martes, 28 de junio de 2016

Un paso atrás...

 
 
Viendo películas heroicas, con protagonistas que entregan su vida y todo lo que tienen por un ideal, restaña el grito de: "Ni un paso atrás...", mientras aprietan los dientes y afianzan sus pies en el suelo para aguantar la acometida del enemigo.
Nosotros, los que nos levantamos todos los días y hacemos no siempre, o no nunca, lo que nos gusta, pero cumplimos con la tarea impuesta, con nuestras obligaciones, aunque no sean estas nuestra tarea preferida; todos los que hacemos eso, somos héroes. Pero al contrario de lo que se grita en las películas, a veces, un paso atrás, nos permite seguir en la batalla del día siguiente, no romper filas y acometer las dificultades y las agresiones sin salir en desbandada.
Como bien dicen, una retirada a tiempo es una victoria. Conocer y dosificar tus fuerzas es inteligente, el que huye en un momento determinado, batalla al día siguiente, sin desfondarse, sin golpearse contra un muro imposible.
A veces un paso atrás, nos permite tomar impulso, ver las cosas en perspectiva y tener claro cual debe el siguiente movimiento.
Me comentaban ayer que el cuerpo es un instrumento vehicular que nos permite hacer cosas, pero que no puede ser un fin en si mismo. Hay que cuidarlo y también darle sus tiempos y porqué no, sus caprichos, de vez en cuando. Darle descanso cuando lo necesita y una planificación de hacia donde debe dirigir sus esfuerzos. No podemos, ni debemos desfondarnos, ni tirar la toalla, porque la tarea se nos presente inconmensurable y titánica, como decía Baltasar Gracián: "Hay que comenzar lo fácil como si fuera difícil y lo difícil como si fuera fácil, para no confiarse ni desanimarse".
También hay que saber buscar y respetar los tiempos, no se puede estar continuamente en tensión y atenazado, al igual que no se puede estar en una continua indolencia.
Un paso atrás nos permite relajar la tensión, disfrutar el momento y coger fuerzas.
Un paso atrás...AUUUU!!!!

lunes, 20 de junio de 2016

Mis lecturas mayo y junio de 2016.

Estos dos meses de mayo y junio, he tenido el placer de leer algunos de los mejores libros que han caído en mis manos en estos últimos tiempos.
 

"La tierra que pisamos". Jesús Carrasco. La literatura de Jesús Carrasco, tiene algo inquietante, nos traslada de nuevo, al igual que con su novela "Intemperie", a un mundo rural. Pero también de nuevo, nos descubre un ambiente sofocante, asfixiante,  donde "se masca la tragedia". Carrasco nos describe un mundo inexistente, irreal, una ucronía desquiciante, donde describe, eso sí unos comportamientos que no son, para desgracia de la humanidad, irreales. Nos mantiene en una densa atmosfera, donde esperamos que de un momento a otro  ocurra el desastre.

 
"X". Risto Mejide. Como viene siendo habitual en el, un libro en el que encontramos muchos terrenos comunes, clichés sin fin, frases hechas. Pero entretenido, fácil de leer y que de vez en cuando te sientes aludido, diciendo, vaya eso es lo que me pasa a mi, o eso es lo que yo pienso. Que le vamos a hacer, a mi Risto me parece brillante. No hace literatura, es un comunicador y lo hace bien. A mi me vale.
 

"El bar de las grandes esperanzas". J. R. Moehringer. Me ha encantado, he disfrutado del libro de principio a fin. En muchas ocasiones me he sorprendido riéndome de las situaciones descritas, como si yo mismo estuviera apoyado en la barra de madera maciza del Publicans y fuera testigo de excepción. Una gran historia hecha de historias, una gran novela, una obra de arte.
 

