lunes, 13 de marzo de 2017

Regreso al pueblo.



Regreso al pueblo.

           Las espigas bien granadas se mecían con la leve brisa de una tarde de julio. Los campos, dorados hasta donde alcanza la vista. No en vano la llaman la tierra del pan y el vino.
De nuevo había brazos para trabajar el campo y éste, después de años en barbecho, era agradecido.
Hacía tiempo que no volvía por allí. De hecho, maldita la gracia volver, la última, vez pensaba que no habría otra.
Apenas a tres kilómetros de la capital, había decidido acercarme andando.
El pueblo estaba como siempre, las casas arracimadas entorno a la carretera, sencillas, pequeñas, con las ventanas diminutas y la llanura que las hacía parecer aún más insignificantes.
Recostado en la puerta de una de las primeras, pude distinguir a un viejo conocido. Recorrí los pocos pasos que nos separaban.
—Hola Marcial
—Vaya Julián ¡Cuánto tiempo!
—Ya ves, de vuelta a casa, bueno, si no tenéis inconveniente.—Aquello no le cayó bien, pude ver la reacción de su rostro.
—¡Pero hombre, cómo dices eso! Tu casa es, tus tierras, tus hermanos, tu pueblo.
—No parecía que os alegrarais tanto la  última vez que estuve aquí, con el ejército rojo vencido y desarmado apenas unos días antes—Vi como el rubor subía a sus mejillas.
—Eso fue cosa de los señoritos de la capital, de gente de fuera. Tu nombre estaba entre unos papeles del ayuntamiento.
—¿Y qué hacían allí esos papeles, que necesidad había de que aparecieran? Además apuntados, apuntados estábamos muchos, tú también. Era, y lo sabes bien, la relación del sindicato agrario. Alguien les diría donde tenían que buscar y a quién buscarle las cosquillas.
—Eran días complejos. Esas cuadrillas de camisas azules hacían y deshacían a su antojo, eran los amos de la situación.
—La inscripción nos daba derecho a un saco de trigo. Ya ves tú que delito, un saco de trigo. Las semillas de la cosecha del año.
—Sí Julián, pero los falangistas andaban detrás de esas listas, de los afiliados al sindicato.
—Pero la guerra había terminado—Dije indignado.
—Sí, pero para algunos apenas había empezado. Hicimos lo que pudimos. El mal rato lo pasaste, pero estás aquí. Alguno colaboró con ellos, pero otros, como el alcalde, o como yo,  intercedimos y conseguimos que nadie se fuera en esos camiones. ¿Cuántos no se fueron con ellos y en otros pueblos acabaron en las tapias de los cementerios o en las cunetas de los caminos apartados? Pero eso no pasó aquí ese día.
—¡Pero yo hice la guerra entera! Hice su guerra. Me llamaron a su ejército y me la comí enterita. Me bombardearon, me dispararon, pasé hambre, sed, frío y sobre todo, sobre todo miedo, mucho miedo. Pensaba muchas veces que no íbamos a quedar ninguno. Mientras ellos estaban en la retaguardia, buscando sus listas, sus inquinas, sus intereses.
—Sí eso también. Alguno ha hecho fortuna con este tipo de cosas. ¿Para quién te crees que iban los bienes, de los que no tenían la suerte de bajarse del camión como hiciste tú?
—Sí claro, la culpa los de fuera. O como decíamos en las trincheras, la culpa es del muerto. Lo curioso es que mis tierras no lindan con nadie de fuera, si no con gente de aquí. Curiosamente, Marcial, la mayoría con las tuyas.—Y al decir esto no pude evitar que la bilis me subiera a la boca—Pero yo hice la guerra con su bando, me han ascendido, me han condecorado, he luchado y he dado lo mejor, no porque pensara como ellos, sino porque había que seguir vivo, y para eso había que hacer las cosas bien. Y así un año, y otro y otro, hasta que ganaron esta maldita guerra. Y volví a mi casa con la tranquilidad de haber cumplido. Pero me estaban esperando, me estaban esperando para matarme, por haber hecho también lo correcto cuando trabajaba de sol a sol.
      Ya no me miraba, había ido achicándose con cada una de mis palabras. No apartaba la vista del revolver plateado que llevaba al cinto y estoy convencido que pensaba que estaba viviendo sus últimas horas.
       Apenas se atrevió a balbucear—Conseguimos que no saliera el camión y que os soltaran a todos.
—No temas, no he venido mas que a dos cosas. A despedirme de mis hermanos. Me he quedado en el ejército y me voy a Ceuta por una buena temporada. Y a decirte que no te lo tengo en cuenta. Al fin y al cabo fue cuestión de suerte, verdad. Suerte de coincidir bajo aquella lona con el hermano del alcalde. O te crees que no fui capaz de reconocerle. Así que poco mérito tienes tú en eso, pero lo dicho, sin rencores, con Dios Marcial.
 ©Jesús J. Jambrina 
 

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