domingo, 18 de octubre de 2009

Queridos Corintios:



I Corintios 12, 31; 13, 1-13

Hermanos:

Anhelen los carismas más valiosos. Y todavía les voy a mostrar un camino más excelente. Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles,

si no tengo amor, soy como campana que suena o platillo que retumba.

Y aunque tuviera el don de hablar de parte de Dios y conociera todos los misterios y toda la ciencia; y aunque mi fe fuera tan grande como para trasladar las montañas,

si no tengo amor, nada soy.

Y aunque repartiera todos mis bienes a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas,

si no tengo amor, de nada me sirve.

El amor es paciente y bondadoso; no tiene envidia, ni orgullo, ni arrogancia.

No es grosero, ni egoísta, no se irrita ni es rencoroso; no se alegra de la injusticia;

sino que encuentra su alegría en la verdad.

Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.

El amor nunca pasará.

Terminará el don de hablar de parte de Dios, cesará el don de expresarse en un lenguaje misterioso y desaparecerá también el don del conocimiento profundo.

Porque ahora conocemos de modo imperfecto, lo mismo que es imperfecta nuestra capacidad de hablar de parte de Dios; pero cuando venga lo perfecto, desaparecerá lo imperfecto.

Cuando yo era niño, hablaba como niño, razonaba como niño;

al hacerme hombre, he dejado las cosas de niño.

Ahora vemos por medio de un espejo y oscuramente;

pero un día conoceré como Dios mismo me conoce.

Ahora permanecen estas tres cosas: la fe, la esperanza, el amor;

pero la más excelente de todas es el amor.

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