"La hora violeta". de Sergio del Molino. Lo leí ayer, de un tirón. Me lo zampé crudo, sin apenas descansos. Conociendo al autor, me daba hasta cierto reparo, cierto pudor, asomarme a ese "totum revolutum" de sentimientos, frustraciones, penas, risas, lágrimas. recuerdos... Me emocionó, me despertó muchas sensaciones, muchos sentimientos. Poco más queda decir, leerlo.


 

jueves, 16 de junio de 2016

La muchacha de la mirada triste.


Como 2º trabajo del taller de escritura, nos han mandado hacer un relato de una página, tema libre pero con "in media res".  Donde con una "analepsis", tendremos que completar es acción que hemos empezado " a medias". Por aquí traigo ese relato:


La muchacha de la mirada triste.


Allí estábamos, en una cafetería tranquila. El uno frente al otro. Un sitio tranquilo, para hablar, me había dicho, un eufemismo que quería decir realmente,  date por jodido, algo va a cambiar y no te va a gustar. 

Ella apenas me sostenía la mirada y yo, no sabía si sería capaz de sostener las palabras, que de un momento a otro me temía que iban a caer sobre mí.

Recordaba perfectamente la primera vez que la vi. Me crucé con su mirada, una mirada triste. Una mirada diferente de la de las chicas de su edad, había un trasfondo de nostalgia, un velo gris, se intuía una pesada carga. Desde el primer momento quise compartirla, y hacérsela más liviana. Me enamoré perdidamente de esa profundidad, de ese abismo, de esta tristeza, de ese misterio. Me hice el firme propósito que yo le arrancaría esa tristeza de los ojos y que compartiría con ella sus secretos y sus cargas.

Recuerdo, como no hacerlo, la primera vez que hicimos el amor, me abrazaba fuerte, muy fuerte, como el náufrago se aferra a su tabla en mitad del océano, y yo me sentía como un faro en mitad de sus tempestades. Los primeros meses la mirada triste estaba allí irremediablemente, todas las noches y todas las mañanas que amanecíamos juntos, pero se atisbaba también una luz, que se iba abriendo paso entre esos tonos grises.

Pero estos dos últimos meses, ese abrazo fue aflojándose y esa luz, menguando. El silencio y el frío, se instalaban en nuestros encuentros. Ahora era yo el que se aferraba a esa mirada triste, desesperanzada. Tenía la certeza que mientras estuviera allí, nada cambiaría, la luz se apagaba, pero mi amor, enganchado y enredado en esa mirada, sería eterno.

‒Estas diciendo de verdad que me dejas. Mírame a los ojos y dímelo.‒ Y cuando la miré, me di cuenta, allí ya no estaba su mirada, esa mirada triste. Apenas la reconocía, como si estuviera viendo realmente a otra persona. Sus ojos tenía un brillo que hasta ahora no había visto nunca. Titilaban ilusionados, esperanzados, seguros de que lo mejor estaba a punto de llegar. Lo comprendí al instante, la había perdido, ya no tenía sentido seguir juntos. Sus tempestades habían desaparecido y en un mar en calma no era yo su compañero ideal.

Me giré para evitar que viera como se desbordaban de lágrimas mis ojos y entonces la vi. Allí estaba. Reflejada en el cristal. El reflejo era el mío y la volví a ver, ahí estaba, instalada en mis retinas, esa mirada, esa mirada triste.

 ©Jesús J. Jambrina


martes, 14 de junio de 2016

Bálsamo imposible.

 
 
Recientemente ha fallado el jurado de la LV edición del certamen de poesía Amantes de Teruel. Mi soneto no ha sido premiado, así que aprovecho para traerlo por aquí.
 

BÁLSAMO IMPOSIBLE

 

 Quizás fuera mi bálsamo el olvido,

 en caso de que fuera eso posible,

pues se me antoja de lo más horrible,

  no recordar  a mi Diego querido.

