martes, 28 de julio de 2009

El árbol

Solitario, el árbol vivía al lado de la charca.
No le faltaba agua con la que saciar sus raices.
Crecía fuerte y sano, anidaban en él pequeñas criaturas, protegidas por sus fuertes ramas y su tupida copa.
El sol bañaba sus hojas, y a pesar de que cada otoño se desprendía de ellas, cuando llegaba la primavera y con ella la tibieza en el ambiente, volvía a ser el árbol más tupido de cuantos rodeaban aquella charca.
Pero aún así, a pesar de su privilegiada ubicación, sentía que ese no era su lugar.
Tenía esa sensación desde hacía tiempo, pero se agudizaba con el paso de las estaciones. El arbol empezó a estar triste, y a perder hojas. Sus raices dejaron de absover agua y sus ramas se fueron secando.
La primavera siguiente apenas pudo vestir sus raquíticas ramas con unas pocas hojas y siguió secándose conforme avanzaba el calor.
No vieron sus hojas más primaveras, su esqueleto de madera se erguía blanquecino.
El pastor, que de vez en cuando llevaba su rebaño a abrevar a la charca, con una afilada hacha cortó el reseco tronco, mientras decía en voz alta:
─Si llego a saber que se acabaría secando, no me hubiera tomado la molestia de moverlo de donde estaba, hace diez años.

2 comentarios:

  1. Es curioso, con la educación de los hijos puede llegar a pasar algo similar, ¿sabemos siempre qué es lo mejor?

    Un saludo

    ResponderEliminar
  2. Seguro que no Capitán, seguro que no.

    ResponderEliminar