura!, ¡Qué capricho!...
El Señor se va a enojar».

Y ella dice: «No hubo intento;
yo me fui no sé por qué.
Por las olas por el viento
fui a la estrella y la corté».

Y el papá dice enojado:
«Un castigo has de tener:
vuelve al cielo y lo robado
vas ahora a devolver».

La princesa se entristece
por su dulce flor de luz,
cuando entonces aparece
sonriendo el Buen Jesús.

Y así dice: «En mis campiñas
esa rosa le ofrecí;
son mis flores de las niñas
que al soñar piensan en mí».

Viste el rey pompas brillantes,
y luego hace desfilar
cuatrocientos elefantes
a la orilla de la mar.

La princesita está bella,
pues ya tiene el prendedor
en que lucen, con la estrella,
verso, perla, pluma y flor.

* * *

Margarita, está linda la mar,
y el viento
lleva esencia sutil de azahar:
tu aliento.

Ya que lejos de mí vas a estar,
guarda, niña, un gentil pensamiento
al que un día te quiso contar
un cuento.

Rubén Darío

miércoles, 1 de noviembre de 2017

El romancero


 
El romancero

Todos los años, con la llegada del buen tiempo, el pueblo celebraba sus fiestas de primavera, en honor a un santo que nunca paseó por aquellas calles, ni bebió de sus mismas fuentes, pero por no se que extraña razón, su destino aparecía enredado en aquella villa y sus festejos anuales, romería incluida. Santa tradición de una aldea montañesa que se sacudía el olvido y  el abandono engalanando sus calles y vistiéndose de fiesta.
Con el deshielo y con motivo de esas fechas señaladas, los caminos volvían a acoger a caminantes, buhoneros, mercaderes y hasta feriantes. Pero si había alguna cosa que esperaban, tanto chicos como grandes, era a aquel hombre, que cada año y ya nadie recordaba desde cuando; llegaba a sus calles para contarles historias de reyes y princesas, de caballeros y aventuras, dragones y brujas, de tierras lejanas en las que el sol no se ponía jamás y de mares inhóspitos y llenos de peligros que se tragaban barcos y marineros sin contemplación.
Le llamaban de muchas maneras, pues ninguno conocía su nombre verdadero: cuentacuentos, el señor de las historias, fabulista, romancero... Dormía en las eras y comía de lo que desde las casas le daban, que no era poco, de tal modo que llenaba su zurrón tanto, que parecía que iba a estallar por las costuras. No sabían de dónde era, de la zona seguro que no, hablaba sin acento del lugar, ni tenía dejes que revelaran su cuna. Su rostro cetrino, ajado por el sol y el polvo de los caminos, la edad, avanzada, un poco encorvado, pudiera decirse que incluso ya anciano. Sin embargo su figura era querida y apreciada y su llegada era motivo de alegría para todo los lugareños. Acabadas las fiestas, a los pocos días, sin que nadie se diera cuenta, igual que había llegado, desaparecía. Todos suponían que a recorrer nuevos caminos, contar nuevas historias y conocer otras, a cargar su zurrón de nuevas vivencias, mientras en el pueblo volverían a su día a día y a ganarse la vida, a costa de dejarse la suya propia, en las duras jornadas de sol a sol que les imponía la montaña.
Las noches que estaba en el pueblo, buscaba un lugar cercano a la hoguera de la plaza y con voz pausada pero grave, iba desgranando vidas y hechos, trayendo a aquel pueblo del Pirineo imágenes y sonidos de lugares lejanos y remotos. Unos días deleitaba a mayores y hablaba de cosas rotundas y complejas y otras veces a los pequeños, con peripecias divertidas y cercanas, o hacía soñar a las casaderas con amores esforzados e imposibles. Los habitantes escuchaban las narraciones sin pestañear, mientras de fondo crepitaba el fuego y las brasas bailaban ante sus ojos. Viajaban sin mover los pies, soñaban sin dormir, vivían vidas que nunca habrían imaginado, sufrían, lloraban o reían según tocara y cuando el viejo acababa, notaban latir su corazón con el poso de lo escuchado y se acostaban sabiéndose un poco más sabios, un poco más vivos.
 