 

Con estas lágrimas que  he vertido,

por las tardes, de forma irremisible,

mantengo aún su imagen bien visible,

 pero al fin la esperanza he perdido

  

Añorado, querido y recordado,

partió a la guerra a hacer fortuna,

 el viento nos guardó una promesa.

 

 Ya sabes que su vuelta he anhelado,

vence  el plazo de forma inoportuna,

me casan, y mi amado no regresa.


 

 

lunes, 13 de junio de 2016

Mix de encuentros.



"Me pregunto si sabes que a veces te confundo por la calle con otras chicas y se me incendia algo en el pecho."
Holdem Centeno.
 
Y tengo miedo a encontrarte,
 y a no saber que hacer,
ni como comportarme.
Si saludarte o ignorarte,
como si realmente pudiera,
hacer ninguna de las dos cosas.
como si en realidad,
 me diera igual verte o no.
Teniendo clavado en todos
 y cada uno de los poros,
la impronta de tu recuerdo.

 ©Jesús J. Jambrina


"Un buen día, cuando había abandonado toda esperanza de sentir que sentía, apareció ella. Ella, que todo lo hizo sin saber que lo hacía. Ella, que todo lo cambió sin querer. En cuanto la vi, automáticamente empecé a descubrir el sabor amargo y salado del llanto. Porque la he llorado, Max. La he llorado mucho y, como siempre se llora, a demasiada distancia. Bajo la lluvia, mezclando mis lágrimas con las del cielo, desde el cierre derrotado de cualquier bar o bajo la media apertura de su ventana, da igual. La he llorado como nunca lloré a los que creía conocer. La he llorado por ese futuro que ya no tendremos. La he llorado por ese pasado que dejamos pasar. La he llorado hasta quedarme sin aliento. Y la sigo llorando por lo que no pudo ser, incluso por lo que nunca será.
Sé lo que estarás pensando. Que estoy enfermo. Que no la conozco de nada. Que no hemos cruzado más de dos palabras y un precio. Pero es que, en ocasiones, la nostalgia es tan caprichosa que no necesita argumentos para doler. Se pueden echar de menos amores que jamás ocurrieron. Se pueden extrañar las situaciones que no llegaron a pasar. De hecho, si nunca te ha ocurrido, eso es que nunca has querido por encima de tus posibilidades, tu corazón no ha pasado de ser un órgano muscular hueco que impulsa sangre.
Eso es lo que pasa, Max. Que la echo de menos. En toda su ausencia. Hasta decir basta. Añoro esos paseos que nunca dimos por el parque. Añoro esos besos que jamás me dio. Esas risas tontas que no nos echamos. Esa canción que nunca escuchamos juntos después de no hacer el amor.
Tengo que volver con ella antes de morirme del todo, Max.
Tengo que volver con ella hasta el punto en el que dejó de poder ser.
Y volver a empezar juntos… por primera vez.”


- Que la muerte te acompañe - Risto Mejide


 

martes, 7 de junio de 2016

Me acuerdo (II)


1.- Me acuerdo y me han recordado muchas veces, cuando tenía tres años, estando mi madre embaraza. No existía eso de las ecografías. Escuche a mis padres hablar sobre los nombres que le pondrían al bebé en caso de que fuera niña, o en caso de que fuera niño. Yo corté aquella conversación de manera tajante, señalando la tripa de mi madre les dije: Eso de ahí es un niño y se llama Rafa.

2.-  Me acuerdo que con motivo de las fiestas de Teruel, la primera semana de julio,  hay atracciones, puestos de venta ambulante y espectáculos para los niños. Me llevó mi padre a ver uno de magia. Cuando acabó, no se cómo, nos encontramos en la calle con el mago y  de repente, acercó su mano a mi oreja y sacó algo, cuando me lo enseño me quede mudo, era el sello de oro que siempre llevaba mi padre en la mano.

