martes, 12 de julio de 2016

Sola, la ciudad.



Cuando llega el periodo estival y algunos privilegiados, comienzan un largo veraneo, abandonan la ciudad y las calles van quedando desiertas.
El domingo por la tarde se siente aún más esa sensación de abandono, de sus calles, de sus costumbres, sus atascos, su aparcamientos, su pulsión.
Qué solas las calles, qué tristes las aceras, qué inútiles los semáforos.
El verano, es una estación donde se da la paradoja, de ser la más animada y concurrida, en algunas ocasiones y para algunas personas.Pero también es el momento en que muchos, se marchan y para los que se quedan, la sensación de soledad se alarga hasta el comienzo de curso, donde indefectiblemente, volvías a ver a tus compañeros del curso, una vez de vuelta de sus residencias estivales, el pueblo, la playa, las colonias.
Y los que nos quedamos... y los que nos quedábamos, con la sensación de haber perdido el tiempo, de no haber disfrutado de ese verano, de haber mal empleado nuestros días.
Volvía septiembre, la vuelta al cole, los "corticoles", el olor de los forros de plástico, y los amigos, y eso restañaba y  mitigaba esa melancolía veraniega, esa sensación de no estar donde querrías estar.
En el tiempo de verano, la sombra de la soledad, atraviesa las calles vacías.
 

Es tiempo de siestas, de pasatiempos, de lecturas frescas y de matar el tiempo. Cuándo, en una fina ironía de nuestra existencia, es él el que nos va matando a nosotros.

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