©Jesús J. Jambrina 
 

martes, 31 de octubre de 2017

Mis lecturas de la vuelta al cole 2017

 
"Sputnik, mi amor". Haruki Murakami. Sputnik en ruso, significa satélite o compañero de viaje. Este libro cuenta la historia de dos jóvenes, más raritos ambos que un perro azul marino. Habla de la relación entre ellos y con otras personas. En concreto, de como un viaje cambia la realidad de uno de ellos y por extensión la de los dos. Una lectura curiosa, una escritura con guiños a los temas recurrentes de la literatura. 
 
 
"Tierra de campos". David Trueba. Este es otro libro del que tengo una estupenda dedicatoria de su autor.
 
Un libro muy fácil de leer, en la línea  de su estilo de escritura. Un cantante regresa al pueblo de su padre para enterrarlo en él. Un libro para perderse entre sus líneas, de las cuales se pueden extraer múltiples enseñanza y experiencias. Una lectura de poso  y a la vez de disfrute. Una novela que aunque gira alrededor de la muerte del padre del protagonista sobre todo habla de la vida. Más que recomendable, para disfrutar de su lectura.
 
 
"La lluvia amarilla". Julio Llamazares. Leí la cita de este libro en "La España vacía" de Sergio del Molino, así que me dije que en cuanto pudiera tenía que leerlo. Es una lectura breve, concisa, refleja perfectamente la soledad y la agonía de los pueblos abandonados del Pirineo. Como la historia de las personas se enreda y mimetiza en las calles de sus aldeas. Una escritura dura, inhóspita, que describe de una manera tremenda y a la vez magnífica, el terrible destino de muchos de nuestros paisajes y sus habitantes. 
 
"Matadero cinco". Recién regresado de visitar las Ardenas y los bosques, donde en diciembre de 1.944 el ejército americano sufrió un duro castigo con la contraofensiva alemana. Empapado de los sonidos, los colores, las condiciones en las que afrontaron esos días los pobres estadounidenses aquellas jornadas, me encuentro con que el autor del libro es precisamente uno de aquellos jóvenes que vagaban ateridos de miedo y de frío por aquellos bosques de cuento. Acabando prisionero de un curioso grupo de soldados alemanes, o muy niños o muy viejos: "todos los que servían para luchar, estaban muertos". Tras una breve estancia en un campo de concentración donde convivieron con un grupo de estirados ingleses, lo llevan a Dresde, en los últimos compases de la guerra, donde será confinado en el antiguo matadero de la ciudad, reutilizado como albergue y prisión simultáneamente. Será testigo del bombardeo de esta ciudad, sobrevivirá al fuego y a la destrucción, donde perdieron la vida más de 130.000 habitantes. Colabora en el posterior desescombro y recuperación de los cuerpos. De allí vuelve a su país natal, se casa con una rica heredera, se hace óptico y acaba dirigiendo un emporio. Sobrevive a un accidente de avión, planea, vuela, sobre la realidad, descubre una nueva dimensión y lanza al mundo su mensaje sobre el universo "tralfamadoriano", para gran disgusto de su hija. Un libro que en su día fue de culto. Una sorpresa, pues no lo conocía y fue la recomendación de un taller de literatura. Un gran descubrimiento. Un libro antibelicista, intención que deja bien clara su autor en el primer capitulo del mismo. Original, en su día entiendo que totalmente transgresor. Increíble, me ha encantado.
 