3.- Cuando me levantaba por la mañana para ir al colegio, y veía como se reflejaban, los primeros rayos del sol, en el edificio enfrente de mi ventana.  Aquellos rayos madrugadores, eran la promesa de la llegada del buen tiempo y a no mucho tardar, las vacaciones de un largo e interminable verano.

4-. Me acuerdo de tardes en bicicleta con amigos, pedaleando hasta el río y allí pescando truchas que no daban la medida, hacer un pequeño fuego para asarlas y aderezarlas con las manzanas de los frutales cercanos.

5-. Me acuerdo mi multitudinaria celebración del 18 cumpleaños, junto con otros muchos compañeros y amigos. Un día mítico y feliz. Cerramos un bar por unas horas y compramos un barril de cerveza. Una auténtica catarsis onomástica colectiva.
 
6-. Me acuerdo de una noche de agosto, con un cielo limpio y estrellado, esperando ver las lagrimas de San Lorenzo. Ver una estrella fugaz... Y pedir un deseo.

7.- Me acuerdo cuando paseando con mi novia, nos encontramos con un hombre que era la alegoría perfecta de San Valentín y viéndonos tan acaramelados,  nos dijo literalmente:  Nunca se arrepientan de haber amado demasiado.
 
8-. Me acuerdo saludar el año nuevo rodeado de familia, teniendo en brazos a mi primer hijo, apenas nacido dos meses antes. Pensar que seria genial que las cosas siempre siguieran así.

9.- Me acuerdo de tener que elegir entre quedarme en  Madrid en un puesto exitoso de dirección general o volverme a Zaragoza, a un desempeño más humilde pero mejor para los míos.

10.- Me acuerdo de sentir como se desmoronaba todo lo que había ido construyendo con esfuerzo, sacrificio, con renuncias y elecciones. Ver como se cerraba una etapa muy feliz de mi vida y me asomaba al abismo de lo desconocido.


lunes, 6 de junio de 2016

Me acuerdo...(I)


El pasado miércoles, comencé un taller de literatura con Sergio del Molino. Este escritor es realmente interesante. Durante las dos horas que duró esta primera sesión del taller, una sesión suave, apenas nos pusimos en labor para escribir 10 sustantivos; me dejó completamente embelesado. Salí con la sensación de que del taller iba a aprender muchas cosas y no necesariamente sobre literatura.
Eso sí, nos mandó deberes para casa, como no puede ser de otra manera en un taller intensivo, donde uno tiene que ir preparado para batirse el cobre con la escritura dentro del horario presencial y evidentemente fuera. Y ese primer ejercicio consiste en "recuerdo...". Diez recuerdos de nuestra vida, esos los pondré mañana por aquí, de momento traigo estos que son recuerdos más extensos y los he descartado para ese ejercicio.
 
Me acuerdo...

- Mis padres eran profesores, mi madre tutora de 1º de EGB, yo tenía 4 años, y hasta que empecé 1º mi madre me tenía en clase, como alternativa perfecta a una guardería. Me sentaba en un pupitre al lado de su mesa. En las fiestas del colegio se celebraban carreras, una de ellas era para los alumnos  más pequeños y yo participé. Recuerdo un patio enorme al que teníamos que dar una vuelta, Una ingente multitud mirándonos y en la línea de salida todos apiñados, con los niños que me llevaban dos años. Se dio la salida y empecé a correr con todas mis fuerzas, sin medida, de repente estaba sólo, escuchaba a la gente como me animaba, y así llegué a la meta. Llegué el primero, y no me lo podía creer. Me dieron una medalla de "oro", con un trozo de tela diminuto, hecho para el cuello de un niño pequeño. Y hasta hace bien poco seguía colgada de unos de los cuadros de mi habitación.
 
