lunes, 27 de abril de 2015

Los bolsillos del tiempo.


 

El coche coge la curva suavemente, los neumáticos chirrian sobre la gravilla del camino, el suelo esta mojado y la tarde se ha ido enfriando como un caldero de bronce.

El chofer no se ha vuelto en todo el trayecto y tampoco hemos intercambiado mas que las palabras de rigurosa cortesía.

El cristal apenas deja ver. Una mezcla de suciedad y agua, impiden una visión más nítida. Se adivinan, mas que otra cosa, las líneas de arbustos que bordean la finca.

Nos detenemos.

Abro la puerta y con un lacónico adiós me despido del conductor.

Lleno mis pulmones de ese aire húmedo y fresco. Resbalan pequeñas gotas por mi gabardina gris. Tengo frío. Es una sensación mucho más que física, realmente estoy aterido, congelado. Ha llegado el momento.

La luz del portal está encendida, las escaleras de piedra que llevan a la negra puerta parecen más altas que hace cinco años.

El llamador dorado rompe el silencio del atardecer.

Oigo pasos que se aproximan.

Ahí está el viejo mayordomo, con sus guantes blancos invitándome a pasar. Me estaban esperando.

Un ligero olor a cedro y a madera tostada flota por el ambiente. Se oye el tintinear de vasos, voces apagadas al final del pasillo. Deben de estar todos.

Mis pisadas resuenan y me llevan hasta la misma puerta de la estancia principal. Desde allí veo el resplandor de los troncos crepitando en la chimenea, el enorme cuadro que preside el salón, los enormes ventanales por los que se cuelan los últimos y tímidos rayos del sol, ligeramente apagados por las nubes.

Efectivamente, están todos, sentados, con sus miradas fijadas en mi. Sólo él permanece en pie, dándome las espalda, hasta que repara en mi presencia.

Gira lentamente, mi pulso se acelera. Su sonrisa cruza de lado a lado su cara. Es todo amabilidad.

Me invita a pasar y a ocupar un sillón que me había permanecido oculto tras su cuerpo.

Me siento, él hace lo mismo. Están distribuidos en un semicírculo perfecto, donde yo soy el centro de atención.

Ha pasado tiempo me dicen. Ha llegado la hora de buscar en los bolsillos de ese tiempo, el argumento, el razonamiento, los motivos, para que se me concedan otro nuevos cinco años. Vivo de prestado me recuerdan. Y la renovación de ese préstamos vence hoy.

Pienso lo que he de decirles, el cómo he utilizado estos últimos cinco años, si quiero que ellos, sus guardianes prorroguen esa gracia que se me ha concedido.

No es algo nuevo, llevo preparando este momento desde el mismo instante, en que cinco años antes me levantaba de este sillón con estos renovados cinco años de vida. Será fácil. Concreto, conciso.

Los explico, pausadamente, sin pasión. Relato el devenir de estos días, doy los argumentos que considero se tienen que tener en cuenta. Me parecen más que relevantes.

Termino, silencio.

Se miran entre ellos y hay un asentimiento general.

Parece que la cosa está hecha.

¿Parece? Un momento...

¿Cómo que no he viajado lo suficiente? ¿Qué pregunta es esa?¿Cómo que cuando ha sido la última vez que me preocupé de alguien que no fuera yo?¿Familia?¿Que es eso de hacer las cosas que me apasionen?

Pero he ganado dinero, me he comprado los mejores coches, he comido en los mejores restaurantes.

El dinero es mi pasión. En eso me he centrado, lo demás es irrelevante.

¡Viejos decrépitos! ¿Guardianes de qué?¿Mejorarnos cada día?¿No soy digno de más tiempo?¿Otros se lo merecen más?

Me falta el aire, el frío se ha apoderado de mis piernas y brazos, ya no les oigo. Mi tiempo se ha acabado.

©Jesús J. Jambrina

Relato que escribí en un curso de escritura que estoy haciendo.
  

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