lunes, 30 de octubre de 2017

PEDALADAS III 2017


 
Madre mía como se ha pasado el mes de octubre, entre unas cosas y otras, visto y no visto.
Los amagos de los independentistas catalanes, empeñados en hacer una república del esperpento, las fiestas del Pilar, el viaje con mi hermano al corazón de Europa y a las guerras de Flandes. Las temperaturas de verano que no se acaban de marchar. La sequía impenitente que castiga la geografía española, agravado además con el tema de los incendios provocados por desalmados y malvados. Un taller de literatura de duración fugaz. El comienzo del aprendizaje del francés, que arranca lento. 
Cambios en el horizonte, personal, profesional y de todo tipo.
Nunca octubre ha sido un mes, tan de transición como éste.
En nada navidades, antes de lo que nos demos cuenta.
Mis chicos cada vez más grandes, cada vez menos chicos, caminando su propio camino, construyendo su propio futuro. Aprendiendo y luchando, haciéndose mejores.
Expectante por lo que tiene que venir, construyendo un nuevo "nido", una nueva realidad.
Cambios y más cambios, anclajes, alas, realidades y sueños. Buscando rutinas que conformen una existencia. Un marco físico donde crecer, crear y vivir.
Orientados al futuro, con las manos ocupadas, llenas de presente.

viernes, 6 de octubre de 2017

EL olvido que seremos...

 

Aquí. Hoy

Ya somos el olvido que seremos
El polvo elemental que nos ignora
y que fue el rojo Adán y que es ahora
todos los hombres, y que no veremos.

Ya somos en la tumba las dos fechas
del principio y el término. La caja,
la obscena corrupción y la mortaja,
los triunfos de la muerte, y las endechas.

No soy el insensato que se aferra
al mágico sonido de su nombre.
Pienso con esperanza en aquel hombre

que no sabrá que fui sobre la tierra.
Bajo el indiferente azul del cielo,
esta meditación es un consuelo.
 
J.L.Borges
 
 
 
 
"Todos estamos condenados al polvo y al olvido [...]. Sobrevivimos por unos frágiles años, todavía, después de muertos, en la memoria de otros, pero también esa memoria personal, con cada instante que pasa, está siempre más cerca de desaparecer. Los libros son un simulacro de recuerdo, una prótesis para recordar, un intento desesperado por hacer un poco más perdurable lo que es irremediablemente finito. Todas esas personas con las que está tejida la trama más entrañable de mi memoria, todas esas presencias que fueron mi infancia y mi juventud, o ya desaparecieron y son solo fantasmas, o vamos camino de desaparecer, y somos proyectos de espectros que todavía se mueven por el mundo. En breve todas estas personas de carne y hueso, todos estos amigos y parientes a quienes tanto quiero, todos esos enemigos que devotamente me odian, no serán más reales que cualquier personaje de ficción, y tendrán su misma consistencia fantasmal de evocaciones y espectros, y eso en el mejor de los casos, pues de la mayoría de ellos no quedará sino un puñado de polvo y la inscripción de una lápida cuyas letras se irán borrando en el cementerio. Visto en perspectiva, como el tiempo del recuerdo vivido es tan corto, si juzgamos sabiamente, "ya somos el olvido que seremos", como decía Borges. Para él este olvido y ese polvo elemental en el que nos convertiremos eran un consuelo "bajo el indiferente azul del Cielo". Si el cielo, como parece, es indiferente a todas nuestras alegrías y a todas nuestras desgracias, si al universo le tiene sin cuidado que existan hombres o no, volver a integrarnos a la nada de la que vinimos es, sí, la peor desgracia, pero al mismo tiempo, también, el mayor alivio y el único descanso, pues ya no sufriremos con la tragedia, que es la conciencia del dolor y de la muerte de las personas que amamos."

                                   Héctor Abad Faciolince, El olvido que seremos, Seix Barral, Booket, 2010, pp.272-273

 
 
Hoy traigo por aquí un poema de Borges, que tiene historia.  Lo hago después de escuchar ayer a Héctor Abad Faciolince, que con motivo de la reedición de su libro: "El olvido que seremos", está por España. Me gustó mucho lo que habló ayer. En su día el libro me encantó, fue una delicia su lectura.

