viernes, 11 de julio de 2014

Rojo y blanco.



Siempre he dicho que si la alegría se pudiera describir cromáticamente, ésta sería de la combinación de los colores rojo y blanco.
Estar rodeado del rojo y el blanco hace que los problemas desaparezcan como por arte de birli-birloque, la crisis no existe, ni tan siquiera la de la edad, y el mundo te parece más humano, menos raro. Esto último me suena como muy musical.
 
 
Mañana comienzan las fiestas del Angel, las conocidas popularmente como "vaquillas" de Teruel, y de nuevo seré testigo de excepción de esa alegría cromática y esas ganas de pasarlo bien de la gente.
Es un volver a aquellos lugares donde fuimos felices, donde nos divertimos, donde la fiesta era sana y los amigos infinitos.
Donde la risa era una constante, donde el olor a vino y a cerveza impregnaba las camisetas, los pañuelos y los corazones.
 
 
El sábado es el primer día, también el más multitudinario y paradójicamente el que menos espíritu vaquillero destila, al contrario del domingo y lunes, los días preferidos de los turolenses, donde por fin podemos vivir nuestra fiesta, sin tantas estrecheces y tantas aglomeraciones.
Son pocos días, pero hay que saber dosificarse perfectamente, como si fuera una maratón de montaña o el ascenso al Everest, si no acabas desfondado el primer día. Al final, irremediablemente llegas justo de fuerzas y con calambres en las piernas y el hígado.
Sólo un día, sólo uno, el sábado, pero suficiente para caldear el espíritu y sacar del baúl de los recuerdos las sensaciones de aquellos días, como cuando cantaba Loquillo aquello de cuando fuimos los mejores, y el verano y la vida nos esperaba con los brazos abiertos, con una sonrisa y un beso en la comisura de los labios, para los que se atrevieran a arrebatárselo.
Mañana, volveremos a bailar, a reír y a saltar, buscando de nuevo coger de la cintura esa vida, que pasa rauda, soberbia y altiva, pero a la que le hemos robado ya algún que otro beso.
¡Viva Teruel!
 

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