viernes, 11 de junio de 2010

El niño está al mando.


En el Análisis Transaccional, sistema que se engloba dentro de la psicología humanista propuesta en 1.960 por Eric Berne, se describe la personalidad del ser humano como un compendio de tres figuras, Padre, Adulto y Niño.


En la Wipimedia encontramos:


"A nivel funcional, busca facilitar el análisis de las formas en que las personas interactúan entre sí, mediante transacciones psicológicas, con sus estados del yo Padre, Adulto y Niño, aprendiendo a utilizar el primero para dar cuidados, el segundo para individuarnos y el tercero para buscar y recibir cuidados, tanto en nuestra interacción con los demás, como también en nosotros mismos, creciendo en el logro de una personalidad integradora."


Esta tendencia psicológica, enseguida se adoptó por los especialistas en formación de ventas, para hablar a cada persona de manera que las tres figuras se involucraran en la decisión de compra. Incluso, si eran capaz de detectar la figura predominante en su interlocutor, enfocaban por ese lado las ventajas o bondades del objeto de la venta.


Existe además la tendencia cada vez mayor, de mantener siempre a ese niño que llevamos dentro y hacerles cada vez más caso.

Las sociedades más evolucionadas tienen mayor componente de "infantilismo", pues el niño se pude dar más caprichos y lo hace.


No debemos de esconder al niño que llevamos dentro, no tenemos que deprimirlo, y en muchas ocasiones hay que escuchar lo que nos tiene que decir, porque realmente su opinión nos lleva al lugar que queremos ir.


Eso está bien, pero lo que no puede ser, es que el niño sea el que mande, que el adulto y el padre desaparezcan o no se atrevan a hablar, porque el niño se ha vuelto un dictador y todos bailen al son que le apetezca cada día.


Procrastinar (dejar las cosas para más adelante) está bien, de vez en cuando, si es una decisión de adulto-niño consensuada por ambos, pero lo que no pude ser es que sea siempre así. Lo que no nos guste o nos de "fatiga" lo dejemos, porque claro al niño no le apetece. Y esta situación sea constante.


Para qué ordenar las cosas, para qué tener obligaciones que no nos apetecen, para qué obedecer normas que no comprendemos o en las que no estamos de acuerdo.


Darse un día un capricho está bien, pero vivir instalados en el capricho es un desatino.


El niño cuando quiere las cosas, las quiere ¡ya!, le da igual si puede ser, si debe ser, o si es el momento, lo quiero y lo quiero ¡ya!, padre y adulto ahí deben de poner orden, pero si el niño se ha hecho con el control, la decisión irá a su antojo.


Las tareas ingratas, para mañana, el mundo por montera y eso si, si lo pillan en falta, justificando su decisión como hacen en Disney, los buenos muy buenos y los malos muy malos. Sin medias tintas, para no perdernos en disquisiciones, el niño tiene que jugar, pero sólo en lo que le apetece.


Sería bastante interesante que igual que en los coches se lleva una pegatina advirtiendo "BEBE A BORDO", algunas de estas personas, con una predominancia total de la figura del niño, llevaran una donde se leyera:


"BEBE AL VOLANTE".

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