Este poema de Borges tiene toda una historia, os dejo un enlace del propio Héctor donde habla de la misma. El día del asesinato de su padre, encontraron en sus bolsillos un papel con estos versos.

 

lunes, 18 de septiembre de 2017

Mis lecturas del final del verano de 2017.

Esta es la última semana, oficialmente, del verano.
Una de las cosas, que siempre me planteo en mis vacaciones es leer. Por aquí traigo esas lecturas del verano y las que llegaron hasta el pasado viernes por la noche, cuando cerraba el libro de  la mirada de los peces.


 "One day". Me hice con este libro aproximadamente hace dos años, pero por diferentes motivos, lo iba dejando en la cola de los pendientes. Por fin, ocupando el primer lugar en  mi lista veraniega, empecé con él. El libro describe a lo largo de veinte años, el mismo día en la vida de dos personas, chico y chica, llevándonos por su vida y su relación a lo largo de todos esos años. Es una lectura entrañable, mágica. En ella he encontrado un párrafo que en tres líneas es capaz de reflejar toda la historia de amor de los dos protagonistas, y tiene una sensibilidad y una transcendencia que te deja con un nudo en la garganta. Entretenido y precioso, muy recomendable.

 
"El último concierto de David Salas", de Roberto Malo. Un libro breve, desternillante, desenfadado, muy granuja, ligero y divertido. Un cantante  caradura nos describe, en riguroso orden alfabético, su carrera musical.
 

"Técnicas de iluminación", Eloy Tizón. Otro libro de relatos del escritor de: "La velocidad del los jardines". Relatos de una prosa amalgamada, procelosa, profunda. Tuve que leer alguno de los relatos un par de veces y aún así, en algunos me perdía en el abismo abisal. Una buen lectura, pero no la adecuada para la sombrilla. Tendré que volver a releerlo de nuevo.
 

"Segunda regional" de Mario Hinojosa. Breve poemario cuya inspiración es el futbol, el futbol humilde, el de andar por casa.
 

"Réplica", de Miguel Serrano Larraz. Libro de relatos, en la misma línea que "Orbita". Relatos que nos llevan a finales inexistentes, en su inmensa mayoría; universos inciertos, inquietantes, con un halo futurista. Cada relato está investido de un estilo y personalidad propios. Me ha gustado especialmente el que da nombre al libro, en cualquier caso interesante lectura.
 

"La mirada de los peces", de Sergio del Molino. Con este libro me ha pasado todo lo contrario que con el primero que abre este post: "One day". El miércoles asistí a su presentación , allí compré el libro y tuve el gusto de que su autor me lo dedicara. Salí de allí deseando meter el diente al texto, tal fue la motivación, que transmitieron tanto Sergio como Paula Ortiz. Así que nada más llegar a casa me puse con él. Con todo el dolor de mi corazón lo  dejé en el comienzo del tercer capítulo por agotamiento mental y físico. Al día siguiente, el jueves, en cuanto tuve ocasión lo retomé y  lo cerraba, viernes por la noche. Lo cerraba, como se cierra una cajita de tesoros infantiles, con miedo a que se derramen los personajes y las letras de lo que acababa de vivir. Sergio tiene esa capacidad, hablar de muchas cosas, para en realidad contarnos otras muy diferentes. He visto a través de los ojos de él, con esa mirada de los peces, he sentido con él. Me ha hecho andar en sus zapatos, acordarme de las brumosas tardes/noches del San José Alto, de las cazadoras vaqueras, de los días de pipas y angustias adolescentes. Me he reído con muchos pasajes, he sentido nostalgia y me he entristecido en otros y al final, el regusto que se me ha quedado, es que, en realidad, este libro no habla de un viejo profesor, no habla de amigos de juventud, no habla de aventuras urbanas, no habla de tiempos pasados, no habla de relaciones, ni de vidas incipientes o crepusculares, habla de amor, de AMOR,  y al final, al final del todo, resulta que además de un gran escritor, este Sergio es un buen tipo.