jueves, 11 de mayo de 2017

Fragmento del relato: La nota



La nota (fragmento)


Hace un tiempo, el mundo de los adultos me resultaba extraño y ajeno. Vivía una realidad, donde mis límites estaban perfectamente marcados, rodeado de cajas de metal, de colores llamativos, que encerraban enormes tesoros, o de tambores de cartón en cuyo vientre latían los más valientes ejércitos de soldados de plástico, esas eran mis fronteras. Era un mundo de espadachines, vaqueros, airgamboys y "cliks" de famobil, de muñecos articulados, tardes de pan con chocolate y pequeñas aventuras.

Vivíamos en una ciudad pequeña y la calle era casi una extensión de nuestro hogar. Todos se conocían y eso nos permitía tener una independencia que en otro lugar no hubiera sido posible. Esa libertad estaba controlada por nuestras madres, que sabían desde donde tenían que gritar nuestro nombre, para que dejáramos de jugar a polis y cacos y nos dirigiéramos sin tardanza a nuestra casa a bañarnos, o cenar en el mejor de los casos. Esa movilidad también tenía su precio, pues en muchas ocasiones ejercíamos de recaderos o mensajeros del Zar, haciendo pequeñas compras, el pan, la leche, el aceite o llevando breves misivas de aquí para allá.

Las madres eran omnipresentes en nuestras vidas. Elegían la ropa que teníamos que ponernos por las mañanas. Tenían la capacidad de elegir siempre lo que más picaba, lo que menos nos gustaba o lo menos funcional, petos de cuadros con perneras campana, jerseys de lana con cuello cisne, que eran morir en vida o trencas cerradas con colmillos de sabe Dios que animal prehistórico. Nos indicaban lo que debíamos vestir, decir, comer, hacer y hasta pensar. Las madres todo lo controlaban, podían con todo y su presencia eclipsaba a la de nuestros padres, que pasaban el día fuera de casa, haciendo lo que hacen los mayores, trabajar y esas cosas.
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©Jesús J. Jambrina  

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