domingo, 31 de enero de 2010

El piloto.




Una luz a lo lejos.
Una esperanza de vida, de tierra firme y de sueños secos.
Los marineros se aferrán a su fe, como se aferrarían a un hierro rusiente antes de ser engullidos por el mar.
El piloto maneja con mano firme el timón, sin perder de vista ese anhelo brillante.

El barco se estremece y agita, el agua barre la cubierta mientras el aire golpea el rostro de los asustados tripulantes.

Se entona una Salve, rezada con fervor, con pasión, con desesperación.

Algo cruje bajo sus pies, las caras se contraen en un rictus de terror...¡el barco se hunde!
La luz tilila levemente, el piloto sigue mirándola, allí están sus hijos, su casa, su vida, mantiene firme el rumbo, no están lejos, pueden llegar...

Las olas rompen cruelmente en la proa de la frágil nave, los marineros miran al piloto, ven su decisión, su firme mirada, vuelven a sus rezos, echarse a la mar es caer directamente en manos de la muerte, esperarán pues también su destino, están en manos del piloto, de la Virgen y Dios.

Los segundos pasan lentamente, los rezos amortiguan el ruido de las bombas de achique, tienen que aguantar.
Una nueva sacudida, un nuevo crujido y las bombas no pueden con el agua que entra, el motor falla...es el fin, la distancia es insalvable, todos lo saben, ¿todos?

El piloto sigue agarrado al timón, sus compañeros le gritan, le golpean, el sólo ve la luz, y en la luz una mirada, profunda como el mar que le rodea, y un rostro, un rostro que le sonríe y le dice:

─Estás en casa marinero.



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