martes, 27 de octubre de 2009

Afganistán.

Llevo días que me ronda una entrada sobre Afganistán, pero no me decido a ponerla, por ser un tema complejo, con muchas aristas, por respeto a nuestra gente que está allí, por complejidad (¿ya lo he dicho), por corrección política...¿por prudencia?

Al margen de los temas tácticos de la "misión", donde son evidentes las carencias de los protocolos de enfrentamiento, la carencia de medios, donde muchas veces se hacen las cosas por el empeño de las personas, más que por los materiales aportados, etc. O de los estratégicos, está el tema que nos preguntamos la gente "de a pie": ¿Por qué estamos allí?¿Qué se nos ha perdido a nosotros?¿...?

A parte de las dádivas del gobierno de Zapatero, que intenta enjuagar otros errores de la política exterior, poniendo "toda la carne", en el asador de Afganistán, existe un tema del que no acabamos de ser conscientes, ni nosotros (ciudadanos normales), ni parece que muchos gobiernos y dirigentes, del llamado mundo occidental. Algo que trasciende nuestra realidad actual.

Lo dicho, sin entrar en historias concretas, realidades cotidianas o tragedias diarias, lo que es Afganistán, es clarísimamente un campo de batalla, donde los actores inmediatos son los insurgentes, talibanes, terroristas y las tropas internacionales y del propio país que intentan controlar lo que está fuera de su control, aderezado por señores del opio, por asilos cercanos donde se refugian las milicias de Alqaeda, etc.

Pero en el trasfondo de todo ésto, de lo que se trata realmente, es de la lucha entre dos civilizaciones, entre dos conceptos diferentes de ver el mundo, entre dos realidades antagónicas.

Allí se está dirimiento el futuro de nuestro mundo occidental, presionado y amenazado por el más radical integrismo islámico.

Las normas de este conflicto son duras, por lo que se ve inasumibles por el lado occidental, nada de daños colaterales, nada de perder la sensación de control, nada de que trascienda la sangre y las vísceras a nuestros confortables hogares con televisiones de plasma y aire acondicionado.

Pero la otra parte no conoce estas suavidades, alguno de los ingredientes de este pastel, llevan décadas en guerra, su mayor honor es inmolarse en nombre de Alá y de la promesa de un paraiso, del que los occidentales disfutamos en vida.

Afganistán es la trinchera donde se combate por el futuro de lo que será la concepción del mundo en el próximo siglo, o quien sabe sino antes.
Si Afganistán cae, la guerra se trasladará a otro escenario, cada vez más cercano al felpudo de bienvenida de nuestra casa, cuando la batalla se libre en nuestro terreno, ya no habrá solución.

3 comentarios:

  1. Interesantísimo y en muchos puntos acertadísimo análisis de la situación que está viviendo este atormentado país, Jesús. Sin embargo considero que te quedas un poco corto en lo que respecta a la historia del problema afgano.

    Yo pienso que nadie, prácticamente, en el mundo occidental comprende del todo la realidad de Afganistán, un país, una región del mundo que desde hace milenios ha sido una piedra de toque entre oriente y occidente.

    Si te das cuenta, Afganistán es el extremo oriente del medio oriente. No es un brillante juego de palabras sino una realidad comprobable incluso geográficamente. Fíjate en sus vecinos más próximos: el Irán de la Revolución Islámica encabezada primero por Jomeini y ahora por Ahmadineyad representa la más dura rama del integrismo islámico. Pakistán, aliada de los EE.UU, es la puerta del Extremo Oriente, de la India y China. Entre ambos, Afganistán se alza como un pueblo siempre entre dos culturas, codiciado por unos y por otros, dominado por los terroristas talibanes que los propios EE.UU. ayudaron a levantarse en armas en su lucha contra la invasión soviética en los años 80.

    Este cóctel político peligrosísimo estalló en nuestras narices el 11 de septiembre de 2001, cuando las torres del World Trade Center cayeron destruídas por el terrorismo suicida de al-Qaeda y de Osama Bin Laden, una bestia que dos décadas atrás la administración norteamericana había estado alimentando, cuando la URSS era aun "el enemigo de Occidente" y la Guerra Fría, aunque algo más templada, seguía siendo una realidad.

    Aquellos polvos trajeron estos lodos. Si los asesores de la administración Reagan hubiesen abierto un libro de Historia habrían sabido que nunca los afganos han sido un pueblo fácil de dominar ni de manipular. Ya el mismo Alejandro Magno lo intentó sin conseguirlo. Abrazó el Islam prácticamente desde los tiempos de Mahoma y desde entonces sufrió numerosas invasiones sin que ninguna de ellas lograse controlar del todo a su población, que logró sacudirse el yugo británico ya en 1919, antes que cualquier otra colonia de Inglaterra, incluida la India (1948).

    El problema afgano no es algo que pueda solucionarse a base de tiros. Muchos lo han intentado a lo largo de su dilatadísima historia y nadie lo ha conseguido, ni siquiera el todopoderoso Imperio de su Graciosa Majestad. La única y radical solución impuesta a través de las armas sería acabar con toda la población islámica del país (porque la "Alianza del Norte" ahora en el gobierno tampoco es ni mucho menos un modelo de tolerancia religiosa y política).

    Afortunadamente (espero) no hemos llegado a tal grado de barbarie. Así que me temo que tenemos guerra para rato...

    ResponderEliminar
  2. Totalmente de acuerdo con tu ampliación en el problema afgano, pero yo he querido pasar de puntillas por él, debido precisamente a su complejidad.
    He querido centrarme en lo que lo trasciende, el problema afgano es una escusa (en cierto modo),como lo puede ser o ha sido en su día, la franja de Gaza, Líbano, Irak o otro posible conflicto armado del extremo oriente.
    Yo quiero llamar la atención, en el sentido de que la lucha, la guerra que se desarrolla va más allá que el control o no del país.
    Enfrenta dos conceptos del mundo antagónicos, y que si desapace ese escenario, dará paso a otro, y este a otro, y así sucesivamente, hasta que tengamos el conflicto en la misma puerta de casa.

    ResponderEliminar
  3. Por cierto uno de los mayores desastres de las armas británicas, fue precisamente en el Paso del Khyber. Por aquellos andurriales.

    ResponderEliminar