- En 8º de EGB hubo una epidemia de  escayolados. Nos llegábamos a juntar dos o tres a la vez en clase. Como el aula estaba en el tercer piso, para no bajar las escaleras, no bajábamos al patio en los recreos. Esa media hora nos dedicábamos a hacer mil y una trastadas. Poníamos en la parte superior de la puerta, que era muy alta, la papelera para que le cayera encima la primero que pasara. En una ocasión cambiamos la papelera por una bolsa de deporte que encontramos entre los pupitres. Cuando llegó el primero que subía del recreo, como era habitual le cayó en la cabeza, para regocijo de los que lo habíamos maquinado y de los otros compañeros que habían sido más lentos al subir. La reacción de nuestra víctima fue coger la bolsa de deporte y tirarla por la ventana. La bolsa precipitándose desde un tercer piso fue vista por un hermano de La Salle, que la cogió y subió rápidamente al aula desde donde se había arrojado, la nuestra. Preguntó quién había sido, y Paco, que así se llamaba el lanzador, levantó la mano. Lo mando acercarse a la pizarra, se colocó delante de él, y sujetándole una mejilla con la mano, en la otra le descargó un terrible y sonoro sopapo que nos dejó a todos con la piel de gallina. Mis cómplices y yo nos miramos de soslayo, pues sabíamos que éramos los autores, si no materiales, sí intelectuales de aquel tremendo tortazo.

-Que iba a pescar al pantano con un amigo, íbamos en bicicleta, o en moto, o alguna vez (las menos), el padre de otro tercer amigo nos llevaba en su coche. Era un pantano en el que alguna vez se había ahogado alguna persona, y siempre la recomendación de mi madre era la de que no nos metiéramos dentro del agua de ninguna manera. Un día en el que estrenaba una caña de pescar, comprada, con el esfuerzo titánico de ahorrar mi exigua paga paterna. La coloqué en el soporte de hierro que permite apoyarla en el suelo , pero olvidé quitar el freno del carrete, me despisté, picó una carpa enorme y la arrancó del soporte. Veía con estupor como iba a toda velocidad hacia en centro del pantano. Me acordé de la recomendación de mi madre y titubeé un poco, pero conforme se iba alejando, la recomendación de mi madre me llegaba más amortiguada, cuando dejé de oírla, me quité las zapatillas y la camiseta y me tiré en plancha a las frías aguas del pantano. Me llevó un rato alcanzarla, pero al sacarla del agua la recompensa venía al final del hilo, con forma de un magnifico ejemplar de carpa.
 
- Un día de los últimos de agosto, un día desapacible, ventoso, en un pueblo de la sierra de Segovia, daba la sensación de que ese día no pertenecía a ese verano, como que no era su sitio, como que alguien se hubiera cabreado. Mientras recogíamos nuestro campamento destrozado, el aire nos flagelaba sin misericordia. El viaje de vuelta fue duro. Estábamos cansados y desganados, se nos quitaron las ganas de volver allí, la carretera parecía que nos acercaba a un abismo. No se porque, no me lo podía explicar, pero me sentía atenazado, angustiado, como con una opresión en el pecho. A los dos días, me llamaron mis padres, para contarme que ese día, ese mismo día que no encajaba en el verano, con ese aire enloquecedor en sierra Segoviana; en Teruel, un amigo mío se quitaba la vida.


Pensaba que los recuerdos surgirían a borbotones, pero realmente hay periodos de mi vida en los que apenas recuerdo nada. Hay etapas en las que me asomo a un lienzo en blanco. Es en estos momentos cuando me alegro de llevar un diario y poder rescatar esos recuerdo. Quizás, para como decía Sergio ayer reconstruirlos o decosntruirlo, ya partiendo de una dudosa objetividad, que es la mirada y la sensación subjetiva personal cuando me sucedía todo aquello y cuando lo escribía.
El diario a veces ha hecho de tabla de náufrago, pero evidentemente, no es esa su función, más bien es, o se ha convertido en un testigo mudo de mis pensamientos, en ocasiones contradictorios, en ocasiones incendiarios y en ocasiones suaves y conscientes de mi